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La obsesión por el cuerpo ajeno

Yuriria Sierra

La iniciativa, habrá pensado el legislador, hará que en un futuro, quienes hoy son menores de edad, no tengan a su alcance lo que considera “malos ejemplos”: “El uso de los tatuajes temporales o provisionales se ha intensificado por la incursión de estilos y modas que llegan de otras latitudes, principalmente ahora, con el avance de las comunicaciones y de medios como internet y televisión, que influyen en las conductas de las nuevas generaciones, sin medir sus consecuencias (…) Lo cierto es que en los últimos años el entorno familiar, educativo, social y cultural en que se desarrollan los niños y adolescentes ha cambiado, por lo que debemos pugnar porque los valores de la persona humana, su libertad, el respeto y su dignidad prevalezcan…”, se leía en una de las iniciativas más efímeras que recuerde. Y es que así como fue presentada, así fue retirada. Al parecer, ni Elías Octavio Íñiguez Mejía, quien presentó la iniciativa, ni Claudia Sánchez Juárez, quien la respaldó (ambos del PAN), notaron cómo la polémica comenzó a dirigirse hacia ellos, con los debidos cuestionamientos que su propuesta despertaba —y para los que no tenían respuestas— que optaron por decir que siempre no. Lo que ellos buscaban era que las empresas que comúnmente realizan promociones en sus productos y ofrecen a sus consumidores una estampa que sirve de tatuaje, pierdan el permiso para hacerlo, porque qué cosas les están enseñando a los niños. Hágame el favor.
Al menos en el caso de los tatuajes nos libramos de una iniciativa, que torpemente estaba sostenida en “las buenas costumbres”. Yo le pregunto, querido lector, ¿mis buenas costumbres deben ser obligadamente también las suyas? ¿A usted le gustaría que yo le impusiera y le obligara a hacer “x” o “y” cosa? Yo no tengo un solo tatuaje en mi cuerpo, pero esa es decisión personal, jamás haría algo para impedir que quienes quieren hacerse uno, ya no tuvieran ese derecho. Mucho menos argumentando “las buenas costumbres”.
Y decía que, al menos en ese caso nos salvamos de tan ridícula iniciativa, pero tristemente las leyes de nuestro país, y de tantos más en el mundo, están redactadas pensando en lo que algunos creen que debe ser. Así lo reportó ayer El País: “Seis estados mexicanos reducen las penas por abortar ‘si la mujer no tiene mala fama’”. Los códigos penales de los 31 estados del país están plagados de disposiciones que reafirman los estereotipos más tradicionales de la sociedad…”. En la nota, que firma Zorayda Gallegos, se ejemplifica cómo en el Estado de México una mujer puede pasar hasta tres años en prisión si “da muerte a su producto”, peeeeero, si lo hizo “para ocultar su deshonra”, la pena ya no sería mayor a dos años. ¿Quién carajos mide la honra del otro? ¿Bajo cuáles jodidos argumentos una autoridad puede concluir si una mujer tiene o no “buena fama”? Tan ridículos los conceptos como las leyes que los incluyen. En Hidalgo, según el mismo reportaje, un aborto alcanza una condena menor si se hizo para evitar la “exclusión social”, porque claro, la culpa del prejuicio no es de quien lo promueve, sino sobre de quien cae. El absurdo no puede tener mejores ejemplos.
La maldita, torpe y peligrosa obsesión por el cuerpo del otro. En el entendido de que deben construirse y validarse maneras únicas de ser, de comportarse, de decidir. Hace unos días, con la contienda mexiquense en la mira, les preguntaron a los candidatos cuáles eran sus posturas en relación con tres temas en específico: el matrimonio entre personas del mismo sexo, el derecho a la adopción a estas parejas y el aborto. Extrañamente, el candidato que resultó más conservador que la misma candidata conservadora, es el mismo que dice que trae nuevos bríos a su partido. Alfredo del Mazo dijo que no a todo. Vaya modernidad.
El sexo (y todo lo que tiene que ver con el cuerpo) sigue siendo, como dijo Foucault, la vía más estratégica para generar poder. Hemos cambiado menos de lo que pensamos. Al menos ya nos libramos de una basura como lo era la iniciativa de los legisladores de Acción Nacional, porque, al parecer, le tuvieron miedo a la polémica… ayer, por cierto, busqué al diputado Íñiguez, pero me dijeron que su complicadísima agenda le impedía tomar la llamada.

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