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Las obligaciones de la democracia

Julio Faesler

Los medios nos hacen más conscientes de todo lo anterior. El tema que más se destaca es la decisión que tendremos que tomar el día primero de julio frente a las ansiosas urnas. No se ha enfatizado lo suficiente la manera en que los resultados electorales podrán afectar el ritmo y la suerte de nuestras vidas o la de la nación en los próximos años.
Hay muchos aspectos de la vida cotidiana que tienen que ver con quien vaya a presidir el país. La violencia impune, la estabilidad de los precios de la canasta básica, el poder de compra de nuestros salarios, la seguridad de nuestros empleos, la facilidad para educar a los hijos, la posibilidad de emprender nuevas actividades, y más generalmente, las perspectivas buenas o menos buenas para el país. De estas últimas depende la fe con la que sigamos apoyando, con nuestra participación activa, el sistema de democracia electoral en vigor.
Las elecciones próximas son cruciales porque definirán la persona que esté en Palacio Nacional, y con ello, el ánimo con que se aborden las numerosas situaciones pendientes de resolverse.
Mucho dependerá de la actitud con la que el Presidente de la República vea cada problema. Queremos estar seguros de que sus respuestas serán firmes y aceptables para nuestra forma de pensar.
Tan importante es la personalidad del candidato como el partido o coalición que lo postula.
La presencia del partido, como elemento definitorio de la eventual actuación del individuo, será interesante sólo en los primeros meses de su gestión presidencial. Después debe establecer su personalidad de líder.
El que el Presidente esté atento sólo a las indicaciones de su partido no es una virtud, sino un serio defecto.
El aspirante independiente puede significar novedad en el análisis o así sus planteamientos si los hace competitivos.
Dadas las condiciones actuales, lo que más debe tomarse en cuenta es si se proponen nuevas formas de atender la problemática nacional.
Limitarse a cambiarles de nombre a los bien conocidos programas expondrá al país al estancamiento o a un violento rechazo popular.
Este último peligro es real en un ambiente como el que hoy se vive en el mundo, y en México no tenemos el régimen parlamentario que lo resuelva con la tersura española.
La inestabilidad actual de muchos países se debe a que sus aparatos políticos y económicos no resuelven los problemas de las mayorías. No es justo que esa ineptitud se achaque al sistema que, bien interpretado y aplicado, satisfaría las necesidades de la comunidad.
La lección que nos dejan las experiencias de otros países es que no bastan los esfuerzos cívicos, por mucho que se organicen en grupos ciudadanos muy activos. Es imprescindible la labor simultánea igualmente consciente y constante de los legisladores, autoridades locales y jueces, que siempre ha faltado.
No nos perdamos en grandilocuencias. Los asuntos son elementales.
El México que anhelamos se construye a diario, paso a paso, con la responsabilidad de cada ciudadano, en donde se encuentre. En los próximos días, por ejemplo, la tarea está en votar sensatamente, de acuerdo con nuestras convicciones. Una vez conocido el que a partir del primero de diciembre ocupará la Presidencia, habrá que hacer llegar sin demora al equipo de transición nuestras demandas para insertarlas en los programas de gobierno que correspondan.
Al mismo tiempo, habrá que comenzar a trabajar con los nuevos diputados y senadores que tomarán sus lugares el primero de septiembre, insistiendo en que despachen la mucha legislación que quedó pendiente para así emprender las nuevas.

La cosa no es calmada.

La democracia efectiva que se realice en los comicios de 2018 demanda un primer esfuerzo, que es votar en las casillas; el segundo, comenzar a monitorear el rendimiento de los legisladores que elegimos, y en tercer lugar, obligar al Presidente de la República a impedir la corrupción en su gobierno y a cumplir inteligentemente sus promesas de campaña. La tarea no será fácil, pero es inaplazable.

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