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Las horas más oscuras

Una de las películas nominadas al Oscar este año es una lección de política. De la política como debería ser. De la política de liderazgos comprometidos con sus ideas antes que con su imagen. De la política de la palabra que extiende puentes. De la política que ennoblece y humaniza.
Winston Churchill es uno de los lideres políticos del siglo XX que más se han citado. En todos los libros de discursos memorables, en todos los cursos de discurso, Churchill es ejemplo. “Las Horas Más Oscuras” es una película que se trata, fundamentalmente, de cómo Churchill se ocupaba de su discurso y, con ello, confirma al discurso como instrumento y como proceso político.
Winston Churchill no era un hombre agradable. La maravillosa y premiada actuación de Gary Oldman así lo constata. No era un orador simpático y, a pesar de ello, era un orador creíble y eficaz. No era un político que buscara complacer a sus audiencias y, sin embargo, sus discursos tuvieron la capacidad de persuadirlas.
En varias escenas se muestra a un líder ocupado en demostrarse en sus palabras. Le preocupa revelarse como hombre de Estado. Churchill, así lo muestra la película y así lo muestran sus discursos, sabía que la política se trataba de convicciones que se vuelven ideas y que las ideas se plasman en los discursos. Por eso la película está llena de escenas de Churchill dictando, probando sus palabras con su audiencia cercana, preocupado en el momento cúspide de la trama porque no ha tenido tiempo de redactar su intervención. Porque quería que sus palabras fueran memorables, se ocupó de que lo fueran.
La soberbia intelectual con la que lo retratan contrasta violentamente con la humildad con la que escogía sus palabras. Su soberbia lo impulsa a buscar la trascendencia de sus discursos, pero es su humildad la que le permite redactarlos.
La película habla sobre la esencia de un político eficaz y, más importante, humano. La historia relata los primeros días del gobierno primer ministro y su decisión de no negociar con Hitler. En un primer momento, Churchill está absolutamente convencido de que debe resistir, de que debe arriesgar, incluso la invasión y la muerte. Al principio no es capaz de convencer a su gabinete, pero su pulso político le dice que hace lo correcto. Después, a fuerza de las circunstancias, lo invade la duda. Vemos a un Churchill dubitativo, que se cuestiona cada fibra de su ser.
Una de las escenas más conmovedoras ocurre en un cuarto bañado por una luz blanquecina. Sentado sobre una cama vemos a un Churchill pálido con un gesto que enternece al espectador. Uno capta que tiene miedo. Llega su esposa y le dice algo muy sencillo: “Tienes todo el peso del mundo en tus hombros. Eres fuerte porque eres imperfecto. Eres sabio porque tienes dudas”.
Por eso sale a la calle, a hablar en el metro con la gente que gobierna, a llenarse de argumentos, a contagiarse de emoción, de humanidad. En una época donde los políticos se reducen a productos mercadotécnicos, vale la pena repasar esa escena. Nos recuerda que un político no puede ser eficaz sin convicción, ni sin el valor de presentar sus convicciones a debate. Y para eso necesita saberse imperfecto, necesita saberse humano y escuchar, escuchar, y volver a escuchar.
El final es conocido por todos. La acción que dio tiempo para que la guerra se ganara. Una de las batallas ideológicas más trascendentes del siglo XX. Todo ello, gracias al ímpetu desbordado de la palabra victoriosa del más grande e imperfecto estadista de todos los tiempos.

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