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De alacranes, alacraneros y demás

La palabra alacrán, se dice que viene del árabe al- ágrab y quiere decir escorpión. A su vez, escorpión viene del latín scorpio, omis y significa alacrán. Por lo tanto, ambos nombres se refieren al mismo bicho. El temor hacia el alacrán está más que justificado, pues su picadura puede ocasionar desde un malestar ligero con poca inflamación y dolor local, hasta un padecimiento muy intenso, con graves complicaciones que, en no contadas  ocasiones, puede conducir a la muerte.

Los alacranes son animales de hábitos nocturnos como muchos de los que habitamos esta geografía; se alimentan de insectos vivos como: grillos, cucarachas y arañas, entre otros, los cuales detectan mediante redes sensoriales llamadas “tricobotrias”.  También existe el canibalismo entre ellos, sobre todo después de la cópula, cuando la hembra se come al macho si éste no escapa antes.

Lo que sí es muy sabido por la mayoría de los habitantes de la ciudad de Durango, es que  los lugares donde comúnmente se encuentran estos temidos bichos son en los asentamientos tradicionales como: Tierra Blanca, Analco, El Calvario, Los Remedios, Centro Histórico, el Panteón de Oriente, y en colonias como: Santa María, Villas de Guadalupe, Morga, Felipe Ángeles y Niños Héroes, así como en los cerros y los poblados que rodean a este municipio.

El alacrán de Durango  sí es profeta en su propia tierra, tan  es así que en su honor se han inventado canciones, corridos, sátiras, leyendas, oraciones contra él; se han escrito libros y ensayos, se han realizado documentales,  joyas, variadas y llamativas artesanías; tatuajes, hay gente conocida como “alacraneros” que se dedican a cazarlos,  y su nombre ha servido también para bautizar grupos musicales, equipos deportivos, negocios, hasta periódicos y columnas periodísticas,  entre otras facetas más de esta alimaña ponzoñosa.

El alacrán y San Jorge

Cada 23 de abril en nuestra ciudad, se celebra a San Jorge Bendito, quien es el patrono; con una devoción que se origina desde 1749, cuando el Obispo Pedro Anselmo de Sánchez de Tagle, número 15 de Durango, ordena esculpir la imagen del santo en madera estofada. También hace el nombramiento ante la desesperación del pueblo por el alto índice de picaduras de alacrán, ya que en esa época no existía medicamento alguno que pudiera revertir su veneno, y un importante porcentaje de la población moría a consecuencia del piquete.

En la ciudad de Durango, hoy en día, la devoción hacia él no pasa desapercibida, sin embargo, dista mucho de ser lo que fue en otros años. Quienes sí acuden, lo hacen con flores y quizá hasta una veladora y medalla en mano, de las que venden los comerciantes afuera de Catedral desde temprana hora. Sus devotos le imploran, y le piden algún favor, mientras escuchan algunos acordes de música clásica.

En Durango, a San Jorge Bendito, se le reza:

San Jorge Bendito

 amarra tu animalito

con tu cordón bendito

y que no me pique a mí

ni a otro pobrecito.

Esto, debido a que quienes acuden a visitarlo, es para solicitarle su cuidado y protección contra los alacranes, sobre todo para los niños.

Antes de la llegada del suero antialacránico, aparte de  que la gente se encomendara a la ayuda divina, a la par, el Ayuntamiento ofrecía recompensa por el exterminio de estos bichos. Nada menos, en 1875 promovió la persecución de alacranes y se ofreció a pagar medio real por cada docena de ellos, siempre que se mataran en presencia del Síndico Procurador. A la vez que fijó a cada vecino, para solventar los gastos respectivos, contribuciones  de 2, 4 y 8 reales al mes.

Por su parte, el gobernador ofreció también una recompensa de 500 pesos a quien descubriese algún secreto capaz de lograr el exterminio de tan maligno animal. Se cuenta que del 1º  de abril al 31 de mayo de 1875, se habían matado en presencia del Ayuntamiento 19 mil 300 alacranes, sin contar los que la gente había ajusticiado en sus casas. Con el paso de los años, el Cabildo siguió destinando recursos para el exterminio de estos bichos. Incluso, para 1909 seguía la tradición, sólo que los alacranes serían recibidos los miércoles y sábados de 6 a 7 de la mañana en la alameda Ortiz de Zárate.

Para 1925, el médico durangueño Carlos León de la Peña (1890 – 1947), también investigador y farmacéutico, ayudado por el Doctor Isauro Venzor (1888 – 1944), consiguió la preparación de un antídoto. Este suero logró neutralizar ocho ponzoñas por centímetro cúbico, y en la actualidad, sigue vigente. Los nombres de estos dos personajes han sido reconocidos en Durango: del primero, el Centro de Salud número 1, lleva su nombre, y del segundo, una calle ubicada en el Centro Histórico de la ciudad.

