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Los acuerdos del Salón Oval

Julio Faesler

Terminado el plazo del 31 de agosto para presentar cualquier texto convenido al Congreso norteamericano, se abrieron interrogantes sobre la aceptabilidad legislativa de un arreglo que ya no es trilateral. El otro hecho es que, contrariando sus amenazas anteriores, Trump cedió y dio la oportunidad a Canadá de alargar la negociación hasta finales de septiembre.
El hecho es que, Trump despachó la carta al Senado de su país avisando la conclusión de un arreglo México-Estados Unidos.
Estamos pendientes de saber cómo reaccionará Canadá al dilema en que, inesperadamente, se encuentra. Puede suscribir el documento que México cerró con el equipo de Washington o extender su negociación intentando añadir los párrafos que son de su interés. Si no encuentra ventajoso lo que obtenga, acabará por sustraerse de todo este arreglo.
Es de creerse que Justin Trudeau calibrará hasta qué grado dar la batalla para defenderse de las pretensiones lecheras de Estados Unidos, sin contar con la solidaridad negociadora mexicana. Verá también si puede defender su industria maderera y editorial frente a la pujanza norteamericana o, por último, lograr la permanencia del Capítulo 19, que México ya sacrificó, pese a la firmeza con la que insistió que “no era negociable”.
México, por su parte, ha terminado su tarea. La comunicación de Trump al Congreso indica el nacimiento de un acuerdo, aunque “provisional”, entre dos y no tres países. El propósito del presidente americano, por el momento, se logró. Está por verse si lo que Canadá logre para sus puntos prioritarios implica reabrir la negociación con México para acomodarlo y revivir el tratado trilateral.
Esperamos que sí, pero hay que tomar en cuenta que, históricamente, Canadá nunca estuvo muy convencido de la racionalidad de vincular sus planes de desarrollo a los de México, que siente política y culturalmente distinto. País anglosajón, no tiene más vínculo que el de compartir el Continente norteamericano, donde siempre ha procurado afirmar su personalidad frente a la arrolladora presencia de Estados Unidos. De no adherirse al acuerdo México-Estados Unidos, la carta que le queda es reafirmar su asociación con el Reino Unido, por el momento, debilitado por el Brexit.
Hay lecciones que se derivan del problemático TLCAN. La estrategia de Trump da la espalda a la aspiración de su antecesor Obama de incorporar al Tratado en su gran plan de consolidar a Norteamérica como el centro económico, político y energético, y con ello, hacerle frente a la amenazante hegemonía china. La cancillería mexicana ya decidirá qué tanto nos compromete este proyecto.
Independientemente de consideraciones diplomáticas, hay que sopesar detalladamente las ventajas reales del texto del acuerdo que está por confirmarse.
Por el momento, llama la atención lo complicado de prever y precisar cómo quedarán las exportaciones mexicanas, especialmente las automotrices. Los fabricantes alemanes, japoneses y coreanos tienen mucha movilidad para ubicar sus plantas y los norteamericanos están presionados por su gobierno para aumentar sus reanimados niveles de empleo. Están por verse las repercusiones de nuevos parámetros salariales que, aparentemente, cubrirán los compradores afectando ventas, pero anunciando problemas tanto para empresas y sindicatos.
Hay que conocer más de los acuerdos a los que llegó nuestro equipo negociador, dirigido por el hábil secretario de Economía, quien maneja con elegancia las altiveces de su colega canciller. Prevalece, empero, la personalidad de Trump, que confirma una vez más su prepotencia, anunciando decisiones desde su gran escritorio, frente al que sentó en atenta hilera, a los señores secretarios del gabinete mexicano.
La coyuntura es importante, aunque no sea porque se repite el método de negociación de Trump: amenazar para luego ceder.
Pronto se desgastará y nadie se va a acordar de lo que sale del Salón Oval…¿o no?.

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