Loading

Una propuesta simple

Gerardo Galarza

La verdadera utilidad que tiene un frente político-electoral en el 2018 no es la de ganar la elección presidencial de 2018, sino la de garantizar la gobernabilidad de este país en el próximo sexenio y, con base en ella, cambiar el régimen político impuesto, dominado y administrado desde 1929 por el hoy PRI.
No hay de otra, si verdaderamente se quiere un cambio real. Lo demás son baratijas y cuentas de vidrio, similares a las que dicen que con ellas los conquistadores españoles derrotaron al ingenuo, si se acepta la versión de los vencidos, imperialismo azteca.
Ya quedó demostrado que no es suficiente sacar al PRI de Los Pinos, como prometió Vicente Fox, una especie de Donald Trump mexicano o al revés por simple cronología. El resultado de ese gran triunfo electoral de los votantes del año 2000 fue, hay que reconocerlo, el remozamiento de los antiguos caminos y la construcción de grandes autopistas para el regreso del PRI al poder: el pusilánime que encabezó esa gran victoria en las urnas no quiso o no pudo (las acciones políticas de su gobierno apoyan a quienes creen en la suposición de una negociación en lo oscurito) acabar con el sistema priista.
En esta columna se ha escrito varias veces y hoy vuelven a resonar las palabras de Manuel J. Clouthier del Rincón (a) El Maquío, quien antes de ser candidato presidencial le dijo al escribidor: “Mire, mi amigo, esto de la democracia no se trata de quitarte tú para ponerme yo”. En las antípodas ideológicas, también se ha escrito aquí, Gilberto Rincón Gallardo sostuvo en plática periodística algo similar: No sólo se trata de derrotar al PRI, sino fundamentalmente de acabar con la cultura política que ha impuesto a lo largo de los años y en todo el país, incluidos los partidos de oposición.
De eso se trataría (ojo con el tiempo verbal) hoy, pero los partidos y sus dirigentes promotores del frente opositor (Frente Amplio Democrático o Frente Amplio Opositor, ni en eso hay acuerdo) y sus probables seguidores están pensando más en el candidato que sería postulado por esa alianza siguiendo la cultura priista de la necesidad de un caudillo, un tlatoani, un guía moral, un jefe máximo, un tata, un patriarca iluminado que con su varita (recuérdese el dedito aquél que “hablaba”, remedo del dedazo), mágica, ilusoria, demagógica resuelva de hoy para mañana los problemas del país y las dificultades de cada uno de sus habitantes. Si ése es el abanderado que quieren en ese frente, no le busquen más y negocien antes de que sea tarde: ese vendedor de baratijas está en campaña desde hace más de 18 años y se llama Andrés Manuel López Obrador. Ningún candidato será la solución, ni siquiera con la patraña de un Emmanuel Macron mexicano. En el mejor (peor) de los casos se regresaría a los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo… con los resultados que los mexicanos mayores de 40 años conocen; bueno, mejor dicho: sufrieron.
La única oportunidad de un frente político-electoral en la elección presidencial de 2018 es un proyecto de gobernabilidad, sin importar el candidato, que de triunfar, su labor sería hacer realidad un proyecto político. La agenda de ese deseable y deseado gobierno podría ser muy simple, clara y corta: combate absoluto (que incluya gobernantes, funcionarios, políticos, empresarios y también ciudadanos) a la corrupción e impunidad; respeto a los reales (ojo: reales) derechos humanos; generación de empleos con salarios digamos decorosos y, el origen de cualquier Estado, garantía de seguridad pública. En resumen: la instauración de un Estado de derecho. No se requiere más. Son premisas que nada tienen que ver con ninguna ideología. Si ellas imperaran en el país, entonces podríamos aspirar a construir un régimen político democrático. Todo lo demás vendría por añadidura (sí, ya lo sé, no se alarmen, pero aquí la expresión nada tiene que ver con asuntos evangélicos).
Se trata, simplemente, de un gobierno de coalición (alejado del paternalismo, el corporativismo, el clientelismo, el control y la represión que encarnan los nuevos priistas, los priistas y los antiguos priistas y sus adláteres) que garantice las condiciones necesarias para acceder a un régimen democrático moderno, viable, que asegure los derechos y la calidad de vida de todos los ciudadanos de este país.
Parece fácil. No lo es. México lleva perdidos al menos tres sexenios y el cuarto está por venir… gane quien gane las elecciones presidenciales de 2018, si éstas se efectúan bajo el modelo tradicional. Y será peor si las gana quien se cree y es proclamado como el nuevo mesías.
El camino real, aunque difícil, no es el de un gran candidato (el frente opositor no va a encontrar a ningún Salvador Nava Martínez), sino el de un proyecto de gobierno que incluya las premisas básicas arriba propuestas. Un proyecto de un nuevo país vendría después.
Lo demás son fantasías animadas, es decir, caricaturas.

Comenta con Facebook