Después de tanta preocupación y dolor para los duranguenses, de varios remedios que se pusieron a la venta como “Calmette”, traído por el Dr. José T. Lemus; el “Scorpionina”, del doctor L.E. Calleja, entre otros, los cuales se aplicaron muchas veces sin tanto éxito, y ya con el antídoto al servicio de la comunidad, para el año 1931,  “El diario de Durango” al fin  anunciaban que ya no había nadie que muriera por piquete de alacrán. No obstante, la devoción a San Jorge siguió, pero de pocos años a la fecha ha ido decayendo, quizá porque a diferencia de siglos pasados los alacranes también han ido desapareciendo, y muchos de quienes habitamos en la ciudad sólo los conocemos a través de llaveros, postales, playeras, ceniceros y toda clase de objetos que se venden principalmente en el Mercado Gómez Palacio.

El alacrán, las leyendas, los relatos y otros lugares comunes

Se considera a Fray Jacinto de San Francisco, conocido por los indígenas como Fray Cintos,  el primer español de que se tiene registro, murió a consecuencia de la picadura de un alacrán en el municipio de Nombre de Dios.  A este personaje se le atribuían poderes mágicos y curativos con sus manos, pero él mismo no pudo salvarse.

Otra leyenda que compiló el cronista de Durango, don Manuel Lozoya Cigarroa (+), en su libro “Leyendas de Durango”, dice que en el siglo XIX, en la época del Porfiriato,  existió en la antigua cárcel de Durango, la “celda de la muerte”; llamada así, porque al a quien encerraban allí, amanecía misteriosamente muerto.

Asimismo, en honor del alacrán se han inventado sátiras:

Un alacrán de Durango

desparramó su ponzoña

háganse a un lado cabrones

que la vida no retoña…

Otra, de cuando peleaban  los alumnos de la UJED contra los del ITD:

¡Ay alacrán de Durango

Cola de siete canutos

Qué les das a los del Tecno

Que me los tienes tan brutos!

Canciones:

el alacrán, cran, cran, el alacrán, cran, cran,

Ay me va a picar

el alacrán, cran, cran, el alacrán, cran, cran,

Y me voy a hinchar…

Y otra más que cantaba en la década de los 90’s el entonces famoso grupo duranguense Ritmo 5, y que narraba la leyenda en que Juan “sin miedo” logra atrapar al alacrán en la celda y queda absuelto:

Soy de aquí merito Durango donde nace el alacrán

muy por cierto venenoso para el que quiera probar…

El estribillo de dicho tema versa:

El alacrán, el alacrán, era tan grande aquel alacrán…

El alacrán, el alacrán, era tan grande aquel alacrán…

También existen otras melodías más de corte popular como ésta:

El bigote de mi boca

sobre la tuya al besarte

parece alacrán bermejo

sobre una rosa de carne.

Corridos como el siguiente, de la autoría de Miguel Ángel Gallardo:

Yo soy de la tierra de los alacranes,

yo soy de Durango, palabra de honor,

en donde sus hombres son hombres formales

 y son sus mujeres puro corazón…

Y por supuesto refranes: “Dios no les da alas a los alacranes, porque volando picarían”.

En honor al alacrán en Durango también se han escrito columnas periodísticas y se ha dado nombre a numerosos negocios locales. Hasta un equipo de futbol  llevaba por nombre “Los alacranes de Durango”

Y ni qué hablar de las agrupaciones musicales que tocan el “pasito duranguense” y que bien que mal han explotado al alacrán, por ejemplo, Alacranes musical, quienes impusieron una moda en su vestuario, usando como emblema los famosos alacranes.

Los alacraneros

Roberto Rosales de 50 años, conocido también con el apodo de “Campillo”, es un alacranero que vive en El Pueblito. Su oficio empezó como un pasatiempo hace aproximadamente 3 años. En ese entonces, cazaba algunos alacranes por diversión y los vaciaba en un frasco de vidrio para verlos cómo se peleaban a muerte con diferentes tipos de arañas. Sin embargo, cuando un amigo le dijo que podía venderlos y que conocía quién se los podía comprar, su suerte cambió. El comprador fue hasta su casa para llevarse el frasco de alacranes recolectados de varios días y le pagó por cada uno, 2 pesos con 50 centavos. A partir de ahí, le tomó cariño al oficio.

