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Pactar es lo nuestro…

Ivonne Melgar

Ya en la recta final de la campaña de 2006, en el centro de Toluca, Andrés Manuel López Obrador hablaba de enfrentar a los delincuentes de cuello blanco y de la histórica capacidad de la clase política mexicana para ponerse de acuerdo.
Son ideas que hoy parecen haber sido resueltas con éxito por el puntero en las encuestas.
Porque esta vez, contrario a lo sucedido en 2006 y 2012, el tres veces aspirante presidencial habría logrado conciliar su bandera contra “la mafia del poder” y los acuerdos con diversos actores de las élites.
Se trata de una conciliación concretada, particularmente esta semana, al reunirse con los integrantes del Consejo Mexicano de Negocios, a quienes un mes atrás descalificó como “minoría rapaz”.
A diferencia de hace 12 años, cuando ese empresariado participó en el fraude en su contra, según la narrativa del candidato de Morena, hoy ese sector aceptó abrir el camino de los acuerdos.
Versiones de los participantes en esa reunión enfatizan que AMLO accedió a revisar el proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) y prometió no moverle al actual modelo económico.
Si bien entre inversionistas y empresarios persiste la desconfianza sobre la viabilidad financiera de las promesas de López Obrador, la mesa de la negociación ya está puesta.
Y ése es el gran distintivo de esta tercera campaña presidencial de AMLO: Su capacidad de construir acuerdos de palabra y de facto como parte de su proselitismo.
Esa actitud conciliadora del candidato de Morena no sólo ha enviado señales de tranquilidad a las élites económicas, sino también al propio gobierno federal y al presidente Enrique Peña, a quien ha decidido —así lo expone en mítines y lo declara en entrevistas— darle el beneficio de la duda.
No es una proeza menor la forma en que AMLO ha ido administrando sus críticas a “la mafia del poder” con las señales de “amor y paz” hacia sus integrantes de las esferas política y económica.
La proeza resulta todavía mayor cuando advertirnos que los seguidores duros y nuevos del candidato no se decepcionan por sus guiños al presidente Peña ni por sus anuncios de que, de ganar el próximo primero de julio, habrá borrón y cuenta nueva, es decir, que nadie será castigado por actos de corrupción anteriores a su futuro gobierno.
En una sociedad que se asume agraviada por la impunidad, este giro de López Obrador en plena campaña sólo puede explicarse por su ventaja en la intención de voto que —al margen de la fiabilidad de las cuestionadas encuestas—, en los hechos, es proporcional a la confianza que él le tiene a la fuerza de su liderazgo.
Este liderazgo viene de atrás. Pero se consolida en esta competencia justamente porque logra la conciliación entre las ofertas de reivindicar al pueblo y los acuerdos con el statu quo, con el establishment, con el estado de las cosas y, por supuesto, con “la mafia del poder”.
Y ese es el gran logro de AMLO en 2018: Haber capitalizado esa idiosincrasia mexicana afín a que todo cambie sin que nada se desacomode.
López Obrador compite con la continuidad que representa el abanderado del PRI, José Antonio Meade, y la otra propuesta de cambio, la de un Ricardo Anaya que esta semana radicalizó su discurso contra lo que llama “el pacto de impunidad”.
Es cierto que la oferta del candidato del Frente PAN-PRD-Movimiento Ciudadano se ha sostenido en la propuesta de castigo a la corrupción, bandera que le resultó exitosa cuando como dirigente nacional panista hizo alianza con los perredistas, en las elecciones estatales de 2016.
La estrategia electoral frentista funcionó en Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua, donde los gobiernos de Miguel Ángel Yunes, Carlos Joaquín González y Javier Corral dieron seguimiento a las promesas de investigar a sus antecesores de filiación priista.
Pero lo que había sido un éxito a nivel local, resultó contraproducente en la campaña presidencial de Anaya, a quien el gobierno y el PRI atajaron con el supuesto caso del lavado de dinero, mismo que nunca se ha probado en la PGR.
Aun cuando se admite que el enojo social contra la corrupción está marcando este proceso electoral, analistas, priistas y políticos del Frente han señalado que el panista “se equivocó” al plantear que los casos del actual gobierno en esa materia serían castigados.
Fuentes del equipo de Anaya relatan que éste se encontraba dividido entre quienes proponían seguir esa ruta y los que argumentaban que ésta era suicida.
Pero llegó el video anónimo del jueves buscando revivir el expediente del presunto lavado de dinero y la decisión del candidato de responsabilizar al gobierno del “montaje” y de un pacto con AMLO a cambio de impunidad.
A 23 días de la elección, Anaya tomó un camino sin retorno e inédito en la historia mexicana: La de enfrentarse con advertencias al Presidente.
¿Tiene futuro esa apuesta en un país cuya clase política asume que más vale un mal arreglo que un buen pleito?
Se trata de una frase que hoy parecería estar definiendo la disyuntiva de la elección presidencial.

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