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La última escena

Se acercaba el fin del siglo y tambien el de las esperanzas por lograr perpetuar el prestigio de la ópera italiana, entre alguno de los afortunados a los que no les encarpetaban los proyectos estaba Giacomo Puccini (1858-1924), quien después de su ópera Manon había logrado salvar algo de la inversión monetaria de los productores.

Esperaban que este trabajo no muy explosivo en cuanto a éxito pero sustentable pudiera mantener con vida la nueva ópera italiana ante el fanatismo que causaban las tragedias Wagnerianas y los últimos compositores franceses, pero Puccini tardó tres años en entregar su nueva creación y para colmo el libreto inspirado en las desventuras y travesuras de un grupo de artistas bohemios que viven en la miseria no venía muy bien aspectado.

En fin, no había muchas opciones mientras Mascagni y Leoncavallo se esforzaban por lograr la gloria de sus solitarios éxitos unitarios, de modo que en 1896 se estrena “La Bohéme”, que resulta ser un éxito desmesurado, no solo en Italia, sino en el resto de Europa e incluso en los nuevos grandes foros operísticos como Buenos Aires, Moscú o Estados Unidos.

Una ópera magnífica más, y tal vez a esperar a otro genio efímero, aunque no estaba de más darle a Puccini una oportunidad más como a los otros, y así fue, después de otros tres años de espera, el nuevo ídolo presenta otra obra espléndida, “Tosca”, y de ahí parece que el sol renació para Italia, puesto que vino después “Madame Butterfly”, “La fanciulla del West” y el famoso “Tríptico”.

Verdi descansaba en paz, y Puccini pudo con la carga de tan pesada antorcha, dándole a Italia su merecido lugar de honor encima de todas las plazas operísticas hasta fines de la segunda década del Siglo XX, cuando Puccini muere en 1924 dejando inconclusa por una escena su monumental ópera Turandot, se sabe que la última página musical que Puccini escribió en su vida fue la emblemática aria de dicha ópera titulada “Nessun Dorma”.

La genialidad de Puccini radicó justamente en que fue el único compositor italiano que no tuvo recelo de estudiar las obras de sus grandes competidores: Wagner y la escuela francesa.

De Wagner, toma la idea del leimotiv y la música continua, solo que en vez de construir los temas de un modo tan abstracto, Puccini los realiza con la gran tradición melódica de su país, haciendo una música de un sinfonismo continuo y sin interrupciones en las escenas, que sonido a sonido acompañan, describen y anticipan la acción, a su vez que realza los momentos culminantes en sus expresivas arias. Esto acompañado de la fuerza e impacto dramático típico de la ópera italiana, sería un fortísimo atractivo para el público, y las bases para el naciente séptimo arte, que durante sus primeras décadas construiría sus secuencias basado en el modelo escénico de Puccini.

De Francia, toma la idea de monumentalidad y un manejo extremadamente sutil en la orquestación. La perfecta síntesis de los mejores elementos de cada tradición combinada con el genio lírico de Puccini, crean un lenguaje perfecto, de la mejor calidad y accesible a cualquier público, de hecho, es plenamente recomendable que si una persona quiere introducirse a la apreciación de la ópera, empiece por este compositor.

Junto con la vida de Puccini y el estreno de Turandot se cierra el telón para los más de tres siglos de esplendor de la ópera italiana, lamentablemente un movimiento político tan radical y terrible como el fascismo, así como la llegada de la Segunda Gran Guerra que obligarían al arte occidental a seguir nuevos caminos poco claros, darían fin a la creación del género operístico italiano, que nos heredó uno de los patrimonios culturales más valiosos de la humanidad, y que por ende debemos de aprovecharlo y aprender a disfrutarlo.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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