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¿Tenemos el mismo ambiente de 2016 para que PAN, PRD y MC repitan?

Lo que hicieron juntos en 2016, José Aispuro Torres y José Ramón Enríquez Herrera, fue verdaderamente histórico. Antes, ningún partido político o un liderazgo social tan fuerte (posiblemente Rodolfo Elizondo en 1986) había logrado arrebatarle al Partido Revolucionario Institucional, en una misma jornada electoral, la gubernatura del estado y la presidencia municipal de la capital. Nadie había podido hacer eso.
En 1983, tras la inhumanas crisis económicas propiciadas por los gobiernos de José López Portillo y Miguel de la Madrid, y los índices inflacionarios que arrinconaban al trabajador asalariado a mantenerse con migajas, luego de largas horas laborales, el rencor, la desesperación y la impotencia acumuladas a lo largo de los años y meses de implacables sinsabores, finalmente comenzaron a estallar en municipios del norte del país.
En Durango, la capital del estado evidenció en ese año, 1983, el hartazgo contra un régimen insensible, tecnocrático e inhumano. Un joven e inexperto aprendiz de político conocido como Rodolfo Elizondo Torres, quien en ese entonces solo atinaba a decir “hay que echarle ganas, porque necesitamos un cambio”, recorría con su joven esposa, las calles y los vecindarios de la ciudad en compañía de Juan Esteban Sánchez Casio, Eduardo, El Chato Mendoza, Pablo Antonio Nájera, entre algunos panistas de presencia y reconocimiento de ese entonces.
Finalmente, y ante el azoro de propios y extraños, los resultados electorales de julio de 1983 le daría la victoria a Rodolfo Elizondo, sobre el experimentado político priista Luis Ángel Tejada Espino.
Tras el triunfo de Elizondo y una administración exitosa, el viejo régimen decidió cerrar los espacios de expresión de los mexicanos, ante el riesgo de que desde las alcaldías pudieran brincar a las gubernaturas y luego a la Presidencia de la República, como sucedería en el año 2000.
La llegada de la cuestionadísima elección de Carlos Salinas de Gortari (1988), luego de que aprendiz de dictador, Manuel Bartlett Díaz, decidiera desconfigurar el sistema electoral para darle vuelta a las cifras y robarle la elección al perredista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y entregársela a Carlos Salinas de Gortari, el sistema volvió a aflojar las cuerdas de la “democracia” y los triunfos regresaron a la oposición pero ahora a niveles de gubernaturas.
Así fue como Acción Nacional obtuvo su primer triunfo en Baja California con Ernesto Ruffo Apel. Luego vendría el de Guanajuato. En Durango, el salinismo le regalaría, en 1992 la presidencia municipal al naciente Partido del Trabajo, pero como parte de un proyecto político socialista, impulsado por Raúl Salinas, padre del presidente Carlos Salinas de Gortari. El PT gobernaría bajo el manto del salinismo de 1992 a 1998, la ciudad de Durango.
Tendrían que pasar 18 años para que la oposición, contra todos los pronósticos volviera arrebatarle al tricolor, no sólo la capital de Durango, también la gubernatura.
En 2016, el ambiente era muy semejante al que hoy se respira en estas elecciones de 2018, en donde el hartazgo social mantiene a Andrés Manuel López Obrador en porcentajes históricos (48% de la aceptación ciudadana) para un aspirante a la Presidencia de la República.
El proceso electoral de 2016, venía marcado de elementos suficientes que hacían presumir que la gubernatura obtenida por el PRI en 2010, se le habían arrebatado a José Aispuro Torres, como se hizo con el proceso electoral de 1986, con Rodolfo Elizondo Torres.
Con ese antecedente más actitudes de hipocresía, corrupción, altanería y hasta despotismo de muchos funcionarios y políticos del régimen de Herrera Caldera, se fueron conjugando hasta convertirse en un verdadero tsunami que el 5 de junio de 2016 arrastraría todo a su paso y dejaría imágenes de desolación que golpearían en el rostro a un priismo moribundo. José Aispuro Torres y José Ramón Enríquez Herrera, cabezas del movimiento social en la entidad, propinarían una paliza al priismo duranguense.
Pero a un año 11 meses de lo sucedido aquél 5 de junio, las cosas han cambiado si no radicalmente, sí lo suficiente como para presumir que ese movimiento social que arrastró a panistas y perredistas a sufragar a favor de Aispuro Torres y Enríquez Herrera, hoy tendrá sus reservas fundadas para no comportarse igual.
En mi columna del miércoles, fecha en que comienzan las campañas locales, analizaremos la posibilidad real que tienen tanto Aispuro como José Ramón, para repetir sus victorias de 2016.

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