🖊Opinión | A mis Maestros VI (y última)

-Oye we. Pues ya estoy listo para que me cuentes esta última parte de tus andanzas estudiantiles; pero sobre todo para mis dos órdenes de tacuches de triplay como habíamos quedado…-; Simona la Cumplida mi sin igual Parásito…; – no empieces a insultarme, yo que espero con ansias escuchar tus cuitas, y tú que te la pasas tratándome como si no te doliera -. Y cómo por qué tendrías que dolerme sin vergüenza; mejor déjame termino de contarte antes de que salgas con algo más; pero te advierto que sólo te pago las dos órdenes y ya. – Venga -.

Pues con esa parte que contaste de “La Araceli”; me hiciste recordar a varios maestros de secundaria que también eran bien manchegos. Dos de ellos eran de matemáticas que, dicho sea de paso, jamás me resultaron atractivas. De hecho, por uno de ésos maestros, terminé odiándolas más.

En la secundaria comencé a vivir el hostigamiento magisterial gracias a la “Neruda” de mi hermana mayor; que ya había comentado, iba un año adelante que yo. Y pues hay que reconocer que la primer hija adoptiva de mis Sacrosantos Jefecitos, siempre ha sido muy “matadona” para el estudio, cosa contrastante con el que esto suscribe…; – con quién we…-; ya se me había olvidado que eres medio wey Alter. – Pues habla bien pinche pelochas, no andes invitando a otros suscritos…-; ¡Ay ya! Déjame continuar.

Pues resulta que cuando llegué a aquella secundaria, que por cierto se cayó ahora con el terremoto de septiembre de 2017…; – no manches, ¿neta? -; Simona la Temblorosa. Recuerdo que en 1985, me tocó aquel terremoto, cuando apenas iba en camino hacia aquel centro del saber; afortunadamente en aquella ocasión quedó de pie, no así en ésta; pero sigo.

Cuando llegaba a alguna clase y los maestros, no todos, pero sí una gran mayoría, pasaban lista y veían mis apellidos soltaban la perorata que me siguió como sombra durante mi estancia en esa escuela: “¡Espinosa López! Espero que sea igual de dedicado que su hermana. Ella es una buena estudiante, ojalá que usted sea como ella; ya ve está en el cuadro de honor”; – ¡Tsss! Eso cala we…-; pues sí, pero pues yo ni tardo ni perezoso les dejaba claro que yo era un alumno que batallaba para sacar buenas notas y que prefería que no se fueran encariñando con la idea de verme en un “cuadro de honor” a mi paso por esos lares; que se conformaran con una de la familia.

En realidad mi paso por la secundaria, fue algo complicado por varias razones. Así como tú te la pasaste de holgazán en la primaria por tu padecimiento, pues ya te imaginaras que yo también los tres años me los pase en la banca, sin poder hacer nada de ejercicio y por ello, mi vicio, se fue acrecentando. Me encantaba escribirle a alguna compañerita que me gustara…; – quién te viera mi cabeza aceituna. Y a poco sí te latían las chamaconas…-; pues claro, a esa edad ya dejas de ver a las compañeras con los ojos biscos, cachetonas, greñudas y todo lo que argumentan los niños sobre el sexo opuesto. Pero también comencé a ser objeto de lo que ahora llaman “Bulin”. Desde primero, hasta tercero un “compañero” me agarró de bajada; la tónica era llorar, hasta que un día, después de brincar sobre el portafolios que con tanto sacrificio me había comprado mi padre; tome la decisión de hacer algo. A la siguiente ocasión cerré los ojos y de un puñetazo le partí el hocico. Santo remedio, con eso tuvo.

Otro recuerdo es que en primero, ya avanzado el ciclo, llegó una compañerita nueva procedente de Colombia; sus papás eran médicos y había llegado a trabajar al hospital cercano a la secundaria. – Y qué mi galán  ¿fue tu novia verdad? -; no mi Alter, pero fue mi inspiración por mucho tiempo, hasta que se hizo novia de un compañero de otro salón. Pero sabes que fue lo que más me caló…; – qué fue mi galán frustrado -. Que cuando terminamos la secundaria ellos se iban a regresar a su país, se despidió y me dijo: “sabes que me hubiera gustado haber sido tu novia; pero pues parece que nunca te importé”…; – no manches pinche pelón ¿Neta? -; si we, pero la verdad estaba muy meco y sólo me conformaba con escribirle. – Pues qué vergüenza me das -; no importa, no ha sido la única con lo que me paso eso jejejeje.

Pero esto si está de cura. Porque el maestro que te digo de matemáticas que me hizo odiarlas aún más; tenía una peculiar manera de pararse frente al grupo, en segundo. Se tomaba las dos manos, las entrelazaba, se las llevaba a la boca y comenzaba a silbar. Nunca entendí la razón de su animadversión para conmigo, pero desde el primer día me obligo a ser su guarda borrador y gises y ¡Pobre! Si los llegaba a olvidar…; – nunca los olvidaste…-; pues si a la fecha olvido en dónde dejo estacionado mi carro ¿Tú por qué crees que no habría de olvidar una pinchurrienta bolsa con gises y un borrador?…; y que te hacía we…-; pues hacia su ademán acostumbrado con las manos, bajaba la cabeza con la mirada fija en aquel pobre mozalbete y lanzaba su enérgico castigo: “sin excusas 500 ejercicios de Baldor para la siguiente semana y si sigue olvidando mis gises se le van a acumular”…; – qué weva we ¿y nunca se te acumularon los castigos? -; pues no, pero descansaba una semana y a la siguiente la pinche bolsita se me volvía a olvidar. – Neta que si estabas rete wey desde entonces; me imagino que ya nunca lo volviste a ver después de salir de la secundaria-; te imaginas mal, Zángano; con esto termino.

Pasados ya varios años; yo ya me dedicaba a dar clases de karate en el club Deportivo del Cruz Azul, y en un curso de verano me llegaron, retrasadas en tiempo, tres simpáticas niñas que se me hicieron harto familiares. Las cuestioné sobre su progenitor, resultó que era dicho maestro baldoriano y le mandé saludos. Al día siguiente, llegó tan ilustre caballero a saludarme; charlamos un buen rato y me explicó que lo de los ejercicios del Baldor, era por mi bien, porque ya tenía referencias de su homóloga de matemáticas que tuve en primer año y así pretendía quitarme lo olvidadizo. – Chale. Y qué le dijiste al we -. Entrelacé mis manos como si fuera a silbar, me las lleve a la boca y antes de silbar le dije: “Aquí yo enseño a ser disciplinados, y la puntualidad es parte de la disciplina; son menester 500 sentadillas, lagartijas o vueltas a la cancha y no por semana, sino diarias; así que no me vuelva a traer a sus hijas tan tarde por favor”. 

– El karma we; y lo cumpliste -. No mi Pelafustán; las pobres niñas no tenían la culpa de haber tenido un jefe tan ojeis conmigo; pero de que las niñas comenzaron a ser las más puntuales, eso te lo firmo ante notario jajaja. – Te pasas we. Oye ya tengo hambre; vámonos por mis tacuches -. Sí, pero primero lava los trastes, barre, trapea, dobla la ropa limpia y termina de acomodar tu desorden y nos vamos. – Pinche pelón hojaldra, te vas a hacer wey verdad…-; ¿Qué estará haciendo la colombiana en estos momentos? ¿Se acordará de mí?…; – Te estoy hablando.

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