🖊Opinión | Resolver problemas… cambiándoles de nombre

Chayotero y golpista son dos adjetivos que se usan con frecuencia para agredir o descalificar a periodistas, específicamente a los que se atreven informar noticias o datos que incomodan al gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Cualquier medio de información o comunicador en lo particular que publique alguna noticia que ponga en evidencia dislates, mentiras, incumplimientos o corrupción del actual gobierno federal, el de la llamada Cuarta Transformación, es tachado como vendido, conservador, neoliberal y una serie de calificativos o denuestos.

Son frecuentes las noticias que demuestran la ineptitud, las malas decisiones e incluso la corrupción de funcionarios y políticos lopezobradoristas y la norma ante esta tipo de información es atacar a quien la presenta. No la desmienten porque por lo regular no se puede, no dan una réplica sólida, no argumentan una respuesta… sólo atacan.

Y sí ya hay una sentencia de ataque para cualquiera que publique noticias incómodas para AMLO y su 4T, peor aún es el juicio para el periodista de opinión que se atreve a estar en descuerdo, para el que se expresa y para quien opina algo inconveniente para el actual régimen.

Y en esta nueva forma de gobierno, como no ha sido posible cambiar la realidad, se ha optado por cambiarle de nombre a las cosas.

Se había prometido, por ejemplo, eliminar todas las delegaciones de las distintas dependencias del gobierno federal en todas las entidades del país. Es evidente que no se hizo, pero para el nuevo régimen ya se cumplió, porque… les cambiaron de nombre.

Siguen las mismas estructuras, pero ahora ya no se llaman delegaciones, se les dice “titular del órgano de operación administrativa”, coordinador, enlace, representante o algún otro título, pero al final es lo mismo.

Lo que antes se denominaba militarización, ahora es lo mismo pero se le dice Guardia Nacional y facultad del Ejército para intervenir en seguridad.

En más de una ocasión cuando ocurrieron incidentes de saqueo y robo, el gobierno les llamó actos de hostilidad. Y cuando se debió hablar de sanciones en las mañaneras se dijo que procedía el diálogo.

Cuando se ha informado de irregularidades, desde el gobierno se dice que es difamación.

Si algún ciudadano emite o expresa críticas al gobierno, se le llama golpista.

En un episodio reciente vimos una muestra de servilismo ante Donald Trump, pero a la abyección la 4T le llamó “dignidad”.

A la visita de AMLO a los Estados Unidos, con mucha pena y nada de gloria se ha tratado de hacer ver como un “logro”; como al presidente no le fue mal, entonces le fue bien. Tan pobres son los resultados de su gobierno que a esta visita se le considera eso, todo un logro.

Un caso notable es como las decisiones del gobierno federal han propiciado el crecimiento y la propagación de la pandemia de coronavirus, la gráfica de contagios y muertes apunta hacía arriba y sigue en ascenso, y a eso le han llamado “aplanar” al acto de ver cómo todo se sale de control le llaman “dominar”.

Ya antes se había visto cómo no hicieron lo necesario para garantizar el abasto de medicamentos, lo que dejó en grave riesgo especialmente a niños con cáncer, pero a la negligencia le llaman “austeridad”.

Y a la hora de hablar del empleo, resulta que se contabiliza como nuevas plazas laborales lo que en realidad son dádivas o beneficiarios de los programas clientelares.

¿Régimen?

Habrá quien acote que en realidad no ha habido un cambio de régimen, que el país sigue funcionando bajo la misma constitución, las mismas normas y la misma forma de gobierno. Pero en la realidad hay cambios evidentes; ciertamente la norma fundamental, la Constitución, se mantiene, sin embargo en la práctica hay un nuevo sistema que va consolidándose, un modo absolutista de gobernar en el que las leyes se obedecen sólo si gustan al mandatario o si él considera que son justas. Un nuevo esquema en el que los órganos reguladores, los contrapesos del gobierno están siendo desmantelados para que nada se interponga a la voluntad del presidente; se está construyendo un auténtico nuevo régimen en el que la meta del gobernante es destruir al organismo encargado de las elecciones y crear uno a modo o al menos integrar al actual con personas a su gusto y conveniencia. Un nuevo régimen en el que el Congreso ha dado claras muestras de abyección y de sometimiento. Un poder sometido al otro y con la idea de someter también al Judicial.

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