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“Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios”

El próximo 4 de agosto celebramos la fiesta de San Juan María Vianney, el santo cura de Ars. Es patrón de los sacerdotes, especialmente de quienes son párrocos; ejemplo de virtud, confesor, promotor de la Eucaristía y de la devoción Mariana.
Su origen era campesino, de vida austera y frugal. Aprende de su padre a contentarse con poco, y a sentarse a la mesa familiar rodeado de pobres que la caridad de su padre acogía. Fue educado por sus padres de manera generosa, sobre todo en su educación religiosa. Su madre asistía siempre que podía a la Misa matinal, y Juan desde los cuatro años la acompañaba. Más adelante, cuando le hablaban de su temprano amor a la oración y al altar, respondía llorando: “Después de Dios, se lo debo a mi madre. ¡Era tan buena!… Un hijo que ha tenido la dicha de tener una buena madre, jamás podría pensar en ella sin llorar”.
Tuvo que superar muchas dificultades para llegar por fin a ordenarse sacerdote. Se le confió la parroquia de Ars, en la diócesis de Belley, “el último pueblo de la diócesis”, con alrededor de 250 habitantes, mayormente de condición humilde.
Como nuevo párroco estaba convencido de que había solo dos maneras de convertir a la aldea: por medio de la exhortación, y haciendo él penitencia por los feligreses. Comenzó por esto último. Regaló un colchón a un mendigo; dormía sobre el piso en una habitación húmeda de la planta baja o en el desván, o sobre una tabla en su cama con un leño por almohada; se disciplinaba con una cadena de hierro; no comía prácticamente nada, dos o tres papas mohosas a mediodía, y algunas veces pasaba dos o tres días sin comer en absoluto; se levantaba poco después de medianoche y se dirigía a la iglesia, donde permanecía de rodillas y sin ningún apoyo hasta que llegaba la hora de celebrar misa.
Para aquella época, moderna y voraz, ansiosa de evitar las molestias a cualquier precio, las mortificaciones del presbítero Vianney parecerán carentes de sentido, crueles, necias, e incluso quizá perversamente masoquistas. Cuando llegó Juan María Vianney a esta parroquia solo quedaban algunos cristianos, el resto había olvidado su religión o ni siquiera la había conocido. La gente no era declaradamente atea o anticlerical, pero vivía una religiosidad superficial y banal, esclava de sus propios gustos.
Durante el ministerio de Vianney, prácticamente todos los habitantes de Ars terminaron por participar de la misa diariamente. Empezaron a llegar personas diariamente de distintos lugares en “peregrinación” para confesarse con el padre Vianney. Su fama fue creciendo que llegaron hasta unos 400 extranjeros diariamente para confesarse con el cura. Fue preciso utilizar coches de ferrocarril especiales para trasportar a toda esa gente.
Cuando un sacerdote se quejó con él porque le preocupada la tibieza de sus propios feligreses: le dijo “¿Ha predicado usted? ¿Ha rezado usted? ¿Ha ayunado usted? ¿Se ha disciplinado? ¿Ha dormido usted sobre una tabla? Mientras no haya hecho usted todo esto, no tiene derecho a quejarse”.
Pero, ¿Cuál es la espiritualidad de San Juan María Vianney? Sobre todo dos son las características: Su humildad. La humildad, el amor y la fidelidad por su misión en la cotidianidad y simplicidad diarias fueron el esqueleto de su vocación. Su discernimiento. Fueron muchos, entre quienes se arrodillaron en el confesonario de Ars, los que aseguraron que Juan María Vianney parecía saber todo de ellos sin conocerlos. Él sabía “leer las conciencia”, escrutar el interior del ser humano, e incluso enderezar su camino en el discernimiento vocacional y espiritual.
Oremos por nuestros sacerdotes para que imitemos el ejemplo de San Juan María Vianney y seamos “Verdaderos pastores con olor a oveja” como nos invita el Papa Francisco.
“Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido”.

+ Mons. Enrique Sánchez Martínez
Obispo Auxiliar de Durango

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