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Lo común, políticos sin palabra


Uno de los principales problemas que impiden el desarrollo de las personas y de la sociedad, es la falta de confianza, no solo en los políticos, gobernantes e instituciones, sino también en los demás; posiblemente las carencias culturales, educativas, económicas y la falta de puntos de referencia sean los detonantes por los cuales la gente tiende a mentir y a evadir sus compromisos.
Gradualmente la palabra ha perdido su valor, la reputación está dejando de ser importante y a los políticos cada vez les importa menos el costo por incumplir los compromisos que hacen entre ellos y con los ciudadanos; ciertamente, es difícil esperar buenos resultados en un entorno con estas características.
La política es un instrumento concebido para evitar guerras y permitir que el individuo pueda servir a la comunidad, aunque en un entorno como este regularmente se utiliza para obtener beneficios económicos y para ascender en la escala social sin tener que realizar demasiados esfuerzos ni arriesgar mucho para poder lograr propósitos que terminan siendo opuestos a los que la gente demanda o necesita.
La corrupción y la impunidad son dos de las características más arraigadas de nuestra cultura, al grado tal, de que son aceptadas socialmente como parte de la normalidad de un país que tiene un pacto social basado en la desconfianza y en la falta de certeza que genera la inestabilidad de la economía; la gente da por un hecho que los políticos les roban y les mienten y a cambio, al menos esperan “que hagan algo”.
Hace tiempo que ya no es posible hacer negocios que únicamente estén respaldados por la palabra; en las empresas cada vez se acumulan más cuentas por cobrar producto del incumplimiento de los clientes, que en muchos de los casos contratan los créditos con la predisposición de no pagarlos.
El que no tranza no avanza, mañana te pago, las deudas nuevas se hacen viejas y las deudas viejas se olvidan, las leyes fueron hechas para violarse, no me des, ponme donde hay, arréglese con el comandante; estas son algunas de las frases características de la idiosincrasia nacional.
La sociedad se ha vuelto cada vez más tolerante a la deslealtad y a los incumplimientos, está a la defensiva, no solo ante los engaños cotidianos que se enfrentan en todos los ámbitos, sino ante las promesas de los políticos, las cuales son regularmente las mismas en cada proceso electoral y tradicionalmente son una combinación de verdades a medias y de mentiras completas.
Es urgente el saneamiento de la vida pública, la gente cada vez tiene menos en qué creer y en quién confiar, aquellos que representan un liderazgo no están cumpliendo con el rol social de dar certeza, por el contrario, propician la duda y la falta de credibilidad; mientras la vocación y la ética sigan tan lejanas de la política será muy difícil consolidar un esquema de gobierno integrado por gente honesta que le dé valor a la palabra empeñada y que además dirija sus esfuerzos a la construcción del bien común y no al enriquecimiento personal; los gobiernos mediocres integrados por improvisadas y obsoletos se han vuelto una constante.
La política y los negocios no se llevan, hay que escoger entre ser político o ser empresario, porqué la nueva práctica de desempañarse en las dos vías siempre causa suspicacias y saqueos al erario, ya que la línea entre la honradez y la corrupción en un entorno social como este sigue siendo demasiado frágil y muy difícil de establecer con claridad.

@ernestoescobosa