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Los medios y los alcahuetes

Rafael Cardona

Si durante algún tiempo, no mucho en verdad, y más por la inclusión de los críticos en nombramientos y sus beneficios económicos y políticos, el mecanismo electoral, con su sobrevaluado IFE —custodio de todas nuestras perfecciones habidas y por venir—, fue materia de halagos y reconocimientos, hoy no hay quien apueste por las imaginarias virtudes de la parte electoral de nuestra así llamada democracia, la cual es un conjunto de pegotes insufribles y de errores acumulados.
La última reforma fue un fiasco.
La parte más visible de todo este conjunto de aberraciones y distorsiones está, obviamente, en el oneroso método de financiamiento a los partidos políticos, cuya cuantía hace de este sistema una carga insufrible para un país agobiado por la deuda y expuesto a una recaudación infame de “lamparazos” (llamaremos así a los aumentos progresivos en el costo de la energía eléctrica o simplemente, la luz) y “gasolinazos”.
Pero no es menos incomprensible el método de control de la propaganda, llamado “acceso a los medios”. Propaganda, ese es el nombre. Punto.
El acceso a los medios de comunicación, centralizado por el Instituto Nacional Electoral y convertido en un enorme pastel de tiempos oficiales divididos en rebanadas de “spots” en abierta competencia por la mala calidad o provechosamente incautados por los presidentes de los partidos para promover inminentes candidaturas, como es el caso de Andrés López y Ricardo Anaya (siempre al filo de la legalidad, sin violar la ley pero saltándose la norma), ya es algo insufrible.
Y a eso se agrega el disfraz informativo: las entrevistas. El periodismo como alcahuete de la propaganda. No importa quién sostenga las charlas, ni cómo se disimule su condición propagandística por encima de su genuino contenido informativo. Son casos de autopromoción.
El asunto siempre es el mismo.
Un señor o una señora entrevistan a un señor o una señora a quien tratan de forma reverente, con buenas maneras, como si se tratara de un cliente bien atendido en el mercado de la lisonja.
—Va usted a ver cómo le luce bonito el trajecito. Es a la medida…
La entrevista, en sí misma, como género periodístico es mejor espacio para la simulación. Tiene mucho de teatralidad, de arreglo. Yo hago como si apretara y tú haces como si respondieras.
Las confesiones, definiciones, explicaciones en primera persona son a veces increíbles. Vomitivas, diría el “Gran Fox”.
A la pregunta “dura” se responde con la caradura.
Y ha habido en este interminable carrusel cuyo principio ahora vemos, dos personajes cuyas confesiones (ni San Agustín) han causado comentarios e interés: Margarita Zavala y Andrés López.
Del segundo no hay mucho por decir.
Esta tercera campaña nos muestra a un incesante y permanente señor cuya habilidad ya es conocida. Se trata del político más notable de los últimos años y nadie le puede regatear su habilidad. Ni sus excesos, ni sus errores. Todo con él está a la vista. Lo bueno y lo malo.
De la primera, tampoco hay mucho por decir.
Pero precisamente por lo contrario. Es una mujer simple, sencilla de cuyas virtudes no se necesita hablar. No son trascendentes, ni siquiera importantes para el puesto al cual aspira. Es como una botella de agua destilada. Limpia e insabora, insípida e incolora.
A fin de cuentas su candidatura —independiente o panista; ni chicha ni limonada—, no sería sino una maniobra de Felipe Calderón para lograr la reelección tras el trono o la silla. Otro brinco a la ley. Y Felipe bien podría lograrlo. Ha hecho cosas peores.
Sin embargo en las recientes apariciones públicas, la señora Zavala de Calderón, después de un intenso y notorio entrenamiento y aprendizaje de respuesta ensayadas en el “war room”, ha dejado ver un rasgo preocupante: va en camino de creerse todos los argumentos con los cuales le han venido construyendo un catálogo de méritos artificiales, es decir, obras del artificio. Una campaña de plástico exprés.
Pero todo ese despliegue de recursos parlanchines, ese peregrinar por radiodifusoras y canales de televisión es posible de esta manera, por una falla de la ley.
O mejor dicho, un mecanismo legal defectuoso les permite a estos aspirantes declarados (algunos ponen en ese mismo caso a Jorge Castañeda) promoverse en las plazas radiofónicas por encima de las restricciones de compra de espacio. Y el prefijo “pre” los salva de las limitaciones de los candidatos. Todo un malabarismo. Soy pero no soy.
Finalmente ni las editoriales en promoción comercial ni el interés periodístico (no el de los periodistas en los políticos, sino el de los políticos en los periodistas en hermosa simbiosis) no se puede evitar (ni se debe) por la legislación electoral.
Entonces estamos en el peor de los mundos: la ley no impide cuanto quiere evitar y su regulación resulta entonces innecesaria, por un lado, y burlada, por el otro. ¿Para qué?
Pero quien quiera tomar en serio a la señora Zavala, tiene todo el derecho (no el deber) de hacerlo. Como cualquier otro ciudadano en gozo absoluto de sus derechos políticos, ella puede ser (si logra los apoyos) candidata a cualquier cosa. Y buena suerte.
Muchas mujeres han compartido la ambición después de sus maridos. Hoy mismo una de ellas, Hillary Clinton, es vista como la gran esperanza en los Estados Unidos, especialmente si logra detener al “monstruo del pantano”, el señor Trump.
Conocemos los casos de las mujeres de Perón (ya vimos cómo acabó Isabelita en manos de un brujo farsante y corrupto) y dónde han concluido los afanes populistas de la señora Kirchner quien indudablemente superaba a su marido en inteligencia.
¿Cómo andaría aquel?

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