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Memorias de un duranguense (Tercera parte)


Por cierto, acabamos de vivir los duranguenses contemporáneos una tragedia con el comienzo del 2018, el incendio del mercado “Francisco Gómez Palacio”, fue bautizado así en los albores de la Revolución Mexicana, fundado a finales del Siglo XIX, donado durante el gobierno de José Ramón Valdez, quien se lo había donado a más de trescientas familias condicionando a que fuera el Ayuntamiento quien administrara y mantuviera dicho inmueble de vendimias.
Un mercado con mucha tradición considerado Patrimonio Histórico de nuestra ciudad, tradicional mercado que ha vivido distintas etapas de la historia de nuestro Durango, lugar donde se venden curiosidades artesanales y por lo tanto es muy visitado por lugareños y turistas. Por cierto, es justo hacer un recordatorio y homenaje de una gran lidereza de locatarios de mercados de todo el estado, Luz María Muñoz Reyes, muy querida por los locatarios locales.
Fue en las primeras horas de este año cuando despertamos con la noticia de que había sido devorado por las llamas destruyendo más de 100 puestos de nuestros amigos locatarios.
Nuestro actual Presidente Municipal, José Ramón Enríquez fue alertado desde las primeras horas de la madrugada del primer día de este año acudiendo a confirmar las voces de alarma pudiendo verificar las grandes superficies destruidas por la lumbre, iniciando de inmediato una gigantesca tarea de limpieza de escombros y reconstrucción estructural de los daños en el primero y segundo piso, una tarea llevada a cabo a tres turnos por locatarios y personal de Obras Públicas.
Hubo además la intervención de diversas jefaturas de departamento –Limpieza, Obras Públicas, Salud y Finanzas- coordinados en reuniones de gabinete encabezados por el Alcalde y con la aportación de materiales por parte del Ayuntamiento.
Hoy vemos recuperado y restaurado por el Ayuntamiento de Durango nuestro hermoso mercado.
Pasando a otras reminiscencias de mi Durango antiguo, continúo con mis vivencias.
En ese contexto y con ese bagaje crecí
Aunque había entonces muchos lugares que se dedicaban a la renta de bicicletas ¿Cuál era la razón de estos prolíficos negocios? pues sencillamente, porque la mayoría de la población no teníamos recursos para adquirir una nueva. En¬tre estos florecientes negocios destacaban “La Nacional”, que se ubicaba en calle Madero y Baca Ortiz, cuyo propietario Don Alfredo Muñoz, era padre de mi compañero de primaria, Alfredo. Allí laboraba por cierto, un empleado llamado Nabor, era el mecánico de confianza, e incluso reparaba bicis a domicilio; y mire usted lo que son las cosas, lo que hacen el esfuerzo y la tenacidad del hombre, ahora es un millonario empresario, propietario de una cadena nacional de tienda de deportes que lleva el nombre de “Don Nabor”, con casi cien sucursales en todo el país, que distribuyen las bicicletas que él fabrica.
También existía la “Phillips”, de la calle Matamoros, frente a la plaza de “Las Víboras”, cuyo dueño era un popular vecino, ex ciclista del México de provincia; Enrique Herrera. Y la del Jardín de San Antonio, cuyos propietarios eran una conocida familia de apellido Cisneros, y la de la antigua Colonia Obrera, propiedad del señor Luna, otro reconocido deportista de los pedales.
En ese deporte, las figuras del momento lo eran Bibiano González, hombre moreno muy alto, seleccionado nacional, y el “Pollo” Arreola, de tez muy “colorada”, quien recién había implantado un récord nacional.
El que esto escribe, era un infatigable transitante, ávido de explorar el entorno geográfico en que nací. La ciudad de Durango terminaba en lo que hoy está la Cruz Roja, en la esquina de Libertad y 5 de Febrero, en donde, en la acera de enfrente, destacaba una hermosa finca de cantera, con su nombre en relieve de “La Guillermina”, me parece que todavía se conserva y seguramente de ahí tomó su nombre el fraccionamiento de clase media alta, que ahí nació.
Era una granja con establo y todo, propiedad de la familia Mendívil, los concesionarios de la Ford; ahí vi por primera vez cómo se ordeñaba una vaca, la producción de granos, que realmente nada más era maíz, y creo que avena, así como forrajes y molienda de olote, con dos o tres briosos caballos que se veían desde la calle. Eran de los ricos del pueblo, junto con Chiveto Rosas, los Del Palacio, los Fernández de Castro, Don Fermín Núñez, los Sarabia, entre otros. Aunque cuando realmente conocí el campo fue en Tuitán, en donde por tres veranos pasaba mis vacaciones, aprendiendo a montar, ensillar, sembrar, lazar y ordeñar.
Bien, de la Cruz Roja, rumbo al Panteón de Oriente, era ya salir de la ciudad, caminando, pues precisamente en ese punto de la casona de campo, terminaba la ruta de los “dieceros”. Cruzábamos a pie caminos reales, entre el huizacherío que invadía esa gran llanura, para llegar al camposanto, en donde descansaban desde entonces dos hermanas mías. Hoy en esos sepulcros están depositados más restos adorados. Como el de mi padre y el de un hijo que perdí en 1975, en un accidente por la carretera a Mazatlán. Pero dejamos para después todo eso, siempre he sido muy vulnerable a lo sentimental.
Cuando se salía… la acequia grande
“Quiero relatar lo que a mí me sucedió”, parafraseando a la cumbiera de aquellos tiempos, Sonia López; resulta que en aquellos lejanos años, que retengo vividamente en mi memo¬ria, como todos mis contemporáneos y mayores, lo que fue conocido como la Acequia Grande: era una línea divisoria del centro histórico a los barrios de Analco y de Tierra Blanca, con sus puentes de cemento para vehículos y transeúntes, ubicados uno en las Moreras, otro en Calle Analco, otro en la de Luna, el de Urrea y uno más en la de Zarco.
Pero también esta acequia, en cada temporada de lluvias era una latente amenaza, pues no fueron pocas las veces en que alarmados, veíamos que se desbordaba, lleno este canal que captaba la precipitación pluvial que caía en la sierra, y como no había las presas que hoy ya tenemos, como “La del Hielo” en Garabitos, la “Guadalupe Victoria”, la “Peña del Águila” y la “Bayacora”, venía a desembocar en esta parte.
La más baja de la ciudad, asemejando un majestuoso río de una incontenible corriente, que se llevaba todo a su paso, nuestros infantiles ojos vieron cómo arrastraba en su paso; a caballos, vacas, perros y cerdos, muchos ya muertos, y otros instintivamente haciendo esfuerzos desesperados sacando la cabeza, lograban flotar sólo algunas cuadras, para luego ser absorbidos por la fuerza del agua.

Continuará…