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El nuevo castillo de la pureza

En días recientes, la revelación de un caso policial llamó la atención mundial por su particularidad: un matrimonio fue acusado de torturar y poner a sus 13 hijos en peligro, a quienes tenían en cautiverio.
Una de las hijas, de 17 años, logró escapar de su domicilio en Perris, California y llamó al número de emergencias, 911, desde un teléfono celular que se encontró en su casa.
Al llegar al lugar, la policía encontró a las 12 víctimas cuyas edades oscilan entre los 2 y los 29 años, en condiciones deplorables: en estado de desnutrición, encadenados con grilletes a sus camas en un ambiente “oscuro y maloliente”.
Los padres son David Allen Turpin, de 57 años y Louis Anna Turpin de 49 años quienes permanecen detenidos bajo una fianza de 9 millones de dólares, cada uno. Se les acusa de tortura y poner en peligro a menores. La pareja vivió muchos años en Texas, antes de mudarse en el 2010 a California. Anna Turpin, trabajaba como ama de casa, sin ingresos, mientras David Turpin tenía un trabajo relativamente bien pagado como ingeniero en la empresa de tecnología aeronáutica y de defensa Northrop Grumman. Sin embargo, con tantos hijos y su esposa sin trabajo, los registros sugieren que sus gastos excedieron sus ingresos y tuvo que declararse en bancarrota dos veces.
David y Anna educaban a sus hijos en casa. En el sitio web del Departamento de Educación de California, David Turpin figura como el director de Sandcastle Day School, una escuela privada operada desde su casa. La escuela se abrió en marzo de 2011, según el sitio web, y aparecen seis alumnos matriculados allí, todos en diferentes grados.
El caso recuerda en mucho a uno sucedido en nuestro país. El 25 de junio de 1959, el periódico sensacionalista, “La Prensa”, cabeceó: “Un loco secuestró a su familia durante 18 años”. Se trataba de Rafael Pérez Hernández un tipo que mantuvo a su esposa (Sonia) y sus 5 hijos, que respondían a los nombres de Indómita, Libre, Soberano, Triunfador, Bienvivir y Libre Pensamiento, en cautiverio en su domicilio ubicado en el 1176 de la avenida Insurgentes Norte en la Ciudad de México.
En el interior de la casa no había ni radio ni televisión, no iban a la escuela. A escondidas del padre, su madre los enseñó a leer y escribir. Jamás los habían llevado al parque o al Zoológico de Chapultepec. Tampoco tenían idea de quién era Superman o Batman. Es decir, vivían completamente aislados del mundo exterior, en una burbuja. Los niños dormían en el sótano y colaboraban en el negocio de su padre, la fabricación de insecticidas y raticidas. La dieta de los niños era a base de frijoles, avena y pan. Las únicas veces en que los llegó a sacar fuera de la casa fue para llevarlos a lugares sórdidos y desagradables de la ciudad para que fueran testigos del “mal” que habitaba tras los muros de su casa.
Se dice que la hija menor, Indómita, pidió auxilio por escrito en una hoja de papel la cual lanzó por encima de la barda de su casa y en la que establecía, entre otras cosas, que su papá “se creía Dios”. Cuando finalmente la policía allanó el domicilio encontró a la familia en mal estado, con muestras de desnutrición, de mal aseo y que no sabían hablar del todo bien.
Rafael terminó preso y años más tarde se suicidó en su celda. Este atípico suceso motivó a Luis Spota a escribir la novela “La carcajada del gato”, al dramaturgo Sergio Magaña a escribir la obra de teatro “Los motivos del lobo” y al director Arturo Ripstein a realizar la cinta “El castillo de la pureza” con un guión del escritor José Emilio Pacheco.
¿Cuáles habrán sido los motivos de los Turpin para mantener a sus hijos en cautiverio? Lo único cierto es que solo se explica que fue derivado de un modo de pensar fanático y radical. Una medida de sobreprotección llevada al paroxismo.

ladoscuro73@yahoo.com.mx
@ferramirezguz

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