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Migrantes

Pascal Beltrán del Río

La migración masiva es un fenómeno de nuestros tiempos y está dando lugar a imágenes nunca antes vistas, la mayoría de un enorme dramatismo.
Hace unos días, con motivo de la primera cumbre de Naciones Unidas sobre este tema, se dio a conocer que casi 250 millones de personas viven en un país donde no nacieron, más que en cualquier época de la historia.
Cerca de 65 millones de ellas han sido desplazadas de sus lugares de origen por conflictos armados, violencia o persecución política o religiosa.
Y tan sólo en 2015, 1.2 millones de personas llegaron a Europa huyendo de condiciones insostenibles de vida. Cerca de cuatro mil no tuvieron tanta suerte y perecieron ahogadas en el Mediterráneo.
México es un país que no ha sido ajeno a los cambios en el terreno de la migración.
Recientemente nos han tomado a casi todos por sorpresa las imágenes de miles de personas de piel negra que han llegado a la frontera sur del país y centenares más que se agolpan a las puertas de Estados Unidos en nuestra frontera norte.
La semana pasada estuve en Mexicali y allí pude levantar testimonio de algunos de esos migrantes.
Uno de los aspectos que llaman la atención sobre estos recién llegados –la situación comenzó a hacerse notar apenas en mayo pasado– es que muchos de ellos han declarado que son originarios de África, particularmente de la República del Congo.
Las autoridades migratorias mexicanas tienen razones para dudar que esa información sea cierta. Creen que muchos de estos nuevos migrantes provienen de Haití, pero han decidido llamarse congoleños para facilitar su tránsito hacia Estados Unidos y quedarse definitivamente allí.
En Mexicali hablé con dos familias de migrantes, en las oficinas del Instituto Nacional de Migración (Inami), cerca de la garita vieja de la ciudad.
Dijeron ser de Brazzaville, capital de uno de los dos países que llevan como nombre Congo (el otro es el antiguo Zaire, cuya capital es Kinshasa).
No tengo manera de saber si esa información es verdadera o falsa, pero es indudable que los nueve mil 500 migrantes “transoceánicos” –categoría que les da el Inami–, llegados a Baja California desde enero pasado, están en una penosa situación económica y buscan llegar a Estados Unidos, no quedarse en México.
Los migrantes me dijeron que a principios de este año aún vivían en Brasil y que tardaron tres meses en llegar a México, donde ya llevan un mes de estancia.
Dicha información coincide con la de los funcionarios mexicanos con los que hablé, aunque éstos tienen la sospecha de que en realidad se trata de parte de un grupo de 50 mil haitianos que fueron admitidos en Brasil, luego del terremoto de enero de 2010 en el país caribeño, para trabajar en las obras de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.
La migrante Joséphine Nicolas –quien viaja con su esposo y dos hijas– me dijo que su situación en Brasil era ya insostenible (“no hay nada de trabajo allá”) y que habían decidido marcharse al norte.
Para ello atravesaron Perú, Ecuador, Colombia y varios países centroamericanos hasta llegar a Tapachula, Chiapas, y, finalmente, tomar un autobús a Mexicali. Me contó que lo peor del viaje fue cruzar Nicaragua, donde los “traficantes de personas, coludidos con autoridades”, les quitaron los pocos ahorros con los que salieron de Sao Paulo.
En Baja California, los migrantes viven gracias al apoyo de fundaciones y ciudadanos en lo individual, que les han dado alojamiento y comida.
Las autoridades mexicanas han trabajado con las de Estados Unidos para establecer un calendario de entrevistas con la US Customs and Border Protection, dependencia ante la cual tramitarán una solicitud de asilo por razones económicas.
La espera será larga. Los migrantes con los que hablé tenían programada su cita para finales de octubre. De aquí a entonces, tendrán que matar su aburrimiento caminando por el centro histórico de la capital bajacaliforniana, cuyo rostro ha cambiado desde que ellos comenzaron a llegar.
Sean haitianos o congoleños, la angustia se les nota en el rostro. No saben qué pasará con ellos, especialmente cuando ha comenzado a subir la tensión racial y la xenofobia en Estados Unidos, en el marco de la actual contienda electoral.
Por lo pronto, México no puede deportarlos, pues es imposible determinar su nacionalidad. Lo que suceda después de cruzar la frontera está por verse.

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