A los días, consiguió una lámpara ultravioleta y con ella pudo recolectar en una sola noche, hasta 500 artrópodos. Después un primo, mando traer de los Estados Unidos otra linterna, se hicieron acompañar y dice, empezaron a limpiar de alacranes los cerros y las casas de su población. Hoy en día, cada vez van más y más lejos a conseguir estos animales ponzoñosos, a quienes agarra descuidados y sin compasión con las tenazas; esto, sin dejar de lado el peligro que implica salir de su hogar cuando reina la oscuridad y solo se pueden observar las estrellas brillando como lentejuelas en el firmamento, alrededor de una luna tenue, casi exigua y un viento que provoca silbidos entre la maleza, y que se agudiza aún más estando en la soledad.

La travesía, ya sea por la presa o un cerro, la cual bien puede durar hasta las 3 o 4 de la mañana, implica estar en una alerta constante para no ser atacado por otros animales dañinos como tarántulas, víboras, hormigas, pinacates, o simplemente la picadura de un alacrán, o bien, una caída, ya que el tipo de terreno donde se pueden localizar los alacranes, es escabroso y resbaladizo;  doblemente peligroso en medio de la oscuridad, y triplemente, si al desplomarse, le cayeran encima los alacranes que hubiera recolectado hasta ese momento.

Anteriormente, a Roberto le compraban a diario su mercancía en un conocido restaurante  ubicado en la calle Constitución del Centro Histórico de la Ciudad, el cual dio a conocer a nivel nacional los famosos tacos de alacrán que durante un tiempo se impusieron como moda al ser posicionados como atractivo turístico. Actualmente los lleva al Mercado Gómez Palacio, y aunque los vende a un menor precio que en el restaurante, 2 pesos o un peso con cincuenta centavos, lo que le den es bienvenido, pues con este dinero se evita trabajar en la obra negra durante todo el día.

En sus recorridos, Roberto se hace acompañar de un amigo o de su mujer, Janeth de la Cruz, quien dice que no le gusta que el hoy alacranero salga solo porque se preocupa de que le pueda pasar algo, principalmente una caída, ya que las picaduras de alacrán a él no le hacen efecto, al contrario, el alacrán termina muriendo, asegura. Los utensilios para llevar a cabo la recolección de los bichos  son un garrafón de plástico, pinzas y la lámpara ultravioleta, cuya luz permite ver los alacranes en la oscuridad haciéndolos parecer fosforescentes, debido a la sustancia que los artrópodos segregan, llamada fosfina. También se calza unas botas largas y se arma de bastante paciencia y valor para ir uno por uno, echándolos en el medio galón. Algunos alacranes oponen resistencia, otros, son tomados por descuido o sorpresa, pero una vez dentro del recipiente todos amontonados, lucen amenazantes, furiosos, retadores, adivinando una muerte segura.

Roberto platica que los alacranes salen al oscurecer y permanecen fuera de su escondite como hasta la 1 de la mañana. Ya más tarde, el frío los entumece. Cuando hace calor se recogen más alacranes, como 200, en comparación a la temporada de frío o lluvias, o cuando hace aire, que serían como 50, dice con esa seguridad que da el haber aprendido a la perfección su oficio.  También atestigua que en el Mercado los compran para cocinarlos y utilizan 3 por cada taco, y la otra persona a la que se los vendían, los echaba en mezcal y los ponía también en paletas de caramelo.

Esta temporada de calor es cuando los alacraneros surten a diario los negocios dedicados al rubro. Roberto dice que si agarra 100 se espera a juntar más para que costee el viaje a la ciudad. Aunque hay veces que le piden los que tenga y se los trae. Ya recolectados, pueden durar hasta una semana, porque si no reciben alimento, los grandes se comen a los chicos, tal y como sucede con los habitantes de esta ciudad.

Los alacranes y su parentesco con los durangueños

Un importante porcentaje, principalmente de jóvenes que pueblan esta otrora “callada y tranquila ciudad colonial”, son inquietos y de hábitos nocturnos, muy parecidos a los del alacrán.

De hecho, alguna gente se refiere a los habitantes de Durango como “alacranes”, incluso nosotros mismos lo hacemos, porque ninguno dejará a otro que llegue más lejos y quienes están debajo de él, lo estirarán hasta derribarlo para que se encuentre al mismo nivel.

Y ni qué decir de algunos comentarios malintencionados que a veces vertimos en contra del prójimo a sus espaldas,  tan letales como el veneno del propio alacrán.

Lo cierto es que en Durango, a pesar de la fama de ciudad alacranienta, a la cual mucho hemos contribuido sin ser del todo cierta, hemos aprendido también a convivir con ellos, a vivir de ellos, a hablar de ellos, a admirarlos, porque  pese a todos los intentos habidos y por haber, sabemos que nunca, nunca,  los podremos erradicar.

Texto realizado gracias al apoyo del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) 2018-2019, con el proyecto: “El Durango que se va. Oficios en peligro de extinción”, en la categoría de “Creadores con trayectoria” (ensayo literario).

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