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Sin tiempo, la segunda vuelta

Aurelio Ramos Méndez

Pierden el tiempo los líderes de partidos, dirigentes empresariales, intelectuales, periodistas y en general quienes a estas alturas del partido presionan por todos los medios a su alcance, con la finalidad de que el Congreso legisle en materia de segunda vuelta en la elección de Presidente de la República para 2018. Ya no hay tiempo.
El agotamiento del plazo político para un cambio de semejante envergadura ha sido señalado, de manera clara y con toda determinación, por los coordinadores parlamentarios del PRI, forma esta sin la cual, por razones aritméticas, cualquier modificación constitucional está destinada al fracaso.
Tienen razón Emilio Gamboa Patrón y César Camacho: ya no hay tiempo. No, al menos, para confeccionar una reforma constitucional digna de este nombre, bien hecha, con buena técnica legislativa, carente de intenciones predeterminadas, sin destinatario específico.
Ni el menos avezado de los legisladores desconoce que, con buena técnica —un valor universalmente aceptado— las leyes que inciden en la política electoral no deben ser diseñadas sin un periodo de gracia suficiente para dejar claro que a nadie se busca perjudicar, ni beneficiar con las mismas. En el caso de la segunda vuelta ese período tendría que ser de, al menos, un sexenio.
De modo que quienes con persistencia digna de mejor causa buscan que llegue al Congreso una iniciativa para que en unos cuantos meses sea estudiada, dictaminada, votada y aplicada, pueden, claro, continuar en su esmero. A condición de que éste se oriente a construir una reforma destinada a entrar en vigencia en 2024.
Por ahora, lo que se busca desde el partido en el poder —la minoría más grande— es concretar un cambio que haga posible la constitución de gobiernos de coalición. Algo para lo cual no es indispensable un cambio a la Carta Magna ni ley alguna, pues basta la voluntad del mandamás. Tal como ocurrió cuando el PRI compartió el gobierno con el PAN cediendo a éste posiciones tan importantes como la PGR.
Es cierto. Los políticos, de ser conveniente para ellos, suelen borrar con el codo lo que escriben con la mano. Y en cuanto a la segunda vuelta no resulta descabellado imaginar un eventual reversazo; es decir, un siempre sí, en lugar de un no rotundo como el que ha adelantado el partido cuyo líder formal es Enrique Ochoa Reza.
Sería conveniente, en esa hipótesis, sopesar bien los pros y contras, pues una jugada de tal naturaleza podría resultar contraproducente, dada la fuerza innegable del puntero en la contienda por la grande. Fuerza demostrada en el proceso electoral del Estado de México.
Se antoja improbable, sin embargo, una voltereta legislativa en cuanto a la posibilidad de una segunda ronda de votaciones, en caso de que en la primera ningún candidato hubiera ganado el porcentaje suficiente —la mitad más uno— de los sufragios, y se perfilara entonces un gobierno sin representatividad, sin base de sustentación popular.
Si contra todo criterio parlamentario se decidiera consumar una transformación del sistema electoral, valdría la pena reparar en que, en la actual competencia, con un prospecto tan aventajado como el líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador, la jugada podría resultar contraproducente; que acabara por fortalecer a quien se busca debilitar. No está el palo pa’ cuchara.
Se ha dicho aquí hasta la necedad: El problema de fondo en nuestro sistema político-electoral radica menos en la legislación que en la praxis política.
Propugnar la segunda vuelta equivale a perpetuar un sistema de partidos enclenques, venales; incapaces de formar alianzas serias, sin contrahechuras, sólo entre fuerzas afines no aberraciones ideológicas como las que hemos visto en forma recurrente.
Como ningún partido puede ganar con un porcentaje legitimador, respetable, de votos, se pretende dar una segunda oportunidad para la repetición de los mismos vicios como la venta al mejor postor y el mercadeo de votos.
Por si pruebas faltasen a lo largo de la historia reciente, el laboratorio del Estado de México ha ofrecido ejemplos elocuentes de la clase de políticos que tenemos.
El PAN ya adelantó que pedirá la anulación de los comicios en que resultó ganador Alfredo del Mazo porque “estuvieron plagados de irregularidades”. ¡Caramba! De haber detectado tal cúmulo de anomalías antes de la cita en las urnas, lo procedente hubiera sido abandonar la contienda y protestar ante las instancias jurídicas correspondientes.
Los líderes panistas decidieron, sin embargo, mantenerse en el juego a la espera de un milagro, hasta que la candidatura de Josefina Vázquez Mota se desfondo y los hizo caer al cuarto lugar. ¿Alguien puede tomar en serio a una fuerza berrinchuda, que descalifica a toro pasado, cuando ya está claro que el electorado le dio la espalda?
Otro tanto puede decirse del PRD, cuyo candidato, Juan Zepeda, también anunció su solicitud de anulación de los comicios mexiquenses, ejercicio democrático en cuyo desarrollo fue el partido que menos impugnaciones presentó tanto en la plaza pública como en las instancias electorales. Si nos atenemos al discurso del abanderado del sol azteca las votaciones fueron ejemplares.
En lugar de la anulación total de la elección Morena ha solicitado su anulación parcial, en siete distritos, con el fin de limpiarla. Considera que por esa vía conseguirá el triunfo.
Para no hablar de los anodinos aliados del priismo, el PVEM, el Panal y el PES, los dos primeros de considerable pero pusilánime permanencia en la arena política. Formaciones que solas no han crecido y como fauna de acompañamiento ya resultan un lastre.
A estos mismos institutos políticos, enanos sin remedio y muy costosos para los ciudadanos, se buscaría sostener y beneficiar en una segunda vuelta, mediante el encarecimiento de su respaldo al mejor postor.
No se requiere de una segunda vuelta. Se necesita depurar la actividad política, racionalizar el sistema de partidos. Alzar con el recogedor las formaciones cuyo único objetivo consiste en lucrar, sobre todo en temporada de elecciones.

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