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Negligencias

ColumnistaInvitado

Yuriria Sierra

Nadie duda de la nobleza de la profesión médica. Las condiciones bajo las que estudian y ejercen son temas de conversación y polémica. Un muy cercano colaborador alguna vez ejerció en alguna de las tantas ramas de las ciencias de la salud. En su experiencia, me cuenta que en sus años de estudio, incluso, los profesores hacían mofa: “La diferencia entre un estudiante de medicina y uno de odontología es que los primeros andan siempre despeinados y con sueño mientras que los segundos siempre impecables”. En fin, comentarios con dejos de prejuicio y menosprecio hacia ambas profesiones.
Siempre que nos remitimos a los médicos, pensamos en aquellos que pasan noche tras noche en vigilia por sus pacientes, quienes responden llamadas a la medianoche, quienes deben tener el pulso más preciso en las cirugías y el tacto más ligero para las malas noticias. Los médicos y todos aquellos que se forman en el área de la salud son vistos como una suerte de héroes; aunque también como los más grandes de los villanos cuando algo sale mal. ¿Es justo? Ése es un debate que nos lleva a terrenos morales y hasta filosóficos; por algo la figura del juramento hipocrático. Como en todas las profesiones hay riesgos que se deben asumir. Pensaremos, más bien, que la condena es natural, pues viene tras certezas y deseos de que todo diagnóstico genera la espera por un pronóstico favorable. No siempre es así, ni modo. A veces, por más que nos aferremos a que hay “algo” que deba hacerse, la naturaleza se encarga de hacernos ver que no podemos aún controlarla. Enfermedades van y vienen, y aunque los avances científicos permiten que cada día se tengan mejores tratamientos, lo cierto es que jamás dejaremos de depender de aquellos que pasan sus días dentro de consultorios y hospitales.
Sin embargo, como dijimos respecto a los riesgos, eso no significa que todos quienes ejercen la medicina sean los mejor capacitados ni los más entusiastas de la profesión. De la misma forma en que no todos los maestros enseñan (como vemos en un video a una profesora en Chimalhuacán y, bueno, diariamente con los integrantes de la CNTE), ni todos los abogados son fieles a los conceptos de la verdad y la justicia, por dar algunos ejemplos. Mi intención no es generalizar, sino dimensionar que al final de cuentas, la medicina es una profesión como cualquier otra. Desde luego que las proporciones de las consecuencias de equivocaciones son, para el caso de los médicos, inimaginables. Y hasta indescriptibles.
En los últimos días hemos visto varios casos de negligencia médica: un menor al que le extirparon un ojo por equivocación; un riñón donado por una madre a su hija que no fue trasplantado, hasta lo habían extraviado, y un bebé al que le realizaron una incisión en sus genitales porque pensaron que era el cordón umbilical. Todos errores imperdonables, que merecerían la más grande de las sanciones aplicadas por las instituciones de salud. Sí, entendemos las condiciones en que muchos de los médicos de guardia realizan su trabajo, pero lo cierto es también que este tipo de aberrantes equívocos no deberían suceder. Además de las evidentes e injustificables irresponsabilidades de los médicos que realizaron tales negligencias, es también asunto de las autoridades de salud. Y no sólo por las sanciones que deben aplicar, sino por los procesos de medir las capacidades de cada uno de los médicos en cuyas manos ponemos nuestra salud. Porque lo que diferencia a un accidente de una negligencia es que la segunda llega por la falta de preparación de los médicos, como sucedió en los casos que conocimos esta semana en tres estados distintos de nuestro país. Y eso sólo puede ser calificado en los filtros de todas las instituciones y unidades médicas del país, pues no medir capacidades profesionales es, también, una negligencia.

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