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Megalomanía

Gerardo Galarza

No se sabe aún si la Constitución de la nueva Ciudad de México (o #CDMX, como se escribe ahora) vaya a ser un gran texto jurídico o un bodrio; vamos, ni siquiera se ha elegido a los constituyentes que deben pasar por el tamiz del voto popular, pero “La Reforma de la Ciudad de México”, cuyo sustento legal, se supone, será precisamente su Constitución, ya está inscrita con letras de oro en los muros de la Asamblea Legislativa que, según su propia página digital, sigue siendo del Distrito Federal.
Los políticos, los de todo el mundo, siempre han padecido de megalomanía. De ella deriva, desde siempre, el culto a la personalidad. Se dice que no hay dictador o gobernante vitalicio que no padezca esas dos características y que, por supuesto, son más profundas en aquellos quienes encabezan gobiernos totalitarios.
En sus buenos tiempos de cultura política priista, México cultivó (cultiva) el culto a la personalidad, proveniente de la gran megalomanía que padecían (padecen) los miembros de la llamada clase política, ahora pertenezcan al partido político que sea.
Por eso el país está lleno de muros de letras de oro en las dos cámaras federales y en todos y cada uno de los congresos estatales, de estatuas de presuntos héroes patrios, de calles y colonias con nombres de políticos muertos y vivos… todos ellos, supuestamente, grandes mexicanos que, como decía la propaganda en el gobierno de Miguel de la Madrid, “grabaron para siempre su nombre en la historia”.
Don Perogrullo sabe y proclama que la historia la escriben los vencedores. Es decir, que la historia verdadera, la única, es la historia oficial, aunque en ella no se puedan ocultar las contradicciones de los hechos y entre sus personajes. Y así, para evitar nuevas peleas, los vencedores de ayer aceptan que los de hoy impongan a sus prohombres. Por ello, en México, ocurre que los mismos muros con las mismas letras de oro, aunque en diferente estela, se encuentren los nombres de quien en la vida real fueron enemigos o que, en cualquier ciudad, la calle Francisco Villa haga esquina con la Álvaro Obregón; o que se dediquen avenidas al coronel Porfirio Díaz (el héroe del 2 de abril de 1867), pero no al general Porfirio Díaz (el dictador oficial), aunque sean la misma persona. Y son muchos casos similares o inexplicables. Por ejemplo, ¿Alguien sabe qué hizo doña Antonia Nava, cuyo nombre está en el muro de la Cámara de Diputados?
Y grabar “para siempre su nombre en la historia” en México no es, precisamente, para siempre. El nombre de Agustín de Iturbide, el consumador de la Independencia de México, nos guste o no, estuvo en letras de oro en el muro del recinto legislativo nacional (hubo repúblicas centrales y federales durante ese tiempo) durante casi un siglo (86 años) hasta que en septiembre de 1921, durante la celebración del centenario de la consumación de la independencia nacional, fue satanizado y descanonizado del santoral laico mexicano y borrado de la áurea pared.
Fue (es) tan grande la megalomanía de los políticos mexicanos que durante el citado gobierno de Miguel de la Madrid, aquel que prometió ser el de la “renovación moral de la sociedad”, se expidió una ley que prohíbe poner los nombres de los funcionarios en las placas de inauguración de cualquier obra pública, del tamaño que sea.

Pero no.
No hay poder que impida los delirios de grandeza.
La Ciudad de México y sus habitantes no tienen nueva Constitución ni siquiera han votado por quienes presuntamente los representarán en su elaboración, pero ya pueden leer en letras de oro, en los muros de su Asamblea Legislativa, la nueva “gesta histórica”: “La Reforma de la Ciudad de México”.
¿Qué pasará si esa reforma ya calificada como histórica resulta un fiasco? Sencillo, ahí seguirá la leyenda hasta que nuevos diputados ordenen borrarla de la historia.
No sería la primera vez.

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