🖊Opinión | La Mandamás II

-Qué onda ese Tío Lucas, ya me vas a seguir contando lo que le hiciste a tu Mandamás aquel día que te hizo berrinche we…-; primero se saluda Mequetrefe…; – buenos días estimados lectores. Listo we, ya me vas a seguir contando…-; de verdad que contigo me desespero tanto como con ciertos personajes que, como diría el famoso Don Ramón “no pueden ser más brutos, porque no son más grandes”. – Y ahora ¿Qué te hice? ¿Por qué me estás insultando? Si amaneciste de malas no es mi culpa…-; Ah no, entonces de quién…; – pues los personajes a los que me imagino que te refieres, dirían que: ¿De Calderón? ¿De Fox? ¿De Peña? ¿De la mafia del poder? ¿De los corruptos? ¿De los conservadores? ¿De los fifís?…-; ay, ya cállate, cállate que me desesperaaasss; mira nada más, me haces que esté diciendo tonterías como tú. Ya deja te cuento porque si no me estarás jorobando como Cacapet en mi muro de “feis”.

Te decía que la primera vez que pude ver y salir con mi Mandamás, después de algunos meses de no poder hacerlo, por razones más…; – pendejas -…; pues yo iba a usar otro término, pero ahora que lo dices, pues sí, efectivamente por ese tipo de razones solapadas por un “buitre” de esos que suele haber en los juzgados y se les llama “Señoría”; pues acudimos a Diversia; ya te comenté que era un lugar de diversión infantil.

También te dije que en ese lugar había una maquina de la cual salían unos patitos a los cuales les tenías que pegar con un pequeño mazo de hule y, por cada golpe que le atinabas, pues te daba puntos. Se acabó el tiempo junto con el poco dinero que circulaba por mis bolsillos; así que, con mis últimos pesos en la bolsa, y mi paciencia a punto de ser puesta a prueba, tomé la diminuta mano de mi Mandamás para encaminarnos a la salida de aquel lugar repleto de pequeños futuros ludópatas. – ¿Lu… qué? -. Lu dó pa tas, personas adictas al juego, principalmente de azar en donde hay apuestas y un deseo incontenible de seguir jugando. – Muy bien, continúa -.

Pues que inicia uno de los capítulos más interesantes de mi papel como progenitor. Por un lado aguantar el dolor que como padres siempre nos genera ver el sufrimiento y lágrimas en nuestros pequeños; pero, por otro lado, el pensamiento fugaz para actuar de la manera más prudente y que coadyuve para no repetir esas escenas.

Al tomarle la mano e invitarla a ir por su jugo y unas galletas ¡zas!  Que empieza a hacer su primer y único berrinche que me ha hecho en su vida. Se convirtió en el típico enano que comienza a gritar como desaforado, tumbándose en el suelo, comenzando una larga rutina de pataleos y manoteos contra el suelo; gritos que bien podrían dejarte ver que podría ser un buen barítono.

Y al ritmo de “quiero más patos… Quiero más patos” comenzó la que sería la mejor enseñanza que en su escasa vida, iba a tener…; – Pues qué le hiciste we…-; nada, ya te dije que yo no hice nada. Las circunstancias lo hicieron todo.

Después de unos minutos de aquel intento de extorsión infantil, y de que yo, con un nudo en la garganta por ver a mi Mandamás en esas circunstancias por la falta de dinero; tuve que aguantar el hostigamiento de los guardias de seguridad: “por qué está haciendo llorar a la niña… Por qué no la atiende… Se me hace que la sustrajo de su casa… Padre desconsiderado, no ve que se está golpeando contra el suelo… no siente feo como lo agarra del pantalón pidiéndole que no la haga llorar” y un sin fin de acusaciones sin ton ni son; y no fue hasta que uno de ellos agarró su radio y pidió la presencia de una patrulla “por un sujeto que está maltratando a una menor”…; – no manches we, neta ¿Te atoraron?…-; no mi Alter. No me atoraron. Me hicieron el favor más grande porque, cuando la Mandamás escuchó que pidieron una patrulla, el semblante le cambio, pues uno de los guardias me quiso tomar por la parte trasera del pantalón “para que no se vaya a pelar”; en ese momento la Mandamás se levanto del suelo, me abrazo de la pierna y comenzó a decirles a los guardias que no me hicieran nada, que era su papito y que estábamos jugando; cuando me acuerdo de eso mi Alter, no puedo evitar el nudo en la garganta, de ver la actitud de mi pequeño torbellino, que me vio vulnerable ante esos hombres que sólo cumplían con su trabajo.

Ese día Mequetrefe, mi hija entendió cuando ya, camino a casa, le explique que las cosas jamás se conseguían de esa manera, y que yo siempre le iba a dar lo que mis posibilidades me permitieran. Desde entonces la criatura me preguntaba: “¿Tienes dinerito para que me compres algo papi?; y, hasta la fecha, a sus 16 años, me sigue preguntando si tengo la posibilidad para comprarle algo. Así es como se le puso fin a una carrera de berrinches a fin de conseguir algo; una manera, cuasi normal, en que los niños suelen actuar.

– Ya sé cómo voy a hacerle para que me compres unos tacuches de triplay we. Me voy a poner a hacer berrinches…-; a ti si te rompo el hocico mendigo Haragán. Ya vámonos. – ¡Ay sí! A mi Mandamás lo que quiera; y yo qué, yo tengo que cargar contigo siempre. Pinche culei -.

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