Loading

Yo viví una masacre

Cada mes de junio me revive el recuerdo de una experiencia imborrable, dolorosa y única, que voy a platicarles; algo que en lo personal me constó e impactó de por vida y que hoy pretendo relatar ese momento. Lo que les voy a contar ocurrió la calurosa tarde del diez de junio de 1971 cuando me fui a radicar por dos años al DF de manera natural estos días me dan un impulso incontenible por rememorarlo.
Todo empezó así. Viajemos retrospectivamente a aquella época, en la que el Presidente Luis Echeverría inauguraba su sexenio de “Arriba y Adelante”, el de la “economía mixta”, a quien el que esto escribe había acompañado en su campaña presidencial un año antes, siendo Presidente de la FEUD, por el sureste del país. Lo mismo se estrenaba en su cargo Mario Moya Falencia, ex director de PIPSA, aquel que provenía de la todavía recordada “Plataforma de Profesionales y Técnicos”, en donde se querían cobijar no pocos políticos, unos experimentados y otros de “nuevo cuño” (Recuérdese a Fausto Zapata, Carlos Armando Biebrich y Antonio Calzada Urquiza).
Como Regente se desempeñaba el autodidacta, Alfonso Martínez Domínguez, hombre de un singular currículum. No bien terminada su instrucción primaria, inició su servicio público desde afanador del DDF, líder del sindicato de trabajadores del mismo Departamento, líder de la CNOP nacional y de la Cámara. Dirigente nacional del PRI. A él lo conocí precisamente ando ocupaba este último cargo, con motivo de su visita a Durango en pleno movimiento estudiantil de 1970 y el autor era presidente de la FEUD.
No fue sino hasta que llegó como Regente del DDF, cuando Don Alfonso, en una entrevista en su despacho, que le enseñé un telegrama procedente de Durango, en que se me informaba el nacimiento de mi primogénito Gastón, cuando me dio a escoger un empleo, de inspector de espectáculos o de juez calificador. Opté por el segundo, pues aunque todavía no terminaba mis estudios de Derecho, no era obstáculo en aquellos tiempos, menos por llegar directamente recomendado por el Regente ¡Qué caray! eran otros tiempos.
Pero lo del telegrama había sido un ardid mío, telefónicamente había hablado a Durango para que me enviaran el telegrama con esa noticia que ya era extemporáneo, pues mi hijo tenía un mes que había nacido, pero necesitaba motivar al Regente. Eso me dio resultado: al otro día ya estaba despachando como Juez Calificador en la Séptima Delegación (Calle Pino No,50, de la Colonia Santa María la Rivera).
Naturalmente que lograr entrevistarme en aquella época con el Regente del Distrito Federal no había sido tarea fácil, fueron muchas noches las que estuve esperando hasta ya tarde en las puertas de su casa para lograr abordarlo, por la Calle Sierra Alta, de la Colonia Lomas de Chapultepec.

EL PRIMOGÉNITO TRAJO DOS TORTAS
En esos mismos días, después de meses de espera, la Ciudad de México se convirtió para mí en la ciudad de las oportunidades, pues fuimos recibidos Antonio Villarreal y el que esto escribe por el Secretario Privado del Presidente de la República, Ignacio Ovalle Fernández, con quien anteriormente ya habíamos entablado una muy cordial amistad, dándonos otra maravillosa noticia: por instrucciones del Presidente Echeverría, nos envió al INJUVE a los dos, como jefes de distintos departamentos de esa institución. Así que, por la mañana me desempeñaba como Juez Calificador y por las tardes como funcionario del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, con la ayuda de Ignacio Ovalle Fernández, Secretario Privado del Presidente; el secretario más joven de la historia, pues tenía 21 años. Nuestro jefe era el Lic. Enrique Soto Izquierdo.
Época de bonanza para mí, pues por si lo anterior fuera poco, les comentaré que también devengaba un sueldo como auxiliar del paisano Dr. Eduardo López Faudoa, en la Oficialía Mayor de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, a quien le debo tanta generosidad; en otra ocasión me referiré a este último dato. y yo, apenas con veintiún años de edad.
Así pasaron los meses, en los que todo marchaba sobre rieles, hasta que llegaron los primeros días del mes de junio, días en que ya se escuchaba que se preparaba una magna manifestación estudiantil de universitarios y politécnicos, se mantenía vivo todavía el fantasma de la fatídica noche del 2 de octubre en Tlatelolco, por lo que se respiraba una tensión en el ambiente le las oficinas gubernamentales, había el fundado temor de que volviera a prender un nuevo movimiento estudiantil. Otros especulaban que se había gestado con el ánimo de ablandar al gobierno de Echeverría; claro, otros adujeron que eran provocaciones al Gobierno Federal, para obligarlo a una represión, había opiniones de distinta naturaleza.
Así llegó el día 10 de junio, fuimos concentrados algunos funcionarios del INJUVE en las oficinas de Soto Izquierdo, Director General, quien nos hizo saber que en unas horas más dada inicio la esperada manifestación estudiantil, pidiéndonos a los presentes nos trasladáramos a distintos putos de donde partiría esta marcha, con el fin de mantenerlo informado telefónicamente, sobre el número aproximado de manifestantes, y sobre las consignas o proclamas de los muchachos, no se olvide que el INJUVE era el Instituto Nacional de la Juventud y tenía que monitorear todas sus inquietudes; a mí me correspondió hacer mancuerna con Armando Ballinas, otro funcionario de esa institución juvenil, ubicándonos en el Casco de Santo Tomás, instalaciones del IPN.
Serían casi las seis de la tarde, cuando a través de magnavoces, los estudiantes ahí congregados fueron convocados a dar principio a esta manifestación; todavía recuerdo haber identificado a Heberto Castillo Manuel Marcué Pardiñas, quienes arengaban a los estudiantes con encendidos discursos; luego, ellos mismos encabezaron la marcha.
Eran aproximadamente diez mil estudiantes, caminaban por la Av. Instituto Politécnico, hoy Circuito Interior; rumbo a la Avenida San Cosme…Decenas de man¬tas, portaban con algarabía, grupos de jóvenes entonaban canciones de protesta, una de ellas recordando a Genaro Vázquez una gran pancarta pedía el esclarecimiento de los hechos de Tlatelolco, otra en solidaridad a los universitarios de Nuevo León, que se encontraban en huelga; se repartían volantes a los adultos que observaban la marcha.

Comenta con Facebook