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La transición y el cambio de la UJED

JUAN ANGEL CHAVEZ MARTINEZ

Cuando entramos a Derecho, (1969) mi generación era contestataria e inconforme. La realidad universitaria que vivíamos nos quedaba chica, según nuestra percepción, queríamos cambios, exigíamos novedad. Nos parecía absurdo llevar textos obsoletos para estudiar economía política, sociología, derecho internacional, teoría del Estado y otras materias que habían evolucionado sensiblemente. Nos quejábamos de los -que nos parecían- métodos antipedagógicos de enseñanza, draconianos, anacrónicos, sin derecho a réplica, puro magister dixit. Sin embargo, lo que aprendí con esos sistemas de enseñanza y con esos inolvidables profesores, ha sido suficiente para ganarme el sustento como profesional del derecho durante 45 años ininterrumpidos, lo cual refleja la relatividad de los puntos de vista y la fragilidad de juicios que frecuentemente nacen de motivaciones diversas a la racionalidad y la objetividad.
Recuerdo que en mis tiempos de estudiante del último año de la carrera de abogado, fui invitado como miembro de la Junta Directiva de la UJED a la comisión que estudiaría la confección de una nueva ley orgánica de la Institución, en la que acompañaba a don Juan Bravo Cuevas y, si no me falla la memoria, también a Rubén Vargas Quiñones. Se quería una nueva Universidad, más moderna, democrática, enraizada en la sociedad, con niveles de excelencia y cambios sustanciales en el proceso enseñanza-aprendizaje. Nunca pasamos de la constitución de la comisión; nadie nos pidió cuentas, ninguno tomó el liderazgo de la encomienda, el tiempo pasó dejando en el olvido aquel propósito.
Por aquellas mismas épocas (1973) tuve el privilegio de formar parte de la plantilla de profesores que fundó el CCH universitario, con el liderazgo de Carlos Ornelas y la presencia de varios valiosos elementos que luego fueron directores de facultades universitarias, incluso alguno brevemente Rector. Había llegado nuestro turno, era el momento de poner en práctica las inquietudes educativas que nos motivaban como estudiantes. “Aprender a aprender”, era la consigna, que por cierto ahora “descubre” como paradigma de la educación el secretario Nuño. Se trataba de hacer un contraste entre los métodos tradicionales de educación media superior, con los nuevos mecanismos que se recomendaban para construir una nueva generación de estudiantes, con una visión crítica de su realidad circundante y capacidades que potenciaran su creatividad y sus talentos.
Por esos mismos años, en mi casa de recién casado se fraguó la creación de uno de los sindicatos académicos de la UJED. Mi esposa Pilar recibía periódicamente a un buen número de amigos, particularmente de la entonces FCA, que discutieron y delinearon las bases de su organización gremial. También en ocasión de algún paro de labores y consecuente toma de instalaciones, todo ello injustificado y sin sustento, recuerdo haber suscrito desplegados públicos en defensa de la Universidad, en representación de los profesores de la FADER junto con Alfredo Bracho Barbosa, y al lado de Rubén Solís por parte de los maestros de la FCA.
Pienso, entonces, que el afán de llevar a la Universidad a condiciones óptimas y a convertirla en un permanente generador de capital intelectual y humano de alto nivel, ha estado recurrentemente en el ánimo de las diferentes fuerzas de la comunidad universitaria. Lo que es novedoso en los años recientes es que algunos grupos minoritarios, o personajes con intereses minúsculos, pretendan que ese cambio, y las transformaciones estructurales que conlleva, solo puede darse a partir de la substitución de un Rector por otro, olvidando que tanto esa elección como las políticas esenciales de la Casa de Estudios son cuestiones que atañen al ecuménico y numeroso Consejo Universitario que hoy representa la autonomía y máxima autoridad de la Universidad.
Pero aun así, la verdadera reforma del UJED no es solo asignatura pendiente de los miembros de la comunidad universitaria: maestros, autoridades, alumnos, trabajadores y ex alumnos; no es no siquiera asunto exclusivo del gobierno, como pretenden “los defensores de la autonomía”; no, la reforma profunda de la UJED, que por supuesto pasa por la garantía de su carácter autonómico, es fundamentalmente un tema del interés general de los duranguenses. Más allá de un cambio de autoridades, la Universidad Juárez del Estado de Durango requiere de un profundo proceso de transición orientado por el propósito de llevarla gradualmente a ser el referente de la educación superior en el norte de la República mexicana en el futuro cercano.
Para ello es imprescindible partir de una serie de premisas que permitan acometer el diseño de nueva Universidad que se pretende. Indiscutiblemente, el punto de partida debe ser un diagnóstico serio, objetivo y profundo sobre el estado actual de la Universidad; de sus programas académicos; de su infraestructura humana, técnica, material e intelectual; de sus capacidades de investigación y desarrollo; de su vinculación con la sociedad; de sus contribuciones a la cultura y el deporte; de su eficacia social, como resolutora de problemas o como aportadora de cuadros de excelencia para el trabajo.
De eso, y de la visión de futuro que proponen para la UJED, es de lo que los duranguenses estamos esperando escuchar a las autoridades universitarias, sindicatos, aspirantes a Rector, defensores de la autonomía, sociedades de alumnos, ex alumnos y, en general, a todo aquel que en verdad busca el fortalecimiento de nuestra Alma Mater y no la mezquina satisfacción de intereses parciales.

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