🖊Opinión | Solemnidad de la Ascensión del Señor

“Se fue elevando

a la vista de ellos”

Hch 1, 9

Este domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuyo relato es descrito por San Lucas al inicia del libro Hechos de los Apóstoles, iniciando así la narración de lo que hizo el Señor en los inicios de la comunidad eclesial, a través de  la gran tarea misionera de sus discípulos, modelos de misioneros para nuestro tiempo.

En primer lugar, se menciona el tiempo transcurrido desde la Resurrección hasta la Ascensión: Durante cuarenta días se dejó ver por sus discípulos y les hablo del Reino de Dios. Es bien sabido por nosotros que el número 40 en el lenguaje bíblico significa un tiempo especial de preparación, basta recordar el diluvio cuya duración fue de 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 días…Con ello debemos entender que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús y entender los misterios del Reino de Dios,  de igual manera la Iglesia durante la cincuentena Pascual a través de la liturgia de la Palabra nos va instruyendo sobre quien es el Señor Resucitado. No es fácil entender y aceptar el Misterio del Resucitado, se necesita la fortaleza del Espíritu Santo.

Este tiempo de confinamiento por la situación peculiar que vivimos es una oportunidad para preguntarnos sobre nuestra fe y sobre nuestras convicciones. ¿Realmente hemos entendido y aceptado el mensaje de Jesús? ¿O solamente nos preocupamos por las realidades transitorias y utilizamos la fe para solicitar el favor de la divinidad? Así lo muestra el relato de la primera lectura cuando los discípulos preguntan: Señor ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?

Los discípulos de Jesús no habían logrado entender el Misterio del Reino de Dios, por eso su preocupación. ¿Cuándo será el día en que Dios actué con un prodigio maravilloso y resuelva los problemas que nos aquejan?

Cuando la fe no ha madurado, la esperanza en Dios es similar a quien espera ingenuamente que el gobierno haga que por arte de magia los pueblos progresen. Una fe infantil nos lleva a ser dependientes de falsas expectativas, nos hace vivir en un asistencialismo espiritual que justifica nuestra falta de compromiso y responsabilidad.

Por eso la respuesta de Jesús es clara: A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda los llenará de fortaleza y serán mis testigos…

¿Soy un Testigo? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos en medio de esta situación peculiar que vivimos ¿realmente somos Testigos del Señor Resucitado? ¿somos constructores de su Reino? ¿O solo rezamos esperando que las soluciones caigan del cielo?

Si realmente creemos en el Resucitado debemos cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). No solo quedarnos mirando al cielo. Jesús, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8); siendo rico, eligió́ ser pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos-misioneros.  Poniendo nuestra confianza en Dios, a pesar de que en el horizonte de nuestra misión, el escenario sea desafiante. En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio. Ser creyente, ser testigo significa compromiso y acción. Esto significa que tenemos que pasar de las palabras a seguir el ejemplo de Jesús, que iba de ciudad en ciudad y de aldea en aldea, pero también entraba, como misionero, al seno del hogar  y de los corazones, porque esa es la manera de conocer las realidades que viven las familias.

Ser testigo exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (cf. Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (cf. Mc 10, 13-16), que sana a los leprosos (cf. Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (cf. Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11), que habla con la Samaritana (cf. Jn 4, 1-26). Todo esto lo encontramos como misioneros, que recorren los caminos de las comunidades, como lo hace un sacerdote, entregado en su ministerio con sus agentes de pastoral en los lugares más alejados, en las poblaciones con densidad de habitantes, en las periferias sociales y existenciales.

Para configurarse verdaderamente con el Maestro, es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor, “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, “reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13, 35). El fruto de esta amor a Dios se manifiesta en la preocupación y ocupación por los hermanos; la orden de Jesús es clara, antes de subir al cielo, “vayan y hagan discípulos”. Después de esta tarea, ya sabemos el camino al final y la meta de nuestra vida, y Él nos lo ha marcado con su Asunción.

Queridos hermanos no tengamos miedo, Cristo Resucitado estará siempre con nosotros, Él ha empeñado su Palabra, que el miedo nunca nos paralice. A son Pablo le dice cuan tenía que evangelizar una ciudad plagada de libertinaje, en Corinto: “Habla y no calles, porque yo estoy contigo, y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte” (Act. 18, 9-10). El Señor es nuestro auxilio en cualquier circunstancia. ¡Animo!

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