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Vivimos un momento de crisis, lo vemos en el ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre

Como discípulos de Jesús nos sentimos invitados a dar gracias por el don de la creación, reflejo de la sabiduría y belleza del Logos creador. En el designio de Dios, el hombre y la mujer están llamados a vivir en comunión con Él, en comunión entre ellos y con toda la creación. El Dios de la vida encomendó al ser humano su obra creadora para que “la cultivara y la guardara” (Aparecida, 83-87;125-126;470-475)
Jesús conocía bien la preocupación del Padre por las criaturas que Él alimenta (Lc 12,24) y embellece (Lc 12,27). Y mientras andaba por los caminos de su tierra no solo se detenía a contemplar la hermosura de la naturaleza, sino que invitaba a sus discípulos a reconocer el mensaje escondido en las cosas (Jn 4,35). Las criaturas del Padre le dan gloria con su sola existencia, y por eso el ser humano debe hacer uso de ellas con cuidado y delicadeza.
Existe una mayor valoración de la naturaleza, pero se percibe cómo el ser humano aún amenaza y destruye su ‘hábitat’. “Nuestra hermana la madre tierra” es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida.
La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre (cf. 1Cor 3,
21-23). El Señor ha entregado el mundo para todos, para los de las generaciones presentes y futuras. El destino universal de los bienes exige la solidaridad con la generación presente y las futuras. Ya que los recursos son cada vez más limitados, su uso debe estar regulado según un principio de justicia distributiva respetando el desarrollo sostenible.
El continente Latinoamericano es una de las grandes riquezas que posee la humanidad ya que es una de las mayores biodiversidades del planeta y una rica socio diversidad representada por sus pueblos y culturas.
Este continente experimenta hoy una explotación irracional y dilapidación, que ha causado muerte, por dondequiera. Una gran responsabilidad lo tiene el actual modelo económico que privilegia el desmedido afán por la riqueza, por encima de la vida de las personas y los pueblos y del respeto racional de la naturaleza. La devastación de los bosques y de la biodiversidad mediante una actitud depredatoria y egoísta, involucra la responsabilidad moral de quienes la promueven, porque pone en peligro la vida de millones de personas y en especial el hábitat de los campesinos e indígenas, quienes son expulsados hacia las tierras de ladera y a las grandes ciudades para vivir hacinados en los cinturones de miserias.
Esto lo ha causado una industrialización salvaje y descontrolada de las ciudades y del campo, que va contaminando el ambiente con toda clase de desechos orgánicos y químicos. Lo mismo hay que alertar respecto a las industrias extractivas de recursos que, cuando no controlan y contrarrestan sus efectos dañinos sobre el ambiente circundante, producen la eliminación de bosques, la contaminación del agua y convierten las zonas explotadas en inmensos desiertos.
La Amazonia es un ejemplo de esta depredación y contaminación: ocupa un área de 7,01 millones de kilómetros cuadrados y corresponde al 5% de la superficie de la tierra, 40% de América del Sur. Contiene 20% de la disponibilidad mundial de agua dulce no congelada. Abriga el 34% de las reservas mundiales de bosques y una gigantesca reserva de minerales. Su diversidad biológica de ecosistemas es la más rica del planeta. En esa región se encuentra cerca del 30% de todas las especies de la fauna y flora del mundo.
Además se constata un retroceso de los hielos en todo el mundo: el deshielo del Ártico, cuyo impacto se está viendo en la flora y fauna de ese ecosistema; el calentamiento global se hace sentir en el estruendoso crepitar de los bloques de hielo antártico que reducen la cobertura glacial del Continente y que regula el clima del mundo. Juan Pablo II hace 20 años, desde el confín de las Américas, señaló proféticamente: “Desde el Cono Sur del Continente Americano y frente a los ilimitados espacios de la Antártida, lanzo un llamado a todos los responsables de nuestro planeta para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios: no permitamos que nuestro mundo sea una tierra cada vez más degradada y degradante”.
Como profetas de la vida, queremos insistir que en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida, en perjuicio de naciones enteras y de la misma humanidad. Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable, y no un planeta con aire contaminado.
Aunque parece que nosotros no tenemos este problema, no es así: tenemos medio ambiente y ríos contaminados; el bosque de la sierra Madre Occidental se está depredando sin control; la explotación de los recursos minerales preciosos (oro, plata, etc.) que se van de nuestro Estado sin dejar riqueza; ya hay escasez de agua, sobre todo en tiempos de sequía prolongada; el cambio climático que nos afecta por todo lo que sucede en la Amazonia y por los deshielos; etc.
+ Mons. Enrique Sánchez Martínez
Obispo Auxiliar de Durango

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