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La muerte de Rafael Hernández Piedra

Otro dolor de cabeza para Don Armando fue, que, a la mitad de su gobier¬no, se suscitó otro hecho de violencia: el secuestro de Salvador Álvarez, presidente del poderoso Grupo LALA, que sacudió no sólo a la cuenca lechera de la Comarca Lagunera de Durango y Coahuila como gran región conurbada con sus seis municipios contiguos de ambos estados, sino que fue un acontecimiento que cimbró al empresariado nacional, pues dicha empresa lechera es una fuente que genera miles de empleos directos e in¬directos, que tiene cobertura casi en todo el país y participa en las grandes ligas empresariales de ese ramo lácteo.

Leche LALA es de las empresas mexicanas que cotiza en dólares en la Bolsa de Valores de Nueva York. Por esa razón puso nerviosos a los mer¬cados y a las autoridades.

Como en el caso del industrial forestal José “Pepe” Carreón, en la ciudad de Durango, no se trató de un evento fraguado por la delincuencia organi¬zada que por aquellos años todavía no enseñoreaba sus terribles fauces, que tienen postrada a la población presa del miedo y el pánico esas si¬niestras actividades.

Fueron también un puñado de ambiciosos, aprendices a delincuen¬tes, trabajadores suyos, que se organizaron y le dieron marcaje personal a todos sus movimientos y a su agenda personal.

Como se han de imaginar, pedían a su familia una fabulosa cantidad de rescate en dólares, pero gracias a su novatez y falta de pericia, cometieron errores claves en sus mensajes y revelando detalles personales del secues¬trado que sólo una persona cercana podía tener conocimiento.

Participaron todas las corporaciones policiacas municipales, estatales y federales, quienes montaron una investigación profesional, llamadas tele¬fónicas intervenidas, grabadas y cotejadas con reconocimientos de voces, además de una sigilosa infiltración en distintos medios en que se desen¬volvía el empresario, lo que llevó al resultado del esclarecimiento de los autores intelectuales y materiales.

Muy de cerca le daba seguimiento a los avances de la investigación el gobernador Armando del Castillo Franco, trabajos monitoreados por el presidente municipal José Miguel Castro Carrillo y su hermano, el procu¬rador General de Justicia en el estado, Camerino Castro, así como los jefes policiacos e investigadores privados. La pista salió a flote en unos pocos días, resultó que los secuestradores eran exempleados y trabajadores del empresario lechero que querían salir de pobres.

Todos fueron detenidos, consignados y sentenciados conforme a Dere¬cho. El dinero recuperado y sin necesidad de tirar una sola bala. Un trabajo policiaco, limpio, sin una gota de sangre que se derramara.

Pronto se recuperó la confianza en las instituciones gubernamentales por parte del sector privado y de la población en general.

Terremoto de 1985 y el encuentro con la muerte de Rafael Hernández Piedra

No cabe duda, Don Armando tuvo que enfrentar momentos muy di¬fíciles y duros embates morales que el destino le deparaba en su vida como gobernante.

A dos meses de distancia de la pérdida de su cercano colaborador Fidel Arteaga, una segunda muerte le aguardaba a otro de sus más cercanos co¬laboradores y amigo de la juventud, al presidente del Supremo Tribunal de Justicia en el Estado y también exalcalde de Durango, Rafael Hernández Piedra. Cuando ese 18 de septiembre de 1985 aborda el avión que lo tras¬ladaría a la Ciudad de México, sin imaginarse que iba al encuentro con la muerte.

En el trayecto de Durango al Distrito Federal fueron vecinos de asiento en la aeronave, Hernández Piedra y “Lalo” Campos, quienes se fueron con¬versando sobre el asunto a cada uno que los llevaba a la capital del país.

Al magistrado presidente le aguardaban varias entrevistas con juristas connotados, toda vez que se encontraba inmerso en la reforma al Código Civil de Durango; en tanto que el presidente del PRI estaba agendado para el otro día, 19 de Septiembre por la mañana de ese fatídico día, a una au¬diencia con el presidente del CEN del PRI, Adolfo Lugo Verduzco.

Por esa razón no pudo atender Campos la invitación a desayunar que le hizo el poeta y abogado duranguense en el restaurant del histórico Hotel Regis, en donde solía hospedarse. Le platicó que muy temprano se metería al vapor al que era muy afecto, el cual estaba ubicado en el sótano de dicho hotel, ubicado en la Avenida Juárez, a un costado de la Alameda Central.

Por la misma avenida, en el Hotel Bamer, propiedad del duranguense Roberto Martínez Tapia (q.e.p.d.), casi frente al Hemiciclo a Juárez, se hos¬pedó “Lalo” Campos, en donde también se encontraban hospedados varios paisanos, entre ellos José Ramírez Gamero, Máximo N. Gámiz Parral y Gonzalo Salas Rodríguez. Los dos últimos fallecidos.

Continuará…

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