MINUTO X MINUTO

Una luz al final del túnel


El sismo del 85 lo vi en casa de mi madre, veía el noticiario de Lourdes Guerrero y me parece que Memo Ochoa. Seguí viendo noticias y por supuesto sorprendido y pasmado. No tenía ningún familiar viviendo en México.
Hoy fue diferente, estaban mi hijo Héctor y mi hija Yuri en la Ciudad de México y mi visión del sismo fue muy diferente.
Eran poco después de la una de la tarde, mi hijo me envió un mensaje, “cómo están”, me dijo, se me hizo sorpresivo el mensaje, solo habla por la noche desde la Casa del Estudiante después de que llega de la escuela. “Todo bien” -contesté- tú cómo estás, entonces me dijo que acababa de temblar muy fuerte, estoy bien, y fue todo, la comunicación se interrumpió.
En ese momento mi hija Yuri estaba en el Colegio de Sn. Ildefonso, me enviaba fotografías de los frescos. Repentinamente me entró mensaje.
-Papá, está temblando muy fuerte.
-Dónde estás.
– En la calle, acabo de salir del Colegio de San Ildefonso, estoy atrás de Catedral.
-Vete al Zócalo le dije, no te metas a ningún lugar cerrado, ni al metro, fue mi recomendación, se interrumpió la comunicación.
Por la noche me habló mi hijo. “Estaba en la biblioteca de la UNAM, acababa de llegar, tenía lecturas y trabajos y cuatro horas para hacerlas. Antes de empezar fui al baño, cuando regresé vi algo que me impresionó –dijo- unos chavos corrían tirando sus mochilas, libretas y libros, otros se metían debajo de las mesas de la sala. Intenté saber qué pasaba, es un loco que sacó una arma –pensé- me tiré al suelo, me hice bolita. Luego todos corrieron para salir, yo también, cuando llegué al jardín me di cuenta que temblaba, hacía menos de dos horas de un simulacro en donde todos lo tomamos de vacile, incluso una maestra no se salió del salón y el director nos dijo que habíamos estado lentos, sin que nadie lo pelara.
Era absurdo, ahora era temblor de verdad, la torre de la rectoría se movía, todos nos mirábamos sorprendidos. Mandé mensaje a casa, otro a mi hermana, me dijo que estaba bien; pensé que la casa se había caído, tiene muchas goteras y está endeble, pensé irme, pero un compañero envió mensaje, “estamos bien, la casa resistió”, dijo.
Mi hija Yuri había ido a un simposio latinoamericano de fotografía, ya en casa nos contó: Salí del Colegio de San Ildefonso, en la calle le tomé una foto a la entrada, la tomé de media calle, me di media vuelta, al momento de subir un pie en la banqueta sentí que todo se movía, la gente salió corriendo de los negocios, gritaban, está temblando, largos segundos, tiempo interminable, te envié el mensaje, me fui al Zócalo, sentía que la tierra seguía moviéndose, a mi alrededor gente gritando, corriendo, llorando.
En el Zócalo mucha gente, llegaba más corriendo, quince o veinte minutos ahí, detuvieron el tráfico, se escucharon sirenas, media hora, quizá una hora, ambulancias con la sirena abierta, un ángel de Catedral se vino abajo, una pared de Palacio Nacional colapsó, empezaron a llegar comentarios, “en la Roma se cayó un edificio, dicen que por Tlalpan también, le volvió a pegar a la Condesa”, todo era confuso y caótico.
Me fui caminando por la de Madero a la Alameda Central, en las calles había pedazos de paredes, me estuve otra hora en la Alameda, luego agarré el metro que me deja cerca de la casa de mis amigos donde me quedaba, yo estaba bien, mi hermano también, quizá ambos en shock.
El siguiente día Héctor se integró a una brigada de la Facultad, decidieron no ir a ninguna parte del centro, sino a un área rural que son las que menos tienen apoyo; se fueron a una pequeña comunidad llamada San Gregorio Xochimilco.
Me ha impresionado el número de jóvenes voluntarios en las brigadas, la gran solidaridad, con el solo vernos con palas nos daban agua y comida, nos preguntaban a dónde íbamos o de dónde veníamos. Esos miles de jóvenes voluntarios me hizo pensar -dijo mi chavo- que en un país con violencia, corrupción e impunidad, son una luz al final del túnel. Es verdad. O no.