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Sudor

Lev Strozzi

Los dos fenómenos son similares y contrastantes. Similares, porque acusan a un evento deportivo de cubrir la realidad de la gente con una falsa fanfarria, una fiesta idiotizante; contrastantes, porque uno —el caso de México— es una aletargada denuncia paranoica y la otra es una violenta denuncia visceral.
Entiendo por lo que veo en los medios que la mayor parte de la gente está muy interesada en un campeonato deportivo que está tomando lugar en estos días. Es de futbol, me informan mis asesores, que han pasado todo el día ignorándome de forma insufrible y gritando extrañas alabanzas e improperios.
Al mismo tiempo, veo una serie importante de reportes sobre dos fenómenos paralelos: en México, una serie de supuestos conspirativos sobre cómo sectores en el poder estarían complotando para aprovechar los partidos a fin de escaparse con nuestra soberanía petrolera, y, en Brasil, país que al parecer es la sede del concurso, hay una creciente movilización para visibilizar los problemas del país y protestar contra una serie de políticas públicas.
Los dos fenómenos son similares y contrastantes. Similares, porque acusan a un evento deportivo de cubrir la realidad de la gente con una falsa fanfarria, una fiesta idiotizante; contrastantes, porque uno —el caso de México— es una aletargada denuncia paranoica y la otra es una violenta denuncia visceral.
Brasil, tras el triunfo de Lula da Silva en 2002, se convirtió en un icono de transformación “posible”. Sin tocar a los grandes intereses empresariales nacionales e internacionales, Lula dio un fuerte impuso a la economía de su país, sacando –—según los índices aceptados entre los economistas– a unos 20 millones de brasileños de la pobreza. También se hizo gran esfuerzo por “pacificar” a las llamadas favelas, enclavando cuarteles policiales en medio de los barrios más desaventajados.
La “Bolsa Familia”, su programa social emblema, es la transferencia condicionada de recursos más grande del mundo: millones de pesos en pequeñas becas son entregadas a familias a cambio de escolarizar a sus hijos y llevarlos al médico periódicamente.
Es imposible no reconocer en Lula un innovador y, sobre todo, un consumado comunicador: le lavó la imagen a su país, se puso al tú-por-tú con Estados Unidos y demostró la dolorosa incapacidad de México de aprovechar su potencial.
Tras la llegada de Dilma Rousseff al poder, sin embargo, las grietas del modelo lulista empiezan a verse. Una corrupción desatrampada, en primer lugar, ha tocado a sus ministros; un impulso económico menguante y, los más importante de todo, un modelo económico que no cambió. La pobreza y mala distribución de la riqueza en Brasil sigue siendo dramática; la violencia, peor que la de México —aunque reciba menos prensa.
Las denuncias al torneo ese de futbol en Brasil tienen más un tono que recuerda a las denuncias al México 68: “no queremos olimpiadas, queremos revolución”. Porque atacar la pobreza es indispensable, pero no es suficiente. La riqueza brasileña es faraónica; su pobreza, abismante.
Rousseff es, dicen, buena administradora pero “sin carisma”. El problema no es ese. El problema es que está simplemente “administrando” un modelo que está agotado porque ya no cumplió con la urgencia de acabar con la miseria, la falta de educación y la violencia social en Brasil.
Todos necesitamos el esparcimiento para mantenernos sanos y vivos. Creo que es una urgencia vital divertirnos, emocionarnos, vivir alegrías y demás. Distraernos en la vida es bueno. No es bueno vivir la vida distraídos. Y menos es bueno vivir acusando a otros de “estarnos distrayendo”. La distracción es nuestra responsabilidad —¿cuánto tiempo perdemos en redes sociales?, en lugar de invertirlo en, no sé, “combatir al gobierno vendido”— de la misma forma que lo es la acción.
Mi apoyo a quienes en Brasil se la están jugando en las calles, que están sudando en las protestas, que están dando de sí para sensibilizar al resto. A los demás, que desde un “meme” aspiran a cambiar al mundo, no mamen.
Francamente.

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