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Memorias de un duranguense (Segunda parte)

Un día fue inolvidable, no recuerdo que año fue, pero me impresionó grandemente que llegaba a Durango una caravana con un sinnúmero de artistas, que en autobuses venían recorriendo las capitales de los estados; con engrudo pegaban carteles en las esquinas, y que a pocos días llegaban al teatro Victoria o al Cine Principal (hoy teatro Ricardo Castro), los comediantes y vedettes de moda, “Palillo” y la ” Tongolele”.
Los domingos por la tarde, gracias al amigo de los niños, Don Raúl Valdepeña, rico comerciante, filántropo y muy querido por el pueblo, porque el sí era baratero de a deveras, quien patrocinaba ese memorable programa de radio infantil que tanto nos hacía reír, al que acudíamos personalmente en la estación emisora XEE, por la Av. 20 de Noviembre, entre Patoni y Zarco, pionero en transmitir los cuentos de niños y como incomparable animador, ese buen hombre llamado, Héctor Rene Pina.
“Blanca Nieves”, “Los Tres Cochinitos”, “La Cenicienta”, “Pulgarcito” o “Marcelino Pan y Vino” y “Pinocho”, sólo por citar a los clásicos; promovía también a los incipientes artistas locales como: “Las Ardillitas”, enanitos vecinos de la colonia Santa María y nacidos en San Pedro de Azafranes, del inhóspito y pintoresco municipio de Otáez, al que décadas después conocí y quedé prendado de su incomparable belleza natural; Pánfilo, el del acordeón, Demetrio, el del guitarrón y Anacleto, el simpático vocalista. Y como postre, la suculenta nieve “Kannin”, siempre por cortesía de Don Raúl.
Todos ellos sellaron el México de una época de oro, que era de un país de artistas natos, que nacían en las carpas, que venían de los barrios más pobres. Poco antes habían estado Pedro Infante y Jorge Negrete, de eso no recuerdo nada, honestamente.
Marcelo Vargas, quien de hecho destronó al campeón nacional Peso welter, Álvaro Gutiérrez; de Marcelo, quien vivía por la calle Madrugador, fui su “aguador”, gracias a las gestiones de mi tío materno Andrés Espino (a) “El Novillo”, fue que logré ser el que en una pequeña cubeta le llevaba agua a la esquina del ring y le cargaba la toalla; orgullo de mi edad, que mis conocidos me vieran junto a él caminando del Ex Cuartel Juárez, en donde estaba el gimnasio, rumbo a nuestras casas, pues éramos vecinos; o subirme a su esquina del cuadrilátero, me ganaba el respeto de mis compañeritos.
O el pugilista peso ligero, Luis “Chamaco” Hernández, de quien después fui esparring; “La Coquena” Fernández, hijo de Don Miguel Fernández Trejo, uno de los fundadores de la CNC; “El Diablito” Campos y el “Tun-tun” Torres, junto con su manager, Don Alfonso Martínez, eran una casta de valientes que en el cuadrilátero salpicaban sudor y sangre. Todos del populoso y bravo barrio de Tierra Blanca. “Yo te aseguro que yo lo vi…”, en realidad, no como dice la canción de Pedrito Fernández; relatos que a todos los duranguenses de aquellos ayeres… nos constan.
Cómo omitir a ese pequeño hombrecillo, popularmente llamado “El hombre mosca”, que en mallas color negro y capa supuestamente de seda blanca, trepaba, con las plantas de sus pies enfundados en tenis de lona, tipo choclo y sus flacos dedos de la mano, por las torres de nuestra majestuosa Catedral, ante el espasmo de una pequeña multitud, que le pagábamos con unas míseras monedas. Venía de paso, me parece que era de Fresnillo, Zacatecas.
O los memorables maratones de piano, para recaudar fondos para la Ciudad de los Niños, de la que el padre Ramírez era su promotor; o el hombre vivo enterrado, al que veíamos sin salir por varios días, a través de una caja de vidrio. Años después supe que lo regenteaban José Luis “El Tomatón” González y Wlfrano Torres (a) “El Lobito”, quienes sacaban a escondidas por la madrugada al supuestamente “hombre enterrado vivo”; todo esto, mis ojos lo vieron en la Plaza de Armas. Ese era nuestro Durango, nuestro viejo Durango, que era testigo mudo de los distintos caminos que transitábamos.
Esa fue una época que alguien debe rescatar, para que quede plasmada como testimonio de una generación ya ida, pero que muchos conservamos en nuestra memoria. Esa fue la vida de una constante lucha entre el instinto y la razón. Preferible, diríamos ahora, dar rienda suelta a tu ingenio, a tu capacidad de sacrificio, que apostar a la violencia o a la delincuencia para ganarse la vida.

EN ESTE CONTEXTO Y CON ESE BAGAJE CRECI
Corría el verano del año de 1962. Un día, por fin, terminó el diario transitar de mi casa a la Escuela Primaria No. 15 Alberto M. Alvarado, la que junto con la Guadalupe Victoria eran consideradas como colegios; las únicas dos que no eran mixtas, sino que eran exclusivamente de matrícula para niños; Había concluido mis estudios elementales, camino que recorrí miles de veces, tomando en cuenta que fueron seis años de ida y vuelta a golpe de calcetín, una por la mañana y otra nuevamente por la tarde, toda vez que las clases eran todo el día en aquella época.
Así, por trescientos días aproximadamente al año, tiempos en que todavía los maestros no inventaban los paros, juntas y suspensión de clase por cualquier motivo en aquel entonces, al correr de seis años, me sumaron siete mil vueltas. ¿Cuántas medias suelas se quedaron en ese trayecto? Con mis pequeñas piernecillas, sin duda en ese camino crecí. Y de ahí al Edificio Central de la UJED, a los cursos de adaptación, pero… esa es otra historia que por separado les platico en subsecuentes artículos.

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