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Tercera de Misioneros Franciscanos

episcopeo

Después de Fr. Juan Serrato, fue nombrado Fr. Andrés de la Puebla, como Guardián del Convento de Sombrerete. Llegando a Sombrerete, pidió licencia de marchar a las Misiones a convertir gentiles; habiéndola obtenido, marchó acompañado de dos indígenas.
Pero, en 1586, apenas llegando a Canatlán encontró una gran cantidad de indígenas. Presintiendo que le darían muerte, pidió a sus acompañantes que lo abandonaran y que salvaran sus vidas; estos, así lo hicieron y escondidos en unas peñas, vieron como Fr. Andrés, enarbolando el Crucifijo, con fogoso fervor les predicó, echándoles en cara sus errores. Los indígenas sujetaron a Fr. Andrés a un árbol, azotándolo cruelmente, pero viendo que el Padre no cesaba de predicar, le arrancaron la piel de la cabeza y le quitaron la vida a flechazos. Al saber lo ocurrido, el Gobernador de la Nueva Vizcaya, salió a batir a los autores del martirio y llevó el cadáver de Fr. Andrés a Guadiana donde fue sepultado en el Convento de S. Francisco.
El último misionero franciscano que haya sido martirizado en el siglo XVI, fue Fr. Juan del Río, cura y guardián del Convento de Sta. Ma. De las Charcas, (S.L.P.). Fr. Juan era persona en extremo humilde y religioso. Después de su muerte, aparte del hábito que usaba, no se encontró en su celda más que un Breviario, un cilicio y unas disciplinas de alambre. Siendo Guardián de su Convento, por 1586 unos indígenas asaltaron un rancho a dos leguas del Convento, dando muerte a varias personas. Al saberse esto en Charcas, los españoles no se atrevieron a ir a auxiliar a los muertos y heridos. Fr. Juan, en su celo cristiano y sin medir peligros, decidió acudir a auxiliar a los heridos. Llegó a tiempo de prestar los auxilios cristianos a algunos agonizantes. Cuando los asaltantes volvían al paraje no se intimidó, sino que de rodillas y con el Crucifijo en la mano, hablaba a los indígenas, quienes empezaron a flecharle; pero las flechas daban en su cuerpo sin dañarle y él esforzaba su predicación. Hasta que le clavaron tres flechas en la cabeza, cayó en tierra y terminó su vida. Los asaltantes, al revisarlo t despojarlo de su hábito, encontraron que traía a raíz de las carnes, una malla de fierro llena de puntas que laceraban su cuerpo, y en esa ocasión rebotaban las flechas de los indígenas. Su cuerpo fue sepultado en el Convento de Charcas, donde se referían hechos portentosos.
Diez años antes de la rebelión de los tepehuanes de 1616, el franciscano Fr. Martín de Altamirano, entró a pie y descalzo a tierras del nuevo Reino de León. A pesar del clima y las distancias, Fr. Martín salía del recién fundado Convento de Monterrey en busca de gentiles. Los indígenas que habitaban en La Silla odiaron a muerte a Fr. Martín, porque despoblaba los campos para llenar de cristianos los pueblos, hasta que acabaron con su vida cubriendo su cuerpo de saetas su cuerpo, con gran dolor de los indígenas convertidos. Fue sepultado en el Convento de Monterrey. Las crónicas, guardaron su memoria, como celosísimo pastor, padre prudente y justo con los indígenas, varón apostólico desasido de las cosas de este mundo y observantísimo franciscano.
En 1644, los indígenas del Mezquital (Dgo.), Mapimí y otros pueblos, se inquietaron abandonando los pueblos, quejándose del rigor de franciscanos y jesuitas, que los obligaban a vivir con rigor y disciplina. Ya libres, se unían en gavillas de malhechores, asaltando los caminos. Al fin, los “tobosos” se rebelaron abiertamente y fueron combatidos por el Capitán Juan de Barraza, el cual, disgustado por las órdenes y contraórdenes del Gobierno, se retiró del servicio de las armas, sustituyéndolo Francisco Montaño de la Cueva. Entonces, se agregaron a la rebelión, los “Conchos”, los “salineros” y los “colorados”, atacando diversos pueblos y dando muerte en san Francisco de los Conchos a Fr. Félix de Zigarrán, a Fr. Francisco Labado y al cacique Don. José. El Provincial Fr. Antonio Moreira, relata ampliamente: “el día de la Encarnación, amaneció cercado nuestro Convento de S. Fco. De Conchos (en Chihuahua)…, llegamos a la Iglesia, y hallamos a los dos religiosos muertos y desnudos… Hallé robado y saqueado el Convento… todas las celdas quemadas…”. Los mártires fueron sepultados en ese Convento.

Héctor González Martínez
Obispo Emérito

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