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Instantáneas durangueñas o la sonrisa de la microhistoria – Primera Parte

José Ángel Leyva

La sonrisa de la microhistoria revela, en verdad lo que tal vez la mayoría de los escritores locales no ha descubierto, y quizás tampoco ha siquiera mirado. Durango es aún la mancha cultural y económica en el noroeste de México, donde los durmientes ferroviarios quedaron sembrados como fósiles de un sueño sin resolver y sin contar. Un estado enorme y desconocido, olvidado, ignorado incluso por sus propios habitantes y por quienes, por una u otra causa se vieron forzados a emigrar. ¿Cuánto en realidad conocemos, o ignoramos –según la perspectiva de la interrogante–, de esta región llamada Durango?
Tengo la impresión de que nuestros personajes aprendidos en la escuela, sólo crecieron tras su muerte, tras su desaparición, sólo han sido conocidos y reconocidos cuando la ausencia los ha hecho visibles porque han tenido una presencia relevante, trascendente en otros lugares del mundo. Suele decirse que Durango ha sido cuna y no escuela de sus personajes históricos, de sus figuras relevantes en el concierto nacional e internacional. Basta con haber sido paridos dentro de sus fronteras, y estar muerto, para ganarse el nombre de una calle, de una escuela, para dedicarles una escultura o hacerles brillar virtudes que en vida no fueron percibidas y menos aún destacadas. Pero eso, tal vez, pertenece al ámbito de lo oficial, de lo institucional, porque entre la gente de a píe sí se dan tales reconocimientos, sí hay conocimiento. (Los Revueltas, Nellie Campobello, Zárraga, Ceniceros, Fanny Anitúa, Dolores del Río, Andrea Palma, Julio Bracho, Ignacio Asúnsulo, y en general el panteón de hombres y mujeres ilustres)
Este libro, Instantáneas durangueñas, es un ejemplo de esta afirmación contraria a la inexistencia. El magistrado Juan Ángel Chávez ha puesto desde hace tiempo mucha atención e interés en revertir ese empeño del olvido de aquello que carece de importancia institucional u oficial. La Fundación Gy P y el grupo Cultura en Construcción abren la compuerta a la memoria popular, al quehacer cultural de los durangueños, dentro y fuera de su territorio. Nada de lo que se vincule a la entidad le es ajeno.
Juan Ángel Chávez, él mismo, es un narrador extraordinario, y eso sólo lo saben, o quizás tampoco se han percatado de ello, sus familiares y amigos. Es una fuente de información, de testimonios, de vivencias, algunas reales, y seguramente muchas fabuladas, ya por su capacidad inventiva, ya porque la memoria, y más el olvido, enriquecen el pasado. El licenciado Enrique Arrieta, es también una fuente muy rica de información sobre los episodios que corresponden a su biografía, y sin duda será también un notable narrador oral, lo advierto en su escritura. Hoy nos entrega este voluminoso ejercicio puntual de acontecimientos de un pasado cercano y remoto de los durangueños. Nos muestra como un geólogo, las marcas del tiempo en las diversas capas de la tierra. Desciende y asciende para comentar tales y cuales signos, tales o cuales sucesos. No sólo de la capital de Durango, sino de todas las regiones olvidadas. No vistas, pero sí registradas en las noticias, los chismes, los rumores y seguramente también en los libros. La nota periodística es, a todas luces, el mayor venero de donde extrae sus vetas. Hombres y mujeres de todas las calañas, de todos los niveles socioculturales, personas de arriba y abajo, desfilan por estas páginas que acusan una minuciosa y detallada labor de acopio y de registro, de redacción, de pesca y de pesquisa, de todo cuanto represente interés para el investigador, que ha asumido sin complicaciones su papel de ratón de hemeroteca.
Este título Instantáneas durangueñas, que son, es cierto, imágenes fotográficas muy puntuales de diversos momentos de la cultura en Durango, son también notas instantáneas que podrían conformar un corpus de brevedades informativas sobre la identidad, la pertenencia y el ser y acontecer en la historia grande y chica del estado y sus ciudadanos. Este título se suma al catálogo que la Fundación GyP ha venido conformando en torno a asuntos de microhistoria y de periodismo cultural. Pondría de ejemplo Benigno Montoya, historia en piedra, de Pilar Alanís, De aquel Durango al Durango de hoy, de Víctor Samuel Palencia, Velardeña, relatos de un pueblo minero de Chalío Salas, que es también un delicioso ejemplo de la riqueza oral de nuestros personajes, como así lo es también César Meraz del Dr, Rafael Ortiz Erzeños. Y ahora Instantáneas durangueñas, que es una contribución, un referente obligado, como lo son las obras mencionadas, para entender un poco más nuestra realidad, nuestro pasado y nuestro presente, y así poder imaginar o comenzar a entender por qué no hemos podido concebir un futuro distinto, un mañana en donde nos reconozcamos con mayor generosidad los vivos entre todos los muertos.

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