Aún estamos a tiempo

Jesús Nevárez

El coronavirus se convierte en tragedia. Estamos ante una visión medieval en donde las epidemias terminaban hasta con la mitad de la población. La peste, la lepra, la viruela, el tifus, entre otras muchas. De esta tragedia debemos rescatar las enseñanzas porque claro que las hay.

Entender que somos vulnerables, que la ciencia no tiene respuestas, vivimos en un mundo de amenazas que en cualquier momento se vuelven armas destructivas para la humanidad, nadie esta preparado para ello, nadie puede tener armas para lo que no existe. Esperemos una pronta respuesta de la ciencia y que lo que ahora se está experimentando a nivel clínico tenga resultados.

Conocemos más elementos de la comunicación, empezamos a distinguir cuando una información es confiable y cuándo no, empezamos a preguntar si tiene fuente o no, se distingue los comunicadores mal intencionados y los confiables. Hay más interés en conocer cifras que basarse en rumores.

Claro que aún falta mucho para saber leer la información, y mucho más, para darle correcta interpretación. En la medida que aprendamos a hacerlo, en esa misma medida el agente receptor obligará al agente transmisor a ser objetivo, informar con ética, aún y cuando no compartamos la tendencia que maneje.

Sabremos conocer quiénes usan la alarma, el miedo, la mentira, la distorsión, la demagogia, el desconocimiento, también la incompetencia y la ineptitud. Para ello, es fundamental conocer datos y cifras y compararlas con lo que sucede a otros países más ricos y menos poblados que el nuestro. 

Nos enseñaremos a conocer las estrategias que se deben aplicar en cada fase de una circunstancia como la del coronavirus y rebasemos a los “especialistas” que saben todo y superan a los científicos y técnicos de alto nivel, cuando realmente son provocadores, generadores de confusión y miedo.

Esta tragedia que provoca el coronavirus, en lo económico, en lo social y en la salud de la población, nos enseña a comprender que somos depredadores de nuestro planeta y que no es mucho lo que necesitamos para rescatarlo, solo dejar a un lado la vanidad, el hedonismo, la ambición, Finalmente entender que si no cambiamos de actitud, solos llamaremos las desgracias.

En China, la contaminación bajó, lo mismo que en Italia. En Venecia el agua se hizo cristalina y llegaron los peces, en las grandes ciudades se escuchó el cantar de las aves, y la gente vio el cielo azul y las nubes, siempre ocultas por gruesas capas de smog.

De los balcones salió la voz de los y las sopranos que cantaban al viento, y el mensaje los llevaba el viento a otros balcones, a otra gentes que jamás los habían escuchado. Violinistas, pianistas, saxofonistas salieron a hacer el encierro más llevadero desde su propio aislamiento.

Gente que investigó domicilios de ancianos, les llamaron solo para platicar, para que no se sintieran solos, para enviarles mensajes de vida. Me conmovió una joven doctora de Durango que envió un mensaje, “cualquier persona que tenga una duda, que se sienta mal, le doy mi teléfono para que me llame, no vayan a hospitales ni a clínicas porque los saturan, dijo, su nombre es Vanessa Gómez Salas, un alto valor humano, pero también mucho valor, ella esta embarazada. Ojalá aún estemos a tiempo de rectificar caminos torcidos y darnos cuenta que hay un virus mucho más destructivo que el coronavirus, somos nosotros. O no.

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