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Sin punto y coma

Mucho se ha escrito acerca del ahora legendario Movimiento Estudiantil de 1968. Y me refiero a ese fenómeno social como legendario porque antes que descubrir la verdad sus propios integrantes y liderazgos lo convirtieron en leyenda. Hasta ahora son muchas las versiones y ninguna contiene exactitud tal para afirmar que así ocurrieron los hechos. La fantasiosa realidad con la que se han abordado las crónicas difiere mucho de la crudeza con la que entonces se trataba a quienes osaban oponerse a los designios del régimen de gobierno, y los estudiantes de las instituciones de educación superior, media y hasta secundaria, no fueron la excepción. México tiene que lamentar un obscuro episodio de su historia reciente a causa de la suma de excesos en las cadenas de mando. Lo que fue una instrucción de detener las movilizaciones resulto en una espantosa noche.
Tlatelolco ha trascendido en la historia como el lugar en que se comercializaban la mayor parte de los productos de los lugares aledaños, cercanos, y hasta lejanos en la época precolombina, según lo demuestran las crónicas de quienes vivieron el esplendor de lo que fuera una de las ciudades más bellas de la antigüedad. Bernal Díaz del Castillo y otros cronistas contemporáneos así lo dejaron asentado en sus testimoniales. Incluso hay quien definió a la Gran Tenochtitlán como “La Venecia del Nuevo Mundo”. Tlatelolco fue el último reducto del Imperio Azteca y el lugar en el que fue aprehendido Cuauhtémoc cuando intentaba alejarse de los ejércitos españoles que habían rodeado el lugar. También estuvo privado de su libertad el General Francisco Villa, y quien logró escapar de la prisión de Santiago Tlatelolco para convertirse en el Centauro del Norte y encabezar uno de los ejércitos más reconocidos en la historia patria y una leyenda en otras latitudes: La División del Norte.
Tradicionalmente ha sido un punto de reunión. Y en la noche del 2 de Octubre de 1968 lo fue de las hordas estudiantiles que confrontaban al Estado Mexicano, y quien en uno de sus más negros excesos cometió crímenes cuyos protagonistas han permanecido impunes y a los que solamente los ha enjuiciado la historia. Aún en nuestros días es indeterminado el número de muertos, y los testimonios que hablan de decenas son los más recurrentes, aunque también existen aquellos que refieren centenas. Por más comisiones de la verdad y marchas conmemorativas que se han organizado, nunca se ha tenido certeza porque ni siquiera quienes participaron en las marchas y movilizaciones saben cuantos fueron los que perdieron la vida.
Quizá podamos ver la luz al final del túnel de hacerse realidad el requerimiento que el Instituto Federal de Acceso a la Información hizo a la Procuraduría General de la Republica al resolver un recurso de revisión sobre expedientes generados por la extinta Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado. Hay que señalar que este nuevo requerimiento procedió ante la declaración de la dependencia en el sentido de que la información es inexistente. Esta no es una circunstancia actual, así lo ha sido desde que ocurrieron los hechos.
Las autoridades encargadas de la investigación hicieron lo que hace todo régimen totalitario: destruir evidencias antes que construir hipótesis y conformar un mapa de los hechos para el castigo de esas conductas que al paso de los años hemos comprobado que privaron un número indeterminado de vidas de estudiantes cuyo único delito fue reunirse a protestar. Quizá la radicalización de las protestas haya sido producto de las injusticias gubernamentales o de la natural oposición de los jóvenes a las decisiones gubernativas, pero en lo personal creo que nunca existió la intención de ambas partes de resolver por la vía pacífica el conflicto.
El gobierno mexicano se bañó de sangre por los homicidios cometidos, pero también por la inmadurez de esos jóvenes que encabezaron el movimiento y que ahora se martirizan en las protestas anuales que se organizan porque estiraron mucho la liga. El diez de junio de 1971 se repitió la historia aunque las causas hayan sido distintas. Los muertos no han sido determinados con exactitud, y no creo que la resolución del Instituto Federal de Acceso a la Información lo haga. No hubo ni habrá castigo, pero los mexicanos tenemos todo el derecho de conocer la verdad de lo ocurrido en los hechos que motivaron dicha resolución. Al tiempo.
Vladimir.galeana@gmail.com

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