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El telegrafista

El telégrafo, palabra que viene del griego “tele” que significa lejos, y “graphos”, escribir, y que junto sería algo así como escribir lejos, forma parte de una tradición en la asistencia de servicios de comunicación que duró vigente 155 años. Este peculiar medio,  a través del cual se enviaban mensajes por medio del sistema Morse, que era un lenguaje de puntos y rayas, marcó toda una época de historia en nuestro país.

Por su parte, los telegrafistas, eran quienes manejaban el telégrafo. Su oficio era tan importante, que durante la época revolucionaria, con la finalidad de agilizar la comunicación utilizando la tecnología, Francisco Villa, como todos los generales, siempre era acompañado de uno de ellos.

Los mensajes eran enviados por un emisor que los escribía, y un receptor, que los descifraba, y cuyo código Morse, manejaban ambos telegrafistas a la perfección. Los peculiares sobres y la hoja donde se escribía el cuerpo del mensaje, ya escrito en lenguaje normal, de verlos invitaban a no demorar. Las noticias que en sí llevaba eran para atención inmediata, por algo, quien las envió prefirió utilizar este medio y no el correo, ya fuera para anunciar un nacimiento, un deceso, una oferta de trabajo o una noticia que requería que la persona se trasladara de inmediato a algún lugar .

Mi primer acercamiento con el telégrafo fue en mi niñez, cuando acompañaba a mi tío Mecho a la terminal de tren a recoger la correspondencia en mi pueblo natal. En ese lugar, el jefe de estación, fungía también como operador del telégrafo. El peculiar ruido del aparato, hacía volar mi imaginación. La oficina era pequeña, con techos altos de vigas y dos grandes y hermosas fotografías a blanco y negro colgadas en la pared lateral, en donde se apreciaban unas nubes espumosas que levitaban entre la serranía y las vías del tren.

Un elegante mostrador alto color café oscuro era donde se despachaban los boletos para viajar en ferrocarril. Al  fondo se podía observar un sobrio escritorio donde yacía el telégrafo. El mobiliario hacía juego con las ventanas de herrería en forma de barrotes, y eran el escenario perfecto para regresar al Porfiriato, cuando el telégrafo recibió su máximo impulso y tuvo su época de oro. En ese tiempo se instalaron 35 mil kilómetros de líneas y se inauguraron 472 oficinas públicas en todo el país.

El primer telégrafo que hubo en Durango, lo documenta Xavier Gómez, lo estableció don Miguel Gómez Vázquez, abuelo de él, desde Zacatecas. Se inauguró el 16 de septiembre de 1870. Asimismo, menciona que la primera torre inalámbrica instalada en el Calvario, nunca transmitió ni recibió mensajes. La tumbó el aire en 1914. 

Por su parte, los cables del telégrafo, antecesor de los medios de comunicación que hoy conocemos como: radio, internet, televisión y teléfonos celulares, fueron utilizadas entre los años 40’s y 50’s para instalar los teléfonos. Con el paso del tiempo, el telégrafo que antes fuera punto focal en las principales ciudades del país, terminó siendo relegado a las poblaciones más alejadas.

La primera línea telegráfica en nuestro país fue inaugurada el 5 de noviembre de 1851, por Mariano Arista, Presidente de la República, acompañado por Juan de la Granja, como Gerente General de Telégrafos. El primer telegrama fue transmitido de Nopalucan, Puebla, a la ciudad de México con el siguiente texto: “Pasó correspondencia extraordinaria del Paquete Inglés”. El 22 de diciembre de 1992, 141 años después, teniendo como escenario los mismos puntos donde comenzó, se envió el último telegrama en sistema Morse  con el mensaje “Adiós, mi querido Morse, Adiós…”. Hoy en día, este sistema únicamente se usa para fines militares.

Hoy en día, los telegramas sólo quedan en la memoria de quien alguna vez utilizó este servicio. Por fortuna, aún conservo algunos de los sobres que los telegrafistas utilizaban para enviar ese mensaje urgente, y sé que en la CDMX existe el Museo del Telégrafo, donde muestran la evolución desde el telégrafo hasta el satélite y realiza talleres y exposiciones, el cual en la primera oportunidad pienso conocer.  

Cuando me pongo a pensar que décadas atrás el telégrafo era de los últimos adelantos en tecnología, y los telegrafistas, a mis ojos de niña, hombres superdotados de sabiduría, echándole un vistazo a la época actual, considero que no es muy loco pensar que un día podremos teletransportarnos.

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