MINUTO X MINUTO

No sin nosotros


Al igual que hace 32 años, los sismos ocurridos en este 2017, han puesto a prueba al pueblo de México y día a día se constata la solidaridad espontánea por tender la mano al compatriota en desgracia, evidenciado así uno de nuestros rasgos más distintivos.
En sus apuntes sobre el sismo ocurrido a mediados de los ochentas, el escritor y cronista de la Ciudad de México establecía en su libro “No sin nosotros. Los días del temblor 1985 – 2005”, cuenta: “El 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México experimenta un terremoto de consideración que causa un gran número de muertos (las cifras de las autoridades jamás se establecen con seriedad, los damnificados acercan el número a veinte mil fallecidos). Al día siguiente, otro terremoto (o temblor) de menor intensidad reanuda el pánico y vigoriza el ánimo solidario. El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo ­al parecer de manera súbita­ da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca, distribuye la solidaridad”.
Sobre el mismo suceso, Elena Poniatowska apuntó en su libro “Nada. Nadie. Las voces del temblor 20 años después”: Aquel 19 de septiembre de 1985, en medio de una nube de polvo que raspaba la garganta no apareció el gobierno, aparecieron los mexicanos más pobres, vaciaron las tlapalerías de picos y palas y empezaron a escarbar. ”A ver compadrito, ¿Por dónde dice usted que pasaba su mujer para ir al pan? ¿Por aquí, por esta esquina derrumbada? Venga, vamos a escarbar y le juro que la sacamos con vida”. Los bomberos, los paramédicos, la Cruz Roja fueron más lentos que los boys scouts, más lentos que la gente que iba pasando por la calle, más lentos que la gente común y corriente, que hizo largas y fuertes cadenas de brazos que quitaban una a una las piedras para encontrar vidas entre los escombros. Las grúas, los tractores, los tanques de oxígeno llegaron después.”
Desde luego que algunas cosas han cambiado y otras no. A diferencia de 1985, las redes sociales permiten la comunicación al instante para ver casi en tiempo real los edificios que se han venido abajo, las personas pudieron ubicar a sus familias y saber de su paradero en minutos, entre otras bondades.
Sin embargo, las mismas redes han servido también para sembrar pánico y mal informar en ocasiones, o para propagar infundios o ataques con tintes electoreros o de desestabilización.
El caso de la ficticia niña, Frida Sofía, supuestamente atrapada en los escombros del Colegio Enrique Rébsamen, fue, después de todo, una lección para periodistas. Hay que verificar las fuentes y hay que agotar todas. ¿A nadie se le ocurrió buscar a los padres de la presunta sobreviviente atrapada? Todas las baterías apuntaron a Televisa, pero todos los medios, sin excepción, se subieron a la agenda informativa gobernada por el caos. De lo que si se le puede acusar a la empresa de Emilio Azcárraga es de soberbia. De no pedir una disculpa pública y, lejos de eso, culpar a la Secretaría de Marina.
Los gobiernos, federal, estatal y municipal desde luego que también fueron puestos a prueba y el resultado no les es muy favorable. Es cierto, no se quedaron en la inacción como le sucedió a Miguel de la Madrid Hurtado, a quien la circunstancia lo rebasó, pero ha imperado la desorganización, las ganas de lucrar electoralmente con los damnificados como fue el caso de los gobiernos de Veracruz y Morelos; o que confundieron las prioridades como en Oaxaca y Chiapas que en las primeras horas se convirtieron en encargados de levantar censos de viviendas y escuelas destruidas en lugar de satisfacer las necesidades más apremiantes.
Lo único positivo que surgió en medio de esta tragedia fue, de nueva cuenta la voluntad y el ánimo de solidaridad y apoyo del pueblo mexicano ante la adversidad, situación que es vista con admiración más allá de nuestras fronteras. Interminables cadenas humanas para sacar escombro, para hacer llegar donaciones a damnificados. La imagen del puño en alto de los rescatistas demandando el silencio de los presentes ante la posibilidad de escuchar ruidos de sobrevivientes bajo el cascajo y las pesadas losas se ha vuelto muy popular y característico en estos días tan complicados.
Sin la determinación y la granítica voluntad de nuestra sociedad civil, que por vez primera apareció en el temblor del 85, el conseguir la anhelada vuelta a la normalidad no sería posible. No sin nosotros.
El puño derecho arriba. Entre los escombros que dejó la devastación se escucha un aliento. Es el pueblo de México que, de a poco, se levanta.

#FuerzaMéxico
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@ferramirezguz