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Entre la modestia y la belleza

Por Miguel Ángel Burciaga Díaz

Hacia fines de los años 30’s el pianista argentino Héctor Ruiz Díaz, escapaba con frecuencia de su atareada agenda de la gran ciudad de Buenos Aires para descansar en la provincia, en el hermoso campo argentino.

Ahí le gustaba convivir con un joven pianista de poco más de 20 años que tocaba la música para la parroquia de la provincia, había aprendido la música popular “de oídas”, como suele decirse y componía algunas canciones.

El joven estudiaba ingeniería química, pero Ruiz Díaz se sorprendía de la habilidad que el joven mostraba en el teclado, con esas manos gigantes que tenía. Para este muchacho la música era realmente solo un gran placer y no tenía mayor pretensión con ella, mientras que el pianista capitalino veía en él otro horizonte artístico.

Después de alternar tantas veces tocando a cuatro manos o a dos pianos, Ruiz Díaz convence a este especial músico de estudiar formalmente la música. Sin mucho entendimiento de las pretensiones del concertista, el joven viaja a la ciudad donde se inscribe en el conservatorio, para formarse como pianista y compositor, recibiendo clases nada menos que de Athos Palma, un renombrado maestro de armonía, composición y contrapunto.

Sin tener alguna ambición, el muchacho de provincia, empieza a ganar reconocimientos y becas, no solo por su talento pianístico, sino por la belleza de las piezas que hacía para piano y sus bellas canciones, en las que se respiraba la hermosura de los aires musicales del campo con la sutileza de un  meticuloso compositor.

Para el muchacho, la música era solo una expresión de placer, para Argentina, y en poco tiempo para el mundo, decir el nombre de Carlos Guastavino (1912 – 2000), era hablar de una figura de gran importancia.

Su prestigió creció tanto que hizo una gira por Europa, especialmente por Inglaterra y la Unión Soviética para difundir sus piezas. Lo cual lo pondría como un destacado exponente de la música argentina.

Guastavino debe ser el único caso de un músico de siglo XX, e incluso de la posguerra que fue aceptado y reconocido como compositor en círculos importantes a pesar de nunca haber adoptado ninguna vanguardia, pues su lenguaje siempre fue romántico en cuanto al manejo de la armonía y la melodía. Sin duda alguna, la gran defensa de Guastavino ante un sistema tan rebelde, era la belleza de su música.

Cuando el peronismo impuso que en todos los conciertos se tocaran obras de autores argentinos, aunque fueran intérpretes extranjeros, mientras los compositores se desbarataban entre sí por darles sus obras a los mejores pianistas del mundo que venían a Buenos Aires, ellos elegían las piezas de Guastavino, sin que éste intentara la mínima gestión.

Las canciones de Guastavino fueron tan famosas, que trascendieron el ámbito de la canción de cámara, para algunas utilizarse en el folclor argentino, o incluso en la balada pop tan en boga por los años 60’s o 70‘s,  muy famosa fue la polémica cuando el cantautor Joan Manoel Serrat quizo adueñarse de la canción “Se equivocó la paloma”, pero Argentina se levantó defendiendo a Guastavino, quien ni se inmutó por eso. Varias veces pasaron cosas así, pero él decía: “mientras se canten mis canciones, no importa que la gente sepa de quien son.”

Vivió modestamente, componiendo y trabajando como docente, amado y recordado siempre con alegría por todos sus alumnos, quienes evocan momentos en que humildemente pedía interrumpir la clase para mostrarles a ellos alguna nueva canción de él, a ver que opinaban.

Ganador de diversos premios internacionales y reconocimientos,  Guastavino muere después de sufrir sus últimos años a causa de un cáncer que no lo dejó levantarse nunca más.

Escuchen lo que puedan de él, especialmente sus canciones, que están grabadas con grandes intérpretes del mundo en diversos géneros y estilos, tales como “Se equivocó la paloma”, “la rosa y el sauce”, “Pueblito, mi pueblo”, Las indianas; obras como “Rosita Iglesias”, para violín y piano, entre otras.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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