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¿Pues cuál México somos?

Tal vez los entrantes podrían reconocer los muchos o pocos logros alcanzados hasta ahora y los salientes rectificar en algunas cuentas alegres. Aprovechar estos cien días que faltan para el cambio de gobierno y contar al fin con un diagnóstico realista y certero que buena falta nos hace a todos. Descorrer de una vez el velo de misterio que cubre los interludios transexenales y tradicionalmente llenos de sombras. Y, por supuesto, también de complicidades en el relevo de gobiernos del mismo signo partidista y aún entre gobiernos de alternancia.

Ahora vivimos una etapa histórica única en la que lo inédito se ha hecho cotidiano. En la que expresiones como “nunca antes” o “por primera vez” han pasado a formar parte del habla común. Los gobiernos de Peña Nieto y López Obrador protagonizan –sobre todo el segundo— una transición tan aterciopelada que no se ve en el horizonte ningún motivo de rompimiento o enfrentamiento. A menos que en las próximas semanas surgiera un diferendo notorio sobre datos, cifras clave o dineros faltantes.

Por lo pronto hay dos realidades, tan lacerantes que explican por sí mismas el rechazo al régimen actual y el veredicto popular en las urnas el 1 de julio. La primera, que un país con 200 mil muertos y 35 mil desaparecidos se ubica en la barbarie y se aleja de la civilización. El propio presidente hubo de admitir que en materia de seguridad no se alcanzó el objetivo de pacificación que él y su gobierno se propusieron.

El otro flagelo brutalmente ofensivo día a día es el de la desigualdad. El dato presentado hace unos días por la Cepal y la UNAM es devastador: la riqueza acumulada por solo diez mexicanos equivale a los ingresos de 60 millones, casi la mitad de toda la población.

Así que Peña Nieto tiene derecho a defender sus reformas estructurales y a presumir sus logros en materia económica: macroestabilidad; control de la inflación; 4 millones más de empleos; 80 por ciento de incremento de contribuyentes; la mayor inversión extranjera directa de la historia con 192 mil millones de dólares; la vivienda 10 millones entregada por el Infonavit; un vigoroso sector agroindustrial; el turismo reposicionado a nivel mundial y hasta una decena de acuerdos comerciales, incluido el todavía polémico TLCAN.

Sí. Pero mientras no se cierre la brecha gigantesca entre los cada vez menos que tienen más y los cada vez más que tienen menos, seguiremos siendo un país francamente inhumano. Una dolorosa asignatura pendiente a la que ni siquiera López Obrador ha querido entrarle de frente, porque cuestiona al tótem inamovible de los últimos gobiernos de todo signo: el modelo económico. Frente al cual no hemos sabido proponer a la nación una vía propia que deje de ver a la miseria como subsidiariedad y compasión. Y que, por el contrario, la vea como un asunto de mercado. Proponga esquemas de generación de riqueza a partir de la pobreza; planteándose sin hipocresías que no nos conviene que haya más pobres, porque luego quién compra.

En resumen, debemos exigir que entre unos y otros nos den un retrato cabal del México que somos, para decidir el México que podemos ser.

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