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Entre la grandeza y la ruptura

Por Miguel Ángel Burciaga Diaz

Hans Von Bülow, quien fuera un director de orquesta reconocido por ser el hombre de confianza de Wagner para el estreno de sus monumentales óperas, empezó a delegar algunos de sus compromisos a un talentoso jovencito, al cual tomó como aprendiz y que pronto se convertiría en un destacado director de orquesta.

Este joven desde niño sintió un gran interés por la música escribiendo diversas piezas en la adolescencia que llamaron la atención de sus maestros, pero no fue hasta el estreno de su poema sinfónico “Don Juan”, en 1888, cuando a la edad de 24 años sería considerado uno de los compositores más importantes de la Europa del momento. Este muchacho de cabello rizado y mirada severa era nada menos que Richard Strauss (1864-1949), uno de los más geniales compositores sinfónicos de la historia.

Formado en la más arraigada tradición alemana y con su gran experiencia como director orquestal, Strauss se avocó principalmente a la composición de grandilocuentes poemas sinfónicos, que abrirían un sinfín de posibilidades para el desarrollo de la música sinfónica.

Influido principalmente por la idea del leimotiv Wagneriano, Strauss narra increíbles historias en sus poemas sinfónicos, que siguen un argumento a veces creado por el mismo o basado en alguna obra o personaje existente, la manera de conducir las ideas es tan hábilmente descriptiva, que esta técnica sería la base de la creación posterior de música para cine, por ejemplo. Por otra parte, el trabajo tan detallista y dedicado, hacen de sus obras una exaltación de los sentimientos y la belleza.

Sin embargo, hacia comienzos del siglo XX, a pesar de su éxito y la influencia que ejercía en otros nuevos compositores tales como Debussy o Mahler, Strauss dejó de componer poemas sinfónicos y se tomó una pausa de algunos años para incursionar en la ópera. Esa decisión sería muy compleja, pues en Alemania después de Wagner, parecía imposible emprender esta tarea sin imitarlo, y por otra parte se consideraba que el género de algún modo estaba agotado. Aun así en 1905 se estrena “Salomé” basada en el drama de Oscar Wilde, y Strauss hizo estallar la polémica en todo occidente, pues sin previo aviso, creó una música que rompió todos los esquemas conocidos del sistema.

Una música cargada de disonancias, de sonidos estridentes, donde la línea de los cantantes dejaba de ser un lucimiento lírico y se convertía en un instrumento más que reforzaba la fuerza emocional de la orquesta. Era casi imposible reconocer el manejo tonal de la obra y menos aún encontrar alguna de sus características células melódicas como hacía en sus poemas. La música parecía tener por único propósito la carga y descarga de tensión escénica.

Más allá del shock que causó el estreno de esta obra, logró rápidamente éxito en toda Europa, y se consideró a Strauss el compositor más vanguardista del momento. Para 1909 compondría “Electra”, obra donde lleva a un extremo mayor este nuevo lenguaje, exaltando la mente de jóvenes compositores como Schoënberg, Stravinsky o Bártok, y causando un gran revuelo en Europa, que terminaría por aceptar que empezaba una nueva era. Hasta entonces no había existido un cambio tan drástico en el lenguaje, y más conociendo la producción previa del compositor.

Para 1910, el público esperaba con ansias el nuevo título de Strauss “El caballero de la Rosa”, grande sería su sorpresa, al ver que el compositor escribió esta obra en un lenguaje propio del estilo clásico Mozartiano, incluso lejano a sus poemas sinfónicos. Desconcertados con ello, el público alabó la belleza de la obra, pero Strauss manifestó abiertamente con esta producción que él mismo se asustó con la ruta que planteó en sus obras previas, y jamás volvería a retomar la vanguardia que el mismo creó.

Reconocido como un gran maestro, director y compositor Strauss siguió componiendo con esta idea “neoclásica” hasta la lamentable llegada del sistema Nazi, quién le dio cargos importantes como responsable de la música oficial. Strauss aceptó trabajar, pero a pesar de los riesgos que corría, fue crítico con el sistema, nunca aceptó la prohibición de la música creada por judíos, y él buscó el modo de conservar las obras de genios como Mendelssohn o Mahler. Tuvo varias represalias y para evitarse problemas dejó de componer. Su forma de pensar al respecto, queda plasmada en una carta que le escribió al célebre escritor austríaco de origen judío Stefan Zweig, al que a pesar de las prohibiciones, Strauss lo convocó como libretista para una ópera: ¿Cree usted que yo me conduzco en todos mis actos pensando que soy «alemán»? ¿Cree usted que Mozart era consciente de ser «ario» cuando componía? Sólo conozco dos tipos de personas: las que tienen talento y las que no lo tienen.

Para 1945, justo en medio de la caída del régimen, Strauss escribe una de las obras más hermosas de la historia: Metamorphosen, obra compuesta para 23 instrumentistas de cuerda, en la que retomando un tema de la marcha fúnebre de la sinfonía Eroica de Beethoven, Strauss dedica un epitafio a la caída de la cultura y tradición que hizo grande a su país y a Europa, y que por causa de una brutal guerra quedó reducida a cenizas. Este genio fallecería a los 85 años de edad en 1949.

Recomiendo empiecen a escuchar sus poemas sinfónicos, especialmente la “Sinfonía Alpina”, “Así Habló Zaratustra”, “Las travesura de Till Eulenspiegel”, así como las óperas mencionadas en el artículo.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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