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Luz verde a Armando del Castillo como candidato a gobernador

Había pasado poco más de un año de aquel diciembre de 1978 en que el presidente lo había recibido en Los Pinos y le dijo que sería diputado federal por Durango, y apenas un mes había pasado cuando López Portillo le comunicó a ACF que era inminente su candidatura del PRI a gobernador de Durango.

Fue quirúrgica y rápida la preparación que hizo el presidente para encaminar a Del Castillo Franco a la gubernatura. Recapitulando los acontecimientos, siempre he pensado que, seguramente, JLP ya tenía concebida esa candidatura desde ese diciembre de 1978.

Me faltó platicarles, amigos, que Salvador Gámiz, a los días de ungirse como gobernador interino, su infaltable compañero en las giras o en su despacho era un portafolio negro atestado de billetes; lo habría Aurorita, mujer de hermosa tez blanca, chilanga ella, cuando identificaba o alguien le anunciaba la visita o el encuentro en sus giras de líderes sociales. A la primera demanda social que le planteaban sacaba un fajo de billetes para convencer en lo personal que “aguantaran un rato”.

La solución no estaba en sus manos y no tenía tiempo para eso, tenía sólo nueve meses como gobernador interino. Por eso empezaba sus jornadas a las seis o siete de la mañana y terminaba a las dos de la mañana. Fue una gubernatura al estilo de Luis Echeverría, que también se trabajaba de madrugada, un gobierno muy intenso.

En eso estábamos los duranguenses, en la transición de un gobierno provisional de nueve meses encabezado por Salvador Gámiz Fernández, ante la licencia solicitada y concedida al Dr. Mayagoitia por el Congreso del Estado para ocupar la Dirección del Instituto Politécnico Nacional, designado por el Presidente de la República José López Portillo.

El “destape” del nuevo candidato a gobernador se anunció con fanfarrias, el diputado federal Armando del Castillo Franco, nativo de Canatlán de las manzanas, Durango, y se confirmaba lo que todos suponían y muchos esperábamos, le habían favorecido los Dioses con el “dedo bendito”.

Hombre de esbelta figura, elegante él, tribuno clásico, simpático y dicharachero, jinete con el que yo cabalgaba invariablemente los fines de semana, de ágil memoria; producto nato de la época alemanista y amigo del alma de José López Portillo. Nada más ni nada menos que el presidente de la República en turno.

El Comité Ejecutivo Nacional del partido lo trataba con algodones, sabía de su cercanía con el Presidente y le envió con anterioridad como Delegado General, a quien él había pedido, nuestro compañero diputado federal que años más tarde llegó a gobernador del estado de Puebla, Guillermo Jiménez Morales, “el Camote”, como le decía don Armando.

La campaña

Transcurrió la campaña política, muy alegre, de muchas anécdotas y “puntadas” ingeniosas del candidato que hacía reír a los oyentes y que le permitieron ganarse realmente la simpatía de la gente; y a la vez fue un proceso muy necesario por el que don Armando tenía que actualizarse del conocimiento físico de la nueva generación política que pululaba en los 38 municipios de la entidad que había entonces en el estado (No fue sino hasta el siguiente sexenio, con José Ramírez Gamero, que se creó el municipio número treinta y nueve: Nuevo Ideal).

Identificar a cada uno de los cuadros partidistas que ya existían en la nueva fisonomía partidista, ubicar a los liderazgos de mayor peso por cada región y por cada sector del partido, como lo son la CNC, el CCI, la CTM, la CROC, la CNOP y todas sus organizaciones y sindicatos. Además de calibrar a las fuerzas opositoras y esa gran gama de liderazgos naturales que en toda comunidad se generan y se reciclan. Fue muy útil.

Continuará…

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