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Reflexiones partidarias

Ayer acudí al auditorio de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UJED a un conversatorio sobre reflexión del sistema de partidos políticos entre Hermann Linden y Carlos Medina. Este encuentro fue organizado por los jóvenes Anhuar Torrecillas en su calidad de presidente de la Sociedad de Alumnos y por Héctor Samuel Partida Guillén, dirigente estatal de la Asociación Nacional de Estudiantes de Ciencias Políticas.

En dicho encuentro, los participantes abordaron diversos tópicos sobre el entorno del sistema de partidos como es la falta de credibilidad, el chapulinismo, el elevado financiamiento público y la creación de élites bajo el amparo de sus siglas, propiciando que solamente las castas privilegiadas tengan acceso al poder y no los ciudadanos de a pie.

Linden y Medina abordaron muchas aristas partidarias, el primero desde la óptica ciudadana con un dejo de decepción por el comportamiento de los partidos, y el segundo desde la militancia morenista, quien a pesar de todo, defiende al nuevo partido gobernante, asegurando que no se comportará como todos los que han llegado al poder y se dedican a formar estructuras clientelares y tampoco operan las “líneas” famosas, como aquellos que pensaban que traían la bendición del canciller, del consejero jurídico de la Presidencia y del jefe de asesores del Presidente de la República.

Sin embargo, me quedé con las ganas de formular dos comentarios tanto a Linden como a Medina, que no lo pude hacer en ese momento por el formato del encuentro, de manera que lo hago aquí.

En el caso de Medina, habló que Morena no es precisamente un partido político, sino un movimiento que pretendió cambiar de fondo la política en nuestro país. Claro que puede considerarse como un movimiento que tiene sus antecedentes en la elección fraudulenta de 1988. López Obrador, inició su movimiento desde a partir del año 2000 cuando estuvo a punto de ser desaforado; posteriormente con otro fraude del que fue víctima en 2006; la elección millonaria de 2012 con la que Peña le arrebató la Presidencia de México, y finalmente, la construcción del ascenso al poder en 2018, fomentando el cambio de raíz del sistema político mexicano.

Lo deseable de ese movimiento, era que todos aquellos que siguieron desde sus inicios a López Obrador fueran reconocidos con seguir encabezando candidaturas a cargos de elección popular como es el caso de Medina Alemán, Santiago Fierro o Iván Ramírez; en cambio, acaban de ungir como abanderado al ayuntamiento de Durango a un personaje que inició sus andanzas en el PAN, luego se empoderó en el PRI y por coyuntura se fue a Morena. Casos similares son los de Lerdo y Gómez Palacio.

En el caso de Linden Pérez Gavilán, me recordó el nuevo discurso de los partidos políticos en que reforman sus estatutos para abrir sus candidaturas a cualquier ciudadano, sin la necesidad imperante de que sean militantes activos del partido.

Muchos incautos como Linden se dejan llevar por el canto de las sirenas, los hacen candidatos ciudadanos pero al final del día, solamente contribuyen a seguir encumbrando a las elites partidarias al dar votos para que estos entes mantengan su registro y por ende, se refugien en los espacios de representación proporcional.

Con esto nos lleva a que los partidos forman parte del catálogo de una reforma político-electoral de gran calado, en donde se revisen no solamente las autoridades electorales, sino también el modelo de comunicación política; los vacíos de la reelección legislativa y de miembros de los ayuntamientos; los medios de impugnación y las candidaturas independientes.

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