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Una noche para recordar

Por Miguel Angel Burciaga Diaz 

Jueves a la noche en la magnífica y luminosa ciudad de París, el calendario marcaba el día 29 del quinto mes de 1913, cuando el mundo occidental aún se regodeaba en la prometedora “avant – garde” del apenas infante siglo XX.

Que mejor ocasión para reunirse entre la crema y nata de la sociedad parisina, en el Teatro de los Campos Elíseos, donde acudían las celebridades, los intelectuales, la aristocracia, artistas, políticos y demas elementos de la agitada y cosmopolita vida de la innovadora capital francesa.

La gente miraba los carteles, un nuevo ballet de la exitosa compañía de los Ballets Rusos de Diaghilev, ¡Qué maravilla!, esa música de tierras exóticas, con escenografía y vestuario diseñados por la mano del célebre artista ruso Nicolás Roerich, una coreografía más del espléndido bailarín Vaslav Nijinsky y la tercera producción musical del joven revolucionario compositor Igor Stravinsky. Al hojear los programas y mirar tan sublime combinación de talentos la gente solo podía pensar que esa noche tendrían una cena lujosa en la que entonces era la ciudad más esplendorosa del mundo.

Esos relojes que tardan en marcar el momento de abrir el telón para que cesen esa explosión de cuchicheos de tan ansiosa expectativa al haber visto los prodigios del Rey Katchei en el “Pájaro de Fuego” o la vibrante danza del pícaro “Petrushka” en los dos últimos años. Hoy anunciaban escenas de la Rusia primitiva, esa tierra tan exótica y salvaje para los franceses, ¿qué sería de ella antes de los zares? ¿Qué otro mejor modo de alimentar la curiosidad de la que ya se consideraba una sociedad tan moderna y que el cambio no la impresionaba?

Se abre el telón, hermoso paisaje colorido del fondo, de tonalidades verdes y amarillos brillantes, es un instante de placer a la vista de no ser por eso que suena, ¿Qué es?, arrancó la música con una especie de flauta, no esperen es un oboe, no, clarinete con… no, un fagot dicen unas personas, un fagot llorando en los agudos ¡qué mal gusto! Susurran en un palco, ¡qué genial! Dicen a la orilla de la platea. ¿Irá bien la orquesta? De repente se superponen decenas de melodías, ¡seguro se cruzaron los músicos! , ¿Será así la música?

Otra vez el fagot, ya se sabe que lo es, y ahí vienen las bailarinas, atuendos extraños que a pesar de lo novedosos pasan desapercibidos ante esa serie de saltos geométricos e inexpresivos ¿Dónde está la elegancia, las puntas, la plástica? ¡Espléndido! Dicen en la galería, ¡Espantoso! Suena en las filas delanteras. 

Empieza una guerra de murmullos, silenciada por esas bombas explosivas de agresivos acordes que brotan de la orquesta, pero solo por poco tiempo, los ánimos se desatan en el público, empiezan a gritar, a amenazarse, unos aplauden, otros rechiflan, algunos solo se van.

Cierra el telón del primer acto, esto ya no es París, la ciudad elegante, el refinado teatro parece una taberna escandalizada, traigan policías que la gente pasó de las palabras a los gritos, de los gritos a los insultos y de los insultos a los golpes.

El ballet sigue su curso, el escándalo ya no cede, la música ya ni se escucha en medio del griterío de las butacas, la gente lo tomó a personal, unos se desafían hasta a duelos de honor, no hay modo, las opiniones son los extremos o se trata de la obra revolucionaria más genial de la historia o de la peor basura que se haya podido subir a un escenario.

Stravinsky se asomaría curioso del escándalo a través de la cortina y recordaría “en medio de ese tumulto indescriptible me sorprendió que el director de la orquesta seguía haciendo su trabajo impávido como un reptil tomando el sol”.

El escándalo de esa noche sería una gran anécdota, que acompañaría una de las obras más geniales de todos los tiempos, que a su vez fuera el primer ballet contemporáneo de la historia.

“La Consagración de la Primavera” cambió la música, es un parteaguas como hay pocos en la historia. Fue referente para todos los compositores de aquél entonces y los que vendrían en las próximas décadas. El aliento que los nuevos creadores tomarían para animarse a presentar sus innovaciones. Después de esta obra la música tomaría un rumbo definitivo sin retorno que inundó el espíritu de los creadores de todo el mundo.

A pesar de ser un desafío para cualquier orquesta, para cualquier director, esa fuerza, ese vigor, esa magia de cada sonido, no es más que una invitación para ser cautivados por ella, como lo hacen las verdaderas obras maestras.

Sólo escúchenla, es una obra fascinante, una música fuera de serie, sin duda una de las obras de arte más geniales de todos los tiempos.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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