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Adiós al Museo Nacional de Brasil

El pasado domingo 02 de septiembre, a través de las noticias nos enteramos  del  incendio que arrasó con el Museo Nacional de Brasil, considerado uno de los recintos culturales más importantes de América Latina, debido a su gran patrimonio, que incluía colecciones de geología, botánica, paleontología y arqueología.

Fue fundado por Juan VI, rey de Portugal, el 6 de junio de 1818 bajo el nombre de Museo Real, con el propósito de fomentar la investigación científica en Brasil, que hasta entonces era una inmensa colonia salvaje y desconocida para la ciencia. En 1946 el museo pasó a ser administrado por la Universidad de Brasil, actualmente la Universidad Federal de Río de Janeiro, y este 2018 se cumplían 200 años de su fundación.

Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos,  muchos pudimos ser testigos de cómo el fuego arrasó con más de 20 millones de piezas de diferentes periodos de la historia de Brasil y del mundo,  cubriendo con sus lenguas el edificio de más de 2 siglos de antigüedad. Afortunadamente no hubo pérdidas humanas, pero sólo se pudieron salvar el 10 por ciento de todos los objetos ahí resguardados.

Por desgracia, muchas de las piezas que albergaba el Museo Nacional de Brasil  eran ejemplares únicos de su tipo, e iban desde huesos de dinosaurios y momias egipcias,  hasta miles de utensilios producidos por las civilizaciones amerindias durante la era precolombina “La pérdida del acervo del Museo Nacional es incalculable para Brasil. Se perdieron 200 años de trabajo, investigación y conocimiento”, aseveró en su Twitter el presidente Michel Temer quien añadió que era “un día triste para todos los brasileños”.

Asimismo, en las instalaciones de este recinto, se encontraba la mayor biblioteca científica de Río de Janeiro y su acervo de arqueología estaba compuesto por más de 100 mil objetos provenientes de diversas civilizaciones de América, Europa y África, desde el Paleolítico hasta el siglo XIX.

De acuerdo con medios brasileños, desde 2014 la institución no recibía los más de 128 mil dólares anuales destinados por el gobierno para su conservación y restauración, lo que conllevó a que algunas paredes del edificio estuvieran agrietadas y descascaradas y que muchas conexiones eléctricas estuvieran al descubierto, que a final de cuentas, fue lo que pudo haber provocado el siniestro.

Sin embargo, “después de ahogado el niño, a tapar el pozo”.  Actualmente  las autoridades brasileñas se han puesto en contacto con entidades financieras públicas y privadas con el fin de constituir “una red de apoyo económico” que pueda ayudar en la reconstrucción de la institución, que ha quedado destruida casi en su totalidad. Pese a todo, jamás se podrá recuperar la memoria histórica, no sólo de Brasil, ni de Latinoamérica, sino de todo el planeta.

Al menos en Latinoamérica, los museos en su mayoría, viven el día a día, con un montón de carencias. En las reuniones nacionales y en pláticas con gente especializada en estos espacios,  me he dado cuenta de esta situación, no obstante que cuando hay visitantes, son el referente a donde se les manda para que conozcan la historia, pero por el contrario, si tiene que haber recortes presupuestales, o la necesidad de usar el espacio, estos recintos culturales son los primeros en ser sacrificados.

Lo ocurrido en Brasil, es una especie de alerta para todos los museos que se encuentran en las mismas situaciones de carencia. No se valora lo que se tiene hasta que se pierde. Podemos ser dueños de las mejores colecciones, pero si no se encuentran en las condiciones adecuadas, tarde o temprano, terminarán por deteriorarse, y por consiguiente, desaparecer. Lo mismo sucede con los inmuebles, principalmente los que son edificios históricos, y que constantemente requieren mantenimiento, porque tarde o temprano nos cobrarán la factura.

Un pueblo sin memoria histórica, en este caso, sin un museo que se encarga de resguardar la historia del lugar donde vivimos, es un sitio carente de alma, de recuerdos. Es como si nosotros llegáramos a la edad adulta sin memorias, sin experiencias, y si eso ocurre, es una situación muy grave, porque lo que nos hace diferentes al reino animal, es precisamente esa parte. Miles de años de la historia del mundo, convertidos en cenizas, es cavar una tumba a la memoria humana.  La huella de siglos  que hemos vivido como humanidad se  ha esfumado  entre llamas y humo, entre indiferencia y apatía, y eso realmente es lo que convierte este suceso en  una verdadera tragedia, porque se pudo haber evitado.

Finalmente, para darnos una idea de lo que conservaba el Museo Nacional de Brasil, entre los miles de objetos que se volvieron cenizas, se encontraban las siguientes piezas:

 

  1. El esqueleto de Luzia. En 1975, un grupo de científicos franco-brasileños encabezados por la acreditada arqueóloga Annette Laming-Emperaire encontraron  en la cueva de la Lapa Vermelha en el estado de Minas Gerais, los restos de una mujer primitiva, a la que llamaron Luzia.

 

  1. La mayor colección de arqueología egipcia de América Latina. Con más de 700 piezas, la cual estaba considerada la más grande de América Latina y la más antigua del continente.

 

  1. De acuerdo con sus catálogos, el Museo Nacional poseía uno de los más significativos acervos paleontológicos de América Latina para un total de 56 mil  ejemplares y 18 mil 900 registros, divididos en núcleos de paleobotánica, paleoinvertebrados y paleovertebrados.

 

  1.  Una de las colecciones más valoradas del museo era la de arqueología clásica, integrada por 750 piezas de las civilizaciones griega, romana y etrusca. Por su número y valor, estaba considerada la mayor en su género en América Latina.

 

 

  1. En el museo se encontraba la mayor colección de arte grecolatino de América Latina. Gran parte de ese acervo corresponde a la colección grecorromana de la emperatriz Teresa Cristina y de la colección de la reina Carolina Murat, hermana de Napoleón Bonaparte y esposa del rey de Nápoles, Joaquim Murat.

 

¡Descanse en paz nuestro patrimonio!

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