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Ruta 2018: “Subalternalidad” y guerra contra las drogas

La sociedad mexicana, en particular sus jóvenes con menos posibilidad de movilidad social, simplemente se han acostumbrado a ver la violencia extrema como algo normal y efectivo. El adormecimiento de la conciencia colectiva significa un costo cultural enorme, una hipoteca del futuro.
México no tiene por qué pagar una factura que debería quedar enteramente en manos de los consumidores que crearon el gran mercado de drogas prohibidas y que, en el origen, no eran mexicanos. Finalmente esos “consumidores” son los que hacen posible que vastas extensiones del país se hayan convertido en productoras no solo de mariguana y amapola, sino también de personajes totalmente deshumanizados y que están imponiendo estilos de vida, valores y formas de relación extremos entre el crimen organizado y el resto de la sociedad.
Ante este escenario, vale reflexionar acerca de qué tipo de guerras deberíamos emprender y analizar la descomposición del entramado institucional en que las carencias educativas no se combaten –hoy quienes más posibilidades de desempleo tienen son los que están mejor preparados, esto es: entre más educación, menor empleo- y en que un sector de la izquierda, impedida de llegar al poder en elecciones pasadas, tiende, a diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo, a apartarse de sus compromisos con la sociedad –o coaligarse con el poder en turno a cambio de posiciones políticas- en vez de conducir sus mejores aspiraciones.
Hubo un tiempo en que la dinámica de la relación entre nuestro país y nuestro poderoso vecino del norte era entendible dentro del marco de la resistencia, del antiimperialismo, especialmente cuando la Revolución mexicana aún estaba viva. Sin embargo, de un tiempo para acá la histórica resistencia mexicana ha cesado casi del todo. Lo que hoy buscan las élites políticas, económicas e intelectuales mexicanas es apenas acomodarse de la forma menos lastimosa posible a las demandas y los intereses del poder hegemónico. La relación actual de México con Estados Unidos tiende a ubicarse y entenderse de acuerdo con la teoría de la subalternalidad, ya no como parte de un proyecto nacional que busca ampliar la soberanía posible dentro de las limitaciones que la geografía y la asimetría de poder le impusieron desde el inicio.
Este enfoque de “subalternalidad” explica cómo opera la visión del mundo que los colonialistas impusieron a los colonizados –que muchos de éstos terminan por interiorizar- y busca exponer la forma en que, para explicarse a sí mismos y darse a entender frente al otro, los subordinados en una relación colonial y poscolonial se ven llevados a adoptar el discurso y los valores de la cultura imperial, a pesar de que, en muchos sentidos, le son desventajosos. ¿En pleno siglo XXI es una afrenta hacerse respetar por el vecino poderoso? Por supuesto que no.
El grupo dominante en México –y particularmente en este sexenio de Peña Nieto- pareciera decidido a explicarse y comportarse como un mero apéndice de Estados Unidos; esto es, como la parte exótica de América del Norte pero que, finalmente, también es “norteamericana”. La finalidad del gobierno –desde Fox a la fecha- ha sido no provocar a Washington y acomodarse de la mejor forma posible a lo que buenamente ese poder disponga para nosotros en materia económica, de migración, de lucha contra el narcotráfico y de administración de la relación mutua. Ni siquiera ahora que tenemos el pretexto de tener como vecino a un presidente supremacista blanco, nativista y retrograda, hemos podido siquiera pedir respeto. Al contrario, México no levanta la voz, y confía en que la opacidad en su política exterior –o la amistad de Videgaray con Jared Kushner- aunada a una cierta resignación sea la mejor combinación para que eche raíces un modus vivendi para la gran potencia.
Entre observadores extranjeros y un buen número de ciudadanos mexicanos se tiene la convicción de que, en materia de narcotráfico, México libra en su suelo una guerra norteamericana que, además, no se puede ganar: Primero, porque no podemos hacer nada frente a más de 40 millones de consumidores de sustancias prohibidas que viven en Estados Unidos; segundo, porque no podemos tampoco, por nuestro libre albedrío, intentar una manera de legalizar el consumo de los adictos mexicanos para disminuir el espacio de ilegalidad en que actúa y fortalece internamente el crimen organizado y la corrupción institucional en México.
Lo más grave ha sido que, desde que se implementó la “guerra contra el narco” (11 años y contando…) las organizaciones de narcotraficantes se han fragmentado y han echado raíces cada vez más profundas, inclusive, expandiéndose en actividades delictivas más lucrativas y dañinas para el tejido social: extorsión, secuestro, trata de blancas, narcomenudeo… que extienden la cultura del crimen y avanzan en su empeño de controlar y corromper a las cada vez más débiles instituciones del estado mexicano (“Cuando los enanos crecen en el circo”).

@leon_alvarez

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