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Partidos políticos sus puertas entreabiertas…

Todos los partidos políticos están a la cosecha, las condiciones del país lo permiten, además de que invitan a que esto suceda.
El sistema democrático garantiza la participación, pero no la perfección. Por eso la democracia ha sido el camino para que se entronicen gobernadores rateros, presidentes ineptos o legisladores ignaros, todos ellos electos. Es cierto que, hasta hoy, no ha sido así la mayoría, pero nada nos asegura que esa minoría indeseada crezca en el porvenir.
Es por eso que los pueblos democráticos viven con una dosis de incertidumbre. En ocasiones, como el México actual, esas dosis son de incertidumbre extrema. Los mexicanos no saben quién ganará las elecciones dentro de cinco meses. Ni lo que acontecerá en el próximo sexenio. Ni cómo será México en el 2036.
Advertimos que las puertas de la política hoy se encuentran entreabiertas. En todos los frentes y partidos hay quienes se conducen con realismo y otros que lo hacen con ensueño, si no es que con embuste. Es bueno contar con las puertas abiertas y las cerradas. La abierta anuncia una amable invitación al paso o permite la libertad de la salida. La cerrada advierte una restricción a la intromisión o impide la inoportuna escapatoria.
Pero la entreabierta es una monserga que ni anuncia ni advierte, ni permite ni prohíbe. Denota abandono, descuido, fodonguez, indolencia, indecisión, irresolución y pereza. Ante ella, no sabemos si entrar, llamar, asomar o esperar.
La “puerta-rendija” en la política suele ser el batidillo de la mala mezcolanza de la realidad con la ensoñación. Estoy convencido de que lo peligroso no es soñar, siempre y cuando la ensoñación venga a enriquecer, a decorar o a mitigar nuestra realidad. Lo verdaderamente peligroso estriba en sustituir la realidad con el ensueño.
Las mayores conflagraciones políticas a lo largo de la historia provienen de la contraposición entre dos comportamientos de la psique de los políticos. Por una parte, aquellos que conciben y practican la política con apego a la realidad y, por otra, quienes lo hacen en el espacio de lo imaginario. Estas oposiciones entre la realpolitik y la política-ficción han provocado más crisis, revoluciones y guerras que todas las ideologías o los intereses que han inspirado a los seres humanos, a través de su existencia. La política-ficción lleva, siempre, a la confrontación. Sólo la política real es la que nos lleva al respeto, la tolerancia, el consenso, la cooperación y la convivencia. Esto nos lo advierte José Elías Romero Apis.
La fórmula infalible de la política real es la suma de todo lo que queremos, menos todo lo que cedemos. Si de ello algo queda, eso se llama “política”. Si no queda nada, pues no tenemos nada. Sólo ilusiones, ensueños o fantasías. Esto es claro.
Había un hombre talentoso que adoptó, desde su juventud, una singular manía. Fundó, para sí mismo, un reino imaginario en el cual fue el supremo monarca. Como era un hombre muy rico, en su enorme mansión instaló un gran salón del trono. Lo adornó con estandartes, escudos, armaduras, las banderas del reino y, desde luego, un imponente sillón real, bajo el palio de un dosel. Allí, por las noches, se imponía sobre el pecho la banda real, emitía decretos, escuchaba marchas, pronunciaba discursos y, casi siempre, bebía coñac.
Cierto día invitó a un amigo a ocupar el honroso cargo de “Primer Ministro”. El amigo declinó tal distinción con algún comedido pretexto que él aceptó y su amistad permaneció intacta. Con ello, el amigo guardó siempre la tranquilidad de no haber contribuido con su patología y de no haberse contagiado.
Desde luego, la desalineación de aquel hombre era inocua. Él no era un político, pero era uno de los hombres más talentosos que he conocido y durante el día gobernaba, con mucho acierto, un reino empresarial de su propiedad. Era un empresario muy realista y su chifladura era tan sólo un pasatiempo. Las compuertas de su mente nunca estaban entreabiertas, sino que las abría o las cerraba a su antojo. Él sabía muy bien que no era un monarca, sino que tan sólo jugaba a gobernar. Pero, ¡cuidado con los que sí juegan con los destinos verdaderos!
Hay dos tipos de países. Los que son lo que quisieron ser y los que son lo que les salió. Estados Unidos y Alemania son su propia obra. Haití y la India son lo que les salió. Al grupo al que México pertenezca en el futuro depende de lo que nosotros elijamos.
La imaginación, según Octavio Paz, es el más valioso de nuestros dones, pero el más peligroso. Si nos abandona, nos convertimos en bestias. Si nos domina, nos convertimos en esclavos.

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