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La guerra de la gasolina

Juan Manuel Asai

En México estalló la guerra de la gasolina. Como en cualquier conflicto armado, hay muertos, heridos y desaparecidos. Los huachicoleros —como se conoce a los delincuentes que se dedican al robo de combustible en los ductos de Pemex— se enfrentan a las fuerzas federales. Las policías locales han sido otra vez completamente rebasadas. En el mejor de los casos atestiguan, hacen perímetros, ven de lejos, no les importa.
Esta guerra, como otras, tiene un flanco propagandístico. Los videos, tomados con una oportunidad impresionante y subidos a las redes, juegan un papel determinante. Pueden ser definitivos para el juicio de la opinión pública, para que se juzgue con severidad a los uniformados y que se vea con simpatía a los delincuentes. Ha pasado antes, esta vez es mucho más claro.
Entre los delincuentes hay de todo, comenzando por gente pobre que vive en localidades cercanas a los ductos que consideran el robo parte de sus ingresos mensuales para espantar el hambre. Hay incluso un grupo radical que actúa como una guerrilla que se hubiera levantado en armas en contra del gobierno federal y cuyo fin fuera causar todas las bajas posibles entre el personal militar. Tienen una lógica diferente.
Un grupo delincue ncial —vamos a llamarlo tradicional— no tiene ningún interés en “calentar” la plaza donde opera. Un grupo tradicional quiere a las fuerzas federales lo más lejos posible de su “oficina”, pero en el caso de los huachicoleros, en comunidades como Palmarito, en Puebla, es peculiar. Vimos en uno de los videos cómo uno de ellos asesina a un soldado. Se ve una emboscada. Los integrantes del Ejército no irán corriendo a esconderse a los cuarteles. No. Lo hemos visto muchas veces, la más reciente en Sinaloa. En lugar de un soldado volverá un pelotón, o tal vez dos, con mejores armas, incluso artillería, para dejar en claro que las ejecuciones no quedarán sin castigo.
Para evitar esa reacción fulminante, los grupos delincuenciales tradicionales tratan de no meterse con el Ejército. Al contrario, si ven verde olvido en la zona se ponen un rato a trabajar a bajo impacto, ponen cara de mustios, y esperan a que los soldados sean llamados a otras latitudes. Es inusual que se queden. Están en constante movimiento. La pregunta pertinente, que requiere ser respondida esta misma mañana, es: ¿Por qué en Palmarito lo que quieren es alebrestar, picarle la cresta, al Ejército y desprestigiarlo? ¿Qué grupo está al mando de los chupadores de ductos?
En otro de los videos se parecía lo que pudiera ser una ejecución extrajudicial. Desde luego no puede quedar impune. El soldado responsable tiene que asumir las consecuencias de sus actos, que pueden afectar la imagen del instituto armado en su conjunto. En eso no hay espacio para negociar nada. Dicho lo anterior, sería importante seguirle la pista al video, desde cómo se pudo filmar y su ruta hacia los medios y las redes. Como quedó dicho arriba, la guerra de la gasolina, como cualquier otra, tiene un flanco propagandístico que busca vulnerar las bases de actuación del enemigo. Queda otra vez al descubierto la necesidad, siempre postergada, de contar con un marco legal que establezca sin lugar a dudas las reglas del juego. No me refiero que la supuesta ejecución, que es un crimen y ya, sino a todos los aspectos de la actuación del Ejército, desde su capacidad de fuego hasta el trato con los delincuentes que ya tiene controlados, incluso contemplar la presencia de visitadores de la CNDH en los operativos.

jasaicamacho@yahoo.com
@soycamachojuan

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