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López Obrador y Trump comparados

Leo Zuckermann

Conforme se acerca la elección presidencial en Estados Unidos, Donald Trump ha comenzado a hablar de un posible fraude electoral. Lo mismo hizo López Obrador, aquí en México, en los comicios de 2006 y 2012. Esto ha desatado una serie de columnas comparando a los dos personajes. Unos dicen que son igualitos, otros argumentan que no tanto. Me sumo a este debate con la siguiente comparación.
AMLO y Trump son dos candidatos que se presentan como antisistémicos, es decir, están convencidos de que el sistema político de sus respectivos países no funciona; que la democracia se ha desvirtuado y opera en favor de los intereses de unos pocos. Este diagnóstico es muy conveniente para su discurso: si ganan, ellos serán los salvadores de la decadencia pero, si pierden, entonces fue porque les hicieron trampa comprobando, así, que el régimen democrático efectivamente no funciona.
En este sentido, tanto López Obrador como Trump son jugadores que deben considerarse como semileales con las instituciones democráticas. El politólogo Juan Linz hizo una clasificación de las posibles oposiciones que puede haber en un régimen político. La oposición leal es la de aquellos partidos que se oponen al gobierno, pero no al régimen. La desleal es muy ferviente, a menudo violenta, tanto del gobierno como del régimen, lo que otro gran politólogo, Giovanni Sartori, bautizó como partidos “antisistema”. Finalmente se encuentra la oposición semileal caracterizada por la ambigüedad: generalmente comienza siendo leal al régimen pero, por distintas circunstancias históricas, ideológicas y pragmáticas, cada vez actúa más en la deslealtad. A ratos parece estar dispuesta a jugar con las reglas del juego establecidas, pero luego anuncia que no está de acuerdo con éstas y que podría salirse del juego.
Así ha sido la oposición de López Obrador estos dos sexenios y así podría ser la de Trump si pierde el ocho de noviembre. Esto, desde luego, siempre pone en un brete a los partidos que apoyan a estos personajes. Lo vimos con claridad en 2006 aquí en México. Mientras que AMLO protestaba en las calles por el fraude electoral, los miembros de los distintos partidos que lo apoyaron tomaron posesión de sus puestos en el Congreso y en el gobierno del Distrito Federal como si no hubiera existido fraude alguno. ¿Qué harán los republicanos que ganen elecciones el ocho de noviembre si su candidato presidencial pierde y argumenta que los sufragios fueron fraudulentos? ¿O nada más puede hablarse de fraude en un tipo de elección y no en otros?
AMLO y Trump son candidatos que coquetean con la opción antisistémica. Usan a las instituciones cuando les conviene y las cuestionan también cuando les conviene. Son leales y desleales a su contentillo.
Lo cual nos lleva al punto donde sí son diferentes. Trump es un candidato que sin duda alguna puede considerarse como un outsider, es decir, alguien que definitivamente viene de fuera del sistema político. Se trata de un empresario que nunca ha tenido un puesto en el sector público. López Obrador, en cambio, siempre se ha dedicado a la política. Incluso ha gobernado la Ciudad de México. En este sentido, es un insider: alguien que ha estado metido hasta el fondo en el sistema. Es un político por todos los costados. Está tan adentro que hoy tiene su propio partido, Morena, que recibe cientos de millones de pesos de financiamiento público cada año.
Un outsider tiene mucha más credibilidad y legitimidad como candidato antisistémico que un insider. En este sentido, AMLO la tiene más difícil que Trump al llevar muchos años como oposición semileal. Y es que “no se puede mamar y dar topes al mismo tiempo”. El tabasqueño, por un lado, ha mamado mucho dinero del erario y, por el otro, le da constantes topes a las instituciones, como el INE, que le expiden sus cheques cada quincena.
Lo cual nos lleva a un último punto. Digamos que Trump efectivamente pierde el ocho de noviembre. Con toda seguridad dirá que la elección fue fraudulenta. La pregunta es si regresará a sus negocios o seguirá en la política. Si decide lo segundo, tendrá que formar un movimiento que eventualmente se adueñe del Partido Republicano o forme uno nuevo. Cualquiera que sea, Trump, al igual que López Obrador, cada vez se verá más como un insider que como un outsider perdiendo, así, credibilidad de que de veras quiere un cambio del sistema democrático. Y es que el problema de la ambigüedad de la oposición semileal es que acaba generando la impresión de que su líder es, en realidad, un hipócrita.

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