🖊Opinión | Su Alteza Serenísima

Con mucha frecuencia leo y escucho la frase “ya déjenlo trabajar” en referencia a las críticas que algunos hacemos sobre el desempeño del presidente Andrés Manuel López Obrador. Mi primera reacción había sido pensar que a López no le importa ninguna opinión que no sea la suya, hace siempre exactamente lo que el quiere y espera que todos actúen en consecuencia, que le digan sí a todo y le aplaudan. Me equivoqué.

La experiencia nos ha mostrado cómo las opiniones de los demás, desde luego unas más que otras, sí le importan al ciudadano presidente y lo que es más, esas opiniones efectivamente no lo dejan trabajar; más propiamente dicho, el presidente no trabaja por estar atento a la opinión pública.

Con un poco de sentido común se entiende que opinar, pensar y expresarse no deberían interferir con los quehaceres oficiales de alguien tan importante como el primer mandatario. Y si se trata de una opinión ni siquiera debe notarla, el problema ocurre cuando se trata de miles de opiniones coincidentes que se expresan de manera abierta y, cuando algunas de esas formas de pensar son retomadas y planteadas por personajes que tienen una alta visibilidad, es decir de generadores opinión, influencers, periodistas prestigiados, artistas destacados y como el propio AMLO los llama intelectuales orgánicos.

Y es que López sigue dedicando gran parte del valioso tiempo del Presidente a quejarse porque se habla mal de él. Espera que se hable bien pero solo porque lo exige, no porque se lo haya ganado.

Y claro que hay quienes hablan bien de él y le aplauden, las cámaras de la audiencia pública mañanera muestran todos los días en primera fila a los tres “periodistas” que sí le aplauden, lo defienden y lo elogian. Otros más lo hacen en redes sociales y en algunos espacios de los medios.

Pero cuando el señor López agarra parejo y difama, cuando acusa que todos los que no hablan bien de su “Cuarta Transformación”, o a quienes se atreven a cuestionar sus decisiones, de que son chayoteros, vendidos, conservadores y toda la sarta de adjetivos que se sabe, es donde no se le puede tolerar. Seguramente los hay, pero el señor no ha actuado contra ellos y menos ha presentado una sola prueba; cuando salió alguna vez con contratos millonarios escandalosos, resultó que con todo y las interpretaciones,  legalmente estaban sustentados en la compra de publicidad.

Es claro que su audiencia pública diaria también es tribunal y cadalso. Ese formato a través del cual gobierna como los monarcas de la antigüedad, que en audiencia y desde el trono iban dictando órdenes, decisiones, escuchando a algunos privilegiados súbditos e impartiendo justicia, ha servido en numerosas ocasiones para señalar y ordenar el linchamiento hacia alguno de sus adversarios como el llama a los ciudadanos no sometidos.

El presidente lo sabe y por eso lo hace, cuando desde su púlpito ataca a algún periodista, empresario, artista o a quien sea, las huestes de seguidores, reales y bots, se le irán encima a aquel que caído de la gracia de Su Alteza Serenísima. No pocos han sufrido el linchamiento, primero e inmediato en las redes sociales, con todo tipo de agresiones, ofensas y hasta amenazas. Sabe que sus deseos son ordenes cuando juzga y sentencia.

Y cuando se habla de “quemar” en las mañaneras a alguien que no se ajusta a sus deseos, con o sin razón, es seguro que ocurrirá la ejecución, la hoguera de las redes sociales se encarará.

Su forma de ayudar a los pobres es la caridad; darles dinero para que coman al día, para que lo vean como el amo generoso. Y lo que criticaba como pecado en sus antecesores en él es permitido, incluidas las obras faraónicas e inútiles.

Su Alteza Serenísima gobierna por decretos, el trámite legislativo para él es un engorro, pero cuenta con la mayoría servil que hará su voluntad y le dirá que la hora del día es la que él disponga.

Twitter @MCervantesM

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