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Para saber

Gerardo Galarza

El mayor privilegio de la amistad es el compartir. El gozo de la amistad es eso: compartir, hacer común el gozo, comulgar, se dice desde la reminiscencia religiosa; hacer comunidad, dicen los posmodernos de las redes sociales. De otra manera: el gozo entre amigos debe alcanzar incluso a quienes no están en la esfera inmediata de los amigos.
De eso se trata esta columna de hoy. De compartir, de hacer comunidad.
Hace unos días, Ivonne Melgar, autodefinida como “reportera todoterreno”, colaboradora de estas páginas, decidió compartir uno de sus gozos (quizás alguna de sus preocupaciones, que también deben compartirse en la amistad) y le regaló al escribidor un pequeño gran libro, quien ahora lo quiere compartir (bueno, es un decir, porque no se los va regalar, pero sí quiere incitarlos a que lo lean) con quienes transiten por esta estación.
El libro en cuestión se llama Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo, del pensador, ensayista se llama él mismo, holandés Rob Riemen. Sí, ya sé, seguramente muchos de ustedes lo conocen, pero para el escribidor ha sido un gran descubrimiento gozoso. Un librazo de apenas 124 páginas (fáciles y rápidas de leer) en el que plasma una introducción y dos ensayos, impreso en México por la editorial Taurus apenas hace tres meses. Por supuesto, no es ni su primer ni su único libro sobre el tema; es el más nuevo.
A Riemen le preocupa el fascismo. Sostiene, retomando a Albert Camus y Thomas Mann, que el fascismo no fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, como sabe igual que existe mucho antes de Adolfo Hitler y sus adoradores, que son muchos y brotan como los hongos brotaban en temporadas de lluvias. Hace siete años publicó en su país, “un Estado de bienestar próspero como los Países Bajos”, el ensayo El eterno retorno del fascismo. Él, Riemen, no tiene dudas de que el nuevo nombre del fascismo es populismo… en todo el mundo.
Del libro Para combatir esta era son las siguientes citas:
“Nuestra democracia se encuentra en crisis. Los partidos políticos ya no tienen principios ni proyectos; la confianza en la política y en el gobierno ha disminuido a un nivel peligroso; las elecciones han sido reducidas a un carnaval de banalidades vacías de contenido”.
Más: “Cualquier persona con conocimiento de nuestra historia cultural, de la historia del declive de los valores y la pérdida del espíritu europeo, que reflexione sobre nuestra sociedad contemporánea no podrá evitar coincidir con Albert Camus y Thomas Mann cuando, en fecha tan temprana como 1947, declaran que el fascismo es un fenómeno político que no ha desaparecido con el fin de la guerra y que pervive como la politización de la mentalidad del rencoroso hombre-masa. Es una forma de política empleada por los demagogos, cuyo único móvil es la ejecución y ampliación de su poder, para lo cual explotarán el resentimiento, señalarán chivos expiatorios, incitarán al odio, esconderán un vacío intelectual debajo de eslóganes e insultos estridentes, y convertirán el oportunismo político en una forma de arte con su populismo”.
Sobre el triunfo del fascismo en Alemania: “Curioso, pero inconfundible, es el hecho de que este movimiento abrigaba una sólida fe en un líder que, como observa (Menno) Ter Braak (periodista holandés antifascista de esa época, interviene el escribidor), nunca ha demostrado serlo, pero sin el cual sus seguidores creen que el país no tiene futuro. Este movimiento político no tiene un programa electoral real; seguir al líder es suficiente. El líder en cuestión ha de ser populista para lograr mantener su posición; dirá y prometerá todo lo que sea necesario para aumentar su apoyo y movilizar a las masas”.
Ahí les (nos) hablan, dicen los viejos en los pueblos alejados de la mano de Dios de este país, que prácticamente son todos. No se trata de aceptar o rechazar lo proclamado por un pensador privilegiado. Se trata de analizar, de cuestionar y, de ser necesario, confrontar. En otras palabras: de pensar. Vamos, de compartir.
El escribidor había pensado que esta estación debía llevar como título “Para no olvidar”. Pero cree, supo, que se equivocó, por eso se llama como se llama. ‘Ora sí que el que quiere leer, pos’ que lea. Yo sólo comparto.
¡Gracias, Ivonne! Te debo una.

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