🖊Opinión | XIII Domingo Ordinario

El que no toma su cruz, no es digno de mí

Mt  10, 37-42

Este texto del evangelio es la parte final del Discurso Misionero de Jesús, donde proclama los estatutos de los predicadores misioneros del Reino.

El que ama a su padre o a su madre no es digno de mí.

Para comprender estas palabras tan exigentes de Jesús hay que tener en cuenta lo que dice dijo hace ocho días, sobre el miedo. Jesús ha dicho que seguir su obra trae muchos riegos, incluso perder la vida. Este aviso puede provocar en los discípulos el desconcierto. Llegarán momentos en que los apóstoles, y todos los cristianos, tendrán que optar, por seguir la Misión o abandonarla. Ser cristiano implica hacer opciones fundamentales que traen consigo renuncias.

El que no toma su cruz, no es digno de mí.

Esta frase clarifica mucho mejor la enseñanza de este domingo. Jesús no promete grandes premios y reconocimientos, por el contrario, presenta el drama de la Cruz. Jesús habla con realismo a sus seguidores de tal manera que previene a sus seguidores, de aquello que asume un verdadero discípulo del Señor. Amar a Jesús más que a la familia ya lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Lo que ahora exige Jesús es infinitamente más duro: cargar con la cruz. ¿Hay que interpretarlo al pie de la letra o simbólicamente? Simbólicamente, pero con repercusiones prácticas: hay que estar dispuestos a cargar con ella y marchar adelante. 

Conviene advertir que el amor a la familia y el amor a Jesús no se excluyen ni se oponen. Son compatibles, con tal de mantener la escala de valores adecuada. Los hijos de Zebedeo abandonan a su padre, pero la madre los acompaña e incluso le pide a Jesús un favor especial para ellos. María, al menos según la versión del cuarto evangelio, está al pie de la cruz. El Señor habla del seguimiento, y plantea la alternativa de tener que elegir a Jesús y la propia familia, entre Jesús y la propia seguridad, entre conservar la vida o perderla por El.

En cuanto a «cargar con la cruz», conviene recordar «Unas veces Dios te dejará, otras veces el prójimo te pondrá a prueba, y, lo que es peor, con frecuencia no sabrás aceptarte a ti mismo, con lo que serás para ti una cara insoportable» (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, libro II, capítulo 12). La exigencia de romper con las propias seguridades viene simbolizada en la actitud de tomar la cruz y seguir a Jesús.

En un tiempo donde los principios ético-morales rápidamente se disuelven es de vital importancia hacer opciones fundamentales y asumir las consecuencias de nuestras opciones. Por eso Jesús propone un cambio en la escala de valores de los Discípulos, siempre radical: conservar la vida es perderla, y perderla por Él es conservarla.

La dignidad de la persona humana se mantiene en pie gracias a la coherencia de vida. Hoy debemos preguntarnos si estamos convencidos de nuestra fe en Jesús y si nuestra fe corresponde con nuestro estilo de vida. Realmente abrazamos la cruz o simplemente nos vamos acomodando a las ofertas cómodas que se nos presentan.  Que las palabras de este Evangelio resuenen en nuestro interior: El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí la salvará.

No tengamos miedo, dificultades siempre habrá, pero bien sabemos que lo que realmente vale en la vida cuesta y cuesta mucho. La Cruz nos ayuda a recordar que las raíces de la plenitud son amargas pero sus frutos dulces.

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