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La sociedad de castas

Atando CabosLas evidencias no nos dejan mentir: el metro de la ciudad de México que transporta diariamente a 5.3 millones de personas esta derruido, las escuelas públicas están en pésimas condiciones y dan una educación de muy baja calidad y el Seguro Popular al servido para que muchos Gobernadores desvíen ingentes cantidades de dinero.
El punto en común entre estos tres servicios es que, en nuestra sociedad, son utilizados casi exclusivamente por miembros de las clases sociales con menores ingresos y que quienes deciden sobre su diseño, implementación y mantenimiento nunca los usan y a veces ni siquiera los conocen.
¿Podemos en una sociedad de castas como en la que vivimos sorprendernos entonces de la pésima calidad de los servicios públicos?
Quizá ahora que está de moda algún funcionario del gobierno del Distrito Federal llegue a sus oficinas en bicicleta, pero dudo mucho que lo haga en metro porque: hoy en el metro hay trenes que circulan con las puertas abiertas entre estaciones, porque en algunas líneas ya solo circula la mitad de los trenes, porque viajan a 35 kilómetros por hora dónde antes viajaban a 90 kilómetros por hora, porque los trayectos se han vuelto eternos e incómodos y las estaciones insalubres y peligrosas. Si quienes han decidido sobre las prioridades de la Ciudad en los últimos lustros lo hubieran usado, tarde o temprano habrían destinado recursos para detener su deterioro. Pero sus prioridades han sido siempre otras. En tiempos de Andrés Manuel se construyó el segundo piso para los automovilistas, Marcelo Ebrard hizo la Supervía y una la línea 12 —viste mucho más inaugurar línea que darle mantenimiento a las existentes— con los resultados que conocemos (hoy la mitad del presupuesto destinado al mantenimiento de todas las líneas se va en mantener funcionando la 12). Y por si faltaran pruebas se eliminó en la Ciudad la tenencia —un impuesto que pagábamos la minoría que usamos coche— con tal de complacer a las clases medias motorizadas en lugar de destinar ese dinero al mantenimiento del metro o al desarrollo de nuevas rutas de Metrobús.
Pero este abandono no es exclusivo del metro. El Seguro Popular, gran idea en su concepción, terminó siendo una desgracia. Millones de mexicanos tienen ahora nominalmente el derecho de ser atendidos en los hospitales pero no hay médicos suficientes, los hospitales se construyeron mal o no están equipados y no llegan las medicinas. En muchos estados, varios casos ya documentados, el dinero que la federación enviaba se desvió para asuntos más “urgentes” como el financiamiento de campañas o pagos atrasados a proveedores o las carteras de funcionarios y gobernantes.
La educación gratuita que brinda el estado es lo mismo: planteles mal mantenidos, baja calidad del servicio y desvíos de dinero de sindicato y gobiernos.
¿Pasaría lo mismo si los funcionarios de este y anteriores gobiernos mandaran a sus hijos a las escuelas públicas? ¿Desaparecerían con tanta facilidad los recursos destinados al seguro popular si los familiares de los gobernadores se atendieran en esos hospitales? Claro que no.
¡Pero en nuestro país ni siquiera los hijos de los líderes del sindicato de maestros van a las escuelas públicas! ¡Y los representantes populares lo primero que hacen cuando llegan a la Cámara o al Senado es pagarse con dinero público un seguro de gastos médicos mayores privado!
La situación es grave: No sólo quienes deciden sobre los recursos comunes no usan los servicios públicos sino que muchos ven en la política un medio para escapar de la condición económica de necesidad que obliga a utilizarlos y a padecerlos. Es decir, se vuelven representantes para evitar las condiciones de vida de los representados.
Los malos servicios públicos son sólo una más de las consecuencias de nuestra división cada vez más marcada y por lo tanto de nuestra trágica falta de intereses comunes.